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FRANZ

OLLA PODRIDA Y POPURRI

OLLA PODRIDA Y POPURRI

La olla podrida, la "princesa de los guisados" como la llama Calderón de la Barca, fue el guiso más emblemático del siglo XVI, uno de esos platos básicos, versátiles y acomodaticios que admiten tantas variantes como cocineros haya y que dependen, mayormente, de lo que el bolsillo o la ocasión consienten.

 

Este plato primordial no tiene receta exacta por más que algunos cocineros se arroguen el derecho de fijar los componentes canónicos. La más antigua receta de la olla podrida la dió Diego Granado en su libro “Arte de cozina” (1599).

 

La esencia de la olla podrida era la carne, la vaca, el carnero y, en menor medida, el cerdo. Dependiendo de la clase de carne se consideraba más o menos rica: "vaca y carnero, olla de caballeros", dice un refrán; "olla sin carnero, olla de escudero", reza otro. Cervantes, para enseñar que don Quijote era hidalgo de medio pelo, define su olla en la que había "más vaca que carnero". A un nivel inferior se mantuvo la olla simple, es decir, el variable puchero del pobre al que la carne se asomaba raramente o nunca.

 

Además, la agradecida olla dejaba casi preparados otros platos que derivaban de ella, los sucedáneos que la completan, especialmente el morteruelo, el salpicón y la ropa vieja, los tratamientos tradicionales de la carne y avíos sobrantes de la olla picada, salpimentada y rehogada con cebolla en buen aceite de oliva.

 

Probablemente la olla podrida surgió del afortunado maridaje de dos ancestros, el uno humilde y el otro no tanto. El humilde es el puchero medieval, la sustanciosa sopa, una mezcolanza de legumbres, hortalizas y carnes (cuando las había) que se mantenía todo el día en ebullición lenta, y al que se iban agregando otros productos disponibles sin solución de continuidad, sobre los restos de la comida anterior. El otro ancestro sería la famosa adafina judía, convenientemente cristianizada mediante adición al cerdo.

 

Es posible que el calificativo de podrida proceda de la voz “poderida”, es decir, poderosa, buena, la de las grandes ocasiones, lo que en algunos lugares se llamó la "ollaza", la gran olla por antonomasia. Aún en ciertos pueblos burgaleses se hacen ollas “poderidas” en las que entran gran variedad de carnes, aves, verduras y alubias negras o pintas, y su confección lleva, como mínimo, un par de días o tres.

 

Sebastián de Covarrubias da una explicación diferente para la calificación de "podrida": "Es la olla que es muy grande y contiene en sí varias cosas como carnero, vaca, gallinas, capones, longaniza, pie de puerco, ajos, cebollas, etc. Púdose decir podrida en cuanto se cuece muy despacio que casi lo que tiene dentro viene a deshacerse y por esta razón se pudo decir podrida, como la fruta que madura demasiado".

 

Las noticias de ollas podridas que hicieron época son bastante abundantes. En el banquete que el marqués de Eliche ofreció a los reyes en 1657 entró una olla podrida de descomunales proporciones, en la que guisaron "un becerro de tres años, cuatro carneros, cien pares de palomas, cien de perdices, cien de conejos, mil pies de cerdo y otras tantas lenguas, doscientas gallinas, treinta perniles, quinientos chorizos, sin otras cien mil zarandajas". Se comprende que, a los pocos días, todavía no disipada la agradable modorra de tan laboriosa digestión, los reyes concedieran al de Eliche la dignidad de grande de España.

 

La olla podrida figura entre los pocos platos extranjeros que ha ganado el respeto de los franceses. Incluso algunos la han considerado inspiradora de su célebre “pot au feu” y han especulado que pudo llegar a Francia de la mano de dos princesas españolas que fueron reinas allá, Ana y María Teresa de Austria, esposas de Luís XIII y Luís XIV respectivamente.

 

Cuando la expresión "olla podrida" se afrancesó, se transformó en  “pot-pourri”, expresión que designa la confusión de lo diverso, la mezcla de cosas, y por extensión, en el siglo XIX, pasó a la música para significar mezcla de composiciones independientes. Luego ha regresado a España como "popurrí", por esa extraña vida que tienen las palabras.

 

Referencia: Tumbaollas y  hambrientos- Juan Eslava Galán- Editorial Plaza & Janés.

LA BICICLETA

LA BICICLETA

En 1645, el francés Jean Théson rodó en la localidad de Fointeneblau con un armatoste que el mismo impulsaba con los pies. Posteriormente, en vísperas de la Revolución Francesa, M. Blanchard y M. Masurier construyeron un vehículo plenamente reconocible como tal, y que recibió el nombre de velocípedos o pies ligeros. A los reyes de Francia, Luis XVI y María Antonieta, les gustó tanto la idea que patrocinaron el invento, animando a sus impulsores a seguir adelante.

 

Pero toda aquella familia de locos cacharros del siglo XVIII no merece todavía en nombre de bicicleta, ya que solía contar con más de dos ruedas.

 

La verdadera bicicleta aparecería en el siglo XIX. Así, en 1818, el barón Karl Von Drais ingenió una máquina de correr que se patentó con el nombre de velocípède y que la gente conoció bajo el popular nombre de draisiana. El estrambótico aristócrata se había inspirado en el invento llamado celecífero del conde de Sivrac, quien en 1790 se había montado sobre un artilugio con ruedas y se había lanzado a horcajadas sobre semejante máquina cuesta abajo, para risa popular y escándalo de la nobleza. Tanto las draisianas como el celecífero, se impulsaban con los pies, ya que no se había inventado la cadena de transmisión.

 

La aparición del velocípedo en las calles de París, mediado el siglo XIX, provocó curiosidad y cierto escándalo. Fue un obrero parisino llamado Lallement quien se atrevió primero que nadie a circular a bordo del artilugio por las avenidas de la capital. Este valiente ciclista no tardó en ser descabalgado de su novedoso vehículo por la chiquillería que no dudó en apedrearle. Además, la policía lo detuvo luego por escándalo público.

 

La primera bicicleta que contó con cadena de transmisión fue la fabricada por James Slater, en 1864. Años después, en 1870, James Starley introdujo la importante novedad de dotar a las ruedas de radios de alambre. Fue este mismo personaje, quien inventó la bicicleta para el uso de las mujeres, en 1874: un vehículo con un solo pedal y que se maniobraba de costado. El propósito era evitar que las damas tuvieran que enseñar las piernas, con lo que se acallaban las voces críticas que se habían lanzado en contra de un vehículo, que según ellos atentaba a la moral pública de manera peligrosa.

 

Aunque la draisiana había estado equipada con dirección giratoria, ésta no era un verdadero manillar. El manillar fue inventado en 1817,  y los pedales en 1839. La primera bicicleta completa empezó a rodar en 1840. Era la del inglés Kirkpatrik MacMillan. Y casi medio siglo después, otro inglés, Jhon Starley Kemp, construyó la que llamó rover safety. Kemp fue el padre de la industria de la bicicleta. En 1885 había creado la bicicleta rover, rápida, cómoda, de fácil manejo. Era ya la bicicleta moderna, con sus dos ruedas del mismo tamaño, transmisión de cadena y engranaje, pedales, bielas, cuadro romboidal y conducción directa con horquilla inclinada. Con el invento el neumático en 1888, la bicicleta se convertiría en un popular elemento de locomoción.

 

Sobre la bicicleta , dice la Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana conocida como «el Espasa», en su edición de principios del siglo XX:

 

Modo de montar en bicicleta y de conservar la máquina.

 

Es preciso, ante todo, que el que monta no tenga miedo a las caídas. Es además conveniente que los brazos no estén rígidos. Hay varios sistemas de montar; los más usados con­sisten en servirse del pedal, o mejor montar teniendo la má­quina entre las piernas. Para apearse, lo más cómodo es ha­cerlo por el pedal; algunos lo hacen por detrás y también apoyando el pie en una acera próxima. El eje del pedal ha de estar al tercio de la longitud de la planta del pie a contar desde los dedos. Al mover los pedales conviene que la punta del pie se halle dirigida un poco hacia abajo. Para soste­nerse, si la máquina se inclina hacia un lado, basta girar el manillar de modo que la máquina tienda a desviarse hacia el mismo lado...

 

...Cuando se emprende una excursión en bicicleta es ne­cesario llevar consigo un farol, una bomba, un neumático, una camisa de dormir (de seda), medias y pañuelos, una camiseta, un revólver y un mapa. Es práctico llevar varios botones y el dinero y el reloj en un cinturón, al cual irá sujeto la pistola o el revólver.

 

En las carreras modernas el ciclista va precedido de una motocicleta, alcanzándose así velocidades mucho mayores. El efecto de los entrenadores es cortar el aire y producir una aspiración del mismo delante del ciclista, aparte de evitar a éste la fatiga cerebral que exige el cuidar de conservar la velocidad lo más constante posible, en cuyas condiciones el trabajo realizado en un tiempo dado es mínimo. Distínguense los corredores en dos clases, los sprinters y los stayers. Los primeros tienden a alcanzar la mayor velocidad, los segundos a hacer el mayor recorrido. A los últimos se les llama tam­bién de fondo.

 

Higiene de la bicicleta.

 

Según el médico inglés Herschell, el ejercicio de montar en bicicleta hecho con moderación es saludable, pero sin ella es muy peligroso. Es indispensable una máquina bien cons­truida, el sillín debe ser cómodo para evitar irritaciones (prostatitis): el manillar no ha de ser muy bajo, debiendo estar el ciclista casi vertical, para lo cual las manecillas y el sillín se disponen generalmente a igual altura. El desarrollo no debe ser excesivo; 6 m en terreno plano y 5 en montañoso, pueden considerarse como límites, que para señoras deben disminuirse en un 20 por 100. El piñón libre es recomendable siempre que se lleve freno.

 

La bicicleta es de utilidad para los enfermos que necesitan actividad en la respiración, debiendo practicarse el ejercicio en el campo. Es también saludable para los nerviosos en las mismas condiciones. Practicado sin moderación el ejercicio de la bicicleta es de los más funestos. Los cansancios repetidos ocasionan hipertrofia y otras enfermedades del corazón, dándose el caso de que algu­nos de los más afamados corredores se han visto libres del servicio militar por esta causa. Un afecto del pulmón puede ser origen de hemorragias. Cuando existe enfisema debe pros­cribirse la bicicleta por la dificultad en la respiración. Cuando los riñones no funcionan bien, el uso de la bicicleta puede ocasionar accidentes.

 

Es saludable a los neurasténicos, cuan­do se practica su ejercicio en el campo. En todos los casos conviene que el que se dedica a este ejercicio consulte a un médico sobre la conveniencia del mismo. Debe considerarse como un ejercicio penoso y sumamente perjudicial el montar un triciclo destinado al transporte de objetos, sobre todo por gente joven. En algunos sitios está prohibido.

 

El ciclista debe tomar alimentos de digestión fácil, evitar el uso del alcohol, tomando mejor caldo como estimulante, mezclado con extrac­to de carne. Cuando existe cansancio excesivo o agotamiento, el mejor remedio es el reposo tranquilo, como la siesta. En las motocicletas el vestido debe ser grueso aun en verano, bien ajustado, de paño, y deben protegerse los ojos con len­tes. No deben recorrerse más de 150 kilómetros por día en terreno, ni a más velocidad de 15 km. por hora.

 

Referencia: Historia de las Cosas- Pancracio Celdrán-Ediciones del Prado/ Historias de la Historia –Segunda serie –Editorial Planeta-Agostini

CARACOLES

CARACOLES

Junto a unos pocos moluscos similares, los caracoles ocupan un lugar privilegiado en la alimentación prehistórica humana, ya que debieron de ser una de las primeras fuentes de proteínas de origen animal, como demuestran las enormes cantidades de restos fósiles encontrados en los asentamientos prehistóricos.

 

Caracol, caracol, saca los cuernos al sol

 

Nestor Lujan escribió en su día “muchas veces hemos pensado, con extrema curiosidad, en el valor o hambre desesperada que debieron sentir quienes comieron por vez primera la ostra, el caracol o el percebe”.

 

Cuando llueve  y hace sol, sale de paseo el caracol

 

La helicicultura , derivada de los vocablos latinos “helix” (tipo de caracol) y “cultivare” (cultivar) , es la cría de caracoles terrestres comestibles en cautiverio, con fines comerciales , practicada ya en desde la antiguedad, y esta documentado históricamente que fueron  los romanos los pioneros en esta actividad.

 

Según Plinio, fue Fulvius Hirpinus en Tarquemia, una ciudad no muy lejos de Roma, quien estableció la primera coclearia o lugar de cría en cautiverio, aproximadamente en el año 50 a.C., y en donde  engordaban a los caracoles con leche, salvado y algo de vino, alcanzando una merecida importancia. No solamente se dedicaban en las coclearias a la mejora de las especies nativas de caracoles, sino que en ellas se criaban también otras especies procedentes de Iliria, del norte de África, de Boreales, de Capri y de Liguria. Aunque algunas especies de estos caracoles son todavía apreciadas, en la actualidad no alcanzan, ni con mucho, la estimación que gozaron entre los romanos.

En Pompeya también se establecieron estas granjas, junto al Vesubio, donde los arqueólogos han descubierto miles de conchas que demuestran el gran consumo y el buen negocio que representaba el comercio de caracoles en aquella época.

Los romanos consumían los caracoles no solo como alimento , asados, degustados con vino y servidos como entretenimiento en las comidas, sino también por sus propiedades terapéuticas .

 

Como terapia sexual y reproductiva : el consumo de caracol aumenta el apetito sexual y facilita el embarazo, evitando las pérdidas indeseadas.

Para problemas gástricos: el caracol, al ser un buen reconstituyente de tejidos, favorece la cicatrización de úlceras. Hasta hace muy poco tiempo existía en la farmacopea moderna como medicación para estas patologías.

Como espectorante para problemas pulmonares, que  aún hoy continúa utilizándoselo para ese fin. En la actualidad el remedio espectorante hecho a base de baba de caracol (helicina) es el Helifenicol.

Plinio El Viejo, recomendaba la ingesta de caracoles en número impar como remedio para la tos y males estomacales.

 

Caracol sin el gusto de vino, no vale un comino

 

Durante la Edad Media los caracoles pasaron a ser el alimento de los pobres, dada la abundancia en la naturaleza de este producto, carne que además
no rompía la abstinencia cuaresmal. Se comían los caracoles fritos con aceite y cebolla, en brochetas o hervidos. En algunos monasterios europeos fue un plato habitual.

Cuando más abrasa el sol, ni mujer, ni vino ni caracol

 

A principios del siglo XVIII el caracol desapareció de las mesas nobles, y fue el gran gastrónomo y diplomático francés Monsieur de Talleyrand, quien lo impone definitivamente en la nobleza cuando en mayo de 1814 invita a la sociedad parisina y a ilustres visitantes (el Zar Alejandro I, la nobleza, los generales, el clero, etc.) a la inauguración de su nueva casa. Para la ocasión pide a su cocinero una receta especial, original. El chef toma un producto de los pobres, el caracol, y lo presenta en una nueva forma, que denomina "a la Bourguignonn". El rotundo éxito del plato hace que se imponga en todo buen restaurante, masificándose más tarde su consumo.

Caracoles sin picante no hay quien los aguante

 

La mayoría de los caracoles se alimentan de vegetales, los mejores son los de la huerta, aunque existe una especie carnívora que se alimenta de de animales vivos, y otra, de cadáveres. Ambas especies no son comestibles.

 

Con caracoles , higos y peras,

agua no bebas

sino vino, y tanto

que caracoles, higos  y peras

anden nadando.

Otro producto del caracol ,  son sus huevos, conocidos como caviar blanco.

Tras el apareamiento de los caracoles , que son hermafroditas aunque no pueden autofecundarse, y pasado el tiempo necesario antes de comenzar el desove, los caracoles hacen un agujero de unos cuatro centímetros de profundidad en la tierra, depositando de 150 a 200 huevos.

Cada puesta que realiza el caracol pesa unos 3,6 gramos, es decir, para obtener un kilo del preciado manjar son necesarios unos 22.000 huevos resultantes del desove de unos 275 caracoles, y de ahí que el precio sea la friolera de 1.600 euros por kilo.

 

Y para terminar, otra de las utilidades del caracol, esta vez su baba utilizada como cosmético,  que podéis leer en el artículo Crema de caracol estresado en http://batiburrillo.blogia.com/2008/111901-crema-de-caracol-estresado.php de este mismo blog.

 

Referencias: El caracol: Un poco de historia: Viviana Wilches / Como piñones mondados -Nestor Luján- Ediciones Folio, S.A./ El Periódico de Cataluña- El caviar blanco-Sara González

EL COITO

EL COITO

La normal y placentera actividad del coito, no siempre ha sido vista con buenos ojos por la medicina.

 

Los médicos griegos se ocupan poco de ella, como corresponde a una cultura realista que procura mirarse en el espejo de la naturaleza. Les ayuda a mantener esta mentalidad liberal el ejemplo de los desvergonzados dioses de su mitología, que seducen, fornican y violan con aplicación, disfrazándose con frecuencia bajo el aspecto de animales o cosas de lo más insólito, con tal de acercarse a sus víctimas y satisfacer sus lujuriosos propósitos.

 

Los romanos comienzan a manifestar alarma por los nocivos efectos del sexo. Sin duda, este cambio en la opinión de los médicos, muy manifiesto en Galeno, se debe a la puritana tradición de la vieja República, y como reacción ante los excesos sexuales en que caen los patricios romanos durante la época imperial.

 

Cuando la tradición judía del Antiguo Testamento se fusiona con la mentalidad romana, esta demonización del sexo se acentúa aún más, adquiriendo todos los prejuicios y complejos de impureza que arrastra en la cultura judía. La síntesis es la feroz misoginia de San Pablo y los Primeros Padres del cristianismo.

 

Pero, curiosamente, son los médicos árabes los que de forma más insistente atribuyen al coito efectos perniciosos para la salud. Rhazzes, Avicena y Maimónides (judío de cultura árabe), escriben tratado tras tratado sobre los daños que produce el fornicio en la salud, quizás tomando como ejemplo las consecuencias derivadas de los harenes de las clases dirigentes musulmanas.

 

Los notables del Islam debían practicar el sexo con afición, y sus médicos llamados con frecuencia a consulta para intentar restañar los estragos que las noches de serrallo debían causar entre los caballeros del Islam, entre arrayanes, fuentes, naranjos y docenas de cálidas señoras compitiendo por ser la favorita, sin otra actividad durante el día que acicalarse y pensar en la noche.

 

Cuando en Salerno y Toledo se traduce al latín medieval toda la literatura médica árabe que, a su vez, contiene en sí el saber grecorromano, caen, sobre el médico cristiano de la Baja Edad Media y el Renacimiento, un aluvión de opiniones que consideran el sexo como muy nocivo y peligroso, que la Iglesia, siempre preocupada por encontrar argumentos contra los placeres en general y sexuales en particular, asume de inmediato sin importarle el origen pagano e infiel de tales opiniones.

 

Y con esos principios, sobre el coito y sus circunstancias, el médico Francisco Núñez de Coria (Oria) escribe en su Tractado del uso de las mugeres, del año 1572:

 

No es malo su uso moderado para hombres de complexión sanguínea, con predominio de humores calientes y húmedos, como son los rubicundos robustos y gruesos y que tienen muchos pelos o vello en el cuerpo, en razón de que son hombres de mucha simiente, cuya retención podría causarles melancolía, como dice Galeno. Es en cambio muy malo y perjudicial para los hombres de complexión fría y seca, con predominio de la atrabilis o bilis negra y de la flema o pituita. Estos hombres son magros y de color blanco o aceitunado. Si son melancólicos y tienen los testículos o compañones pequeños y fríos, deben evitar casarse, pues el débito conyugal puede matarlos. La causa en la pérdida de sustancia espermática, que no es una evacuación corriente, como la orina o el sudor, sino la más clara y pura destilación de la sangre, producto de una cuarta cocción o digestión. En el gusto o delectación de su expulsión se derrame no poca copia de espíritus vitales y naturales. El semen es producto ultimado y su pérdida los torna secos , flacos  descoloridos, como si cuarenta veces se sacasen otra tanta cantidad de sangre; así lo afirma Avicena.

 

Los entendidos ya vieron claro que el coito perjudica a todos los hombres. La diferencia radica en la medida del perjuicio, pues hay a quien daña mucho y a quien daña poco: Perjudica mucho a los ancianos, los convalecientes y los de constitución seca. Vimos a un convaleciente que copuló y murió ese mismo día.

 

Primeramente, daña la vista, ansí como el demasiado vino; después a los nervios y el estómago, que seca y enfría. Finalmente, acarrea presto abrevio de la vida. Lo dice Aristóteles, que le parece pasa como a los gorriones, que son muy lujuriosos y  viven sólo un año, como lo demuestra el hecho de que muy pocos dellos tienen negras la plumas del papo, que es señal de vejez en estos animales.

 

Cuídense sobre todo los que tienen mujeres hermosas y gallardas. Guárdense de ir a ellas en demasía, porque darán en tener gota artética, perlesía, mal de nervios y a morir jóvenes, dexándolas para disfrute de otros.

 

No daña, empero, a las hembras, porque en la tal obra trabajan poco. Antes bien: el ayuntamiento venéreo aumenta el apetito y delectación de las mujeres porque la humedad de su esperma es compelida a salir con la fricción del coito e si no sale del todo, quiere ser expelida e alanzada otra vez, por lo cual hay gran apetito de más fricación para que salga fuera y sea expelida, y por ende, no hay quien contienda y porfíe con ellas para poderlas satisfacer.

 

Especialmente, deben guardarse los hombres de él en el otoño, que es tiempo desigual y que declina a sequedad y frialdad, y es tiempo mortal. También el invierno por su frialdad. En primavera es nefasto por las mismas razones que en otoño. En el verano las fuerzas corporales están más robustas en las complexiones húmedas y calientes, pudiendo ser más osados. No así los secos, que en el estío, se secan más. Lo dice Galeno.

 

En cuanto al momento del día, no conviene después de la repleción en el comer, ni de la evacuación, ni en ayunas, tal como afirma Avicena, ni después del exercicio, ni del baño (si se usa dél), ni de estar en vela o con tristezas. Es nefasto tras el vómito o hacer cámara u orina.

 

Es menos nocivo cuando el cuerpo haya terminado la segunda digestión o cocción en el hígado; y la tercera, en las venas, esté medio cumplida. Es decir, la hora menos mala es después del primer sueño de la noche.

 

Por bajo de veinticinco años son los hombres muy poco aptos para ello, por que no han crecido ni embarnecido todo lo que deben y son diminutos y flacos.

 

Los que son de cuarenta años en arriba tampoco, pues ya no les sobra substancia, y menos en la vejez, que es desde los cincuenta y cinco años. Desvarían los viejos al casar, porque toman mujer para otro.

 

 

Referencia: Bestiario médico- Carlos Ferrándiz- Ediciones Eneida

 

LOS COLORES ( y III ) : BLANCO Y NEGRO

LOS COLORES ( y III ) : BLANCO Y NEGRO

Blanco

El gran malentendido

 

¿Le parece sacrílego preguntarse si el blanco es realmente un color?

 

Es una pregunta muy moderna, no habría tenido ningún sentido hace tiempo. Para nuestros antepasados no había ninguna duda: el blanco era un verdadero color. En las sociedades antiguas, se definía lo incoloro como todo lo que no contenía pigmentos: se trataba a menudo del tinte de base antes de utilizarlo, el gris de la piedra, el marrón de la madera en bruto, el crudo del tejido al natural. Al convertir el papel en el principal soporte de textos e imágenes, la imprenta introdujo una equivalencia entre lo incoloro y el blanco, que pasó a ser considerado como el grado cero del color, o como su ausencia.

 

En nuestro vocabulario, el blanco está asociado a la ausencia, a la falta: una página en blanco (sin texto), una noche blanca (sin sueño), una bala blanca (sin pólvora), un cheque en blanco (sin importe)... O: “Me he quedado en blanco”.

 

Son ciertas esas huellas en el lenguaje, pero en nuestro imaginario asociamos espontáneamente el blanco a la pureza y la inocencia. Sin duda porque resulta relativamente más fácil hacer algo uniforme, homogéneo y puro con lo blanco que con los demás colores. En algunas regiones, la nieve ha fortalecido este símbolo. Desde la Guerra de los Cien Años, en los siglos XIV y XV, se enarbola una bandera blanca para pedir el cese de hostilidades: el blanco se oponía entonces al rojo de la guerra. Esta dimensión simbólica es casi universal.

 

Virginidad... Sin embargo, contabas que las novias vestían de rojo...

 

Sí, antaño, en la época de los romanos, la virginidad de una mujer no tenía la importancia que luego se le dio. Con la institución definitiva del matrimonio cristiano, en el siglo XIII, se hizo esencial, por razones de herencia y genealogía, que los críos que nacieran fuesen realmente hijos de su padre. Desde finales del siglo XVIII, cuando los valores burgueses se imponen sobre los valores aristocráticos, se intima a las muchachas a que hagan alarde de su virginidad. Y tuvieron que llevar vestidos blancos.

 

Cultivamos una obsesión por el blanco: ¡ahora hasta la ropa lavada tiene que quedar más blanca que el blanco!

 

Es cierto: buscamos el ultrablanco, un punto en que lo simbólico coincide con lo material. Siempre se ha buscado ir más allá del blanco. En la Edad Media, el dorado desempeñaba esa función: la luz muy intensa adquiría reflejos dorados, se decía. Hoy, a veces se utiliza el azul para sugerir el más allá del blanco: el freezer en la heladera (más frío que el frío), los caramelos de menta superfuertes, o los glaciares en azul en los mapas, sobre el fondo blanco de la nieve...

 

El blanco es pureza, pero también la vejez...

 

El blanco de la vejez, el de los cabellos canos, indica serenidad, paz interior, sabiduría. El blanco de la muerte y del sudario se reúne entonces con el blanco de la inocencia y de la cuna. Como si el ciclo de la vida empezase en el blanco, pasara por diferentes colores y terminara en el blanco. Además, en Asia y en una parte del Africa, es el color del duelo.

 

La vida como recorrido dentro de los colores... Es linda metáfora.. Hay otro símbolo: somos europeos, se supone que tenemos la tez blanca.

 

¡Eso es un código social! La blancura de la piel siempre ha funcionado como una señal de reconocimiento. En el pasado, los campesinos que trabajaban al aire libre tenían la tez tostada y los aristócratas consideraban obligado tener la piel lo menos atezada posible para distinguirse bien de ellos. En las sociedades de corte de los siglos XVII y XVIII se embadurnaban con cremas para obtener una máscara blanca, que algunas zonas resaltaban con rojo. La expresión “sangre azul” se refiere justamente a esta costumbre: tenían la cara tan pálida y translúcida que se veían las venas, y algunos llegaban a redibujárselas para que no los confundieran con los labradores. En la segunda mitad del siglo XIX convenía distinguirse de los obreros, que tenían la piel blanca porque trabajaban en interiores. Para la elite, llega la época de los baños de mar y la piel bronceada.

 

Y ante la mirada de otras sociedades, el llamarnos a nosotros mismos “blancos”, ¿significa que tenemos la ambición de creernos “inocentes”?

 

Los “blancos” nos consideramos inocentes, puros, limpios, a veces incluso divinos o sagrados. El hombre blanco no es blanco, desde luego, como tampoco lo es el vino blanco. Pero estamos apegados a este símbolo que halaga nuestro narcisismo. Los asiáticos, en cambio, ven en nuestra blancura una evocación de la muerte: les parece que el hombre blanco europeo tiene una tez tan mórbida que aseguran que realmente huele a cadáver.

 

Negro

Entre el lujo y la austeridad

 

El negro, el otro enfant terrible de los colores, forma, igual que el blanco, banda aparte. ¿Es un color de verdad? ¿A qué se debe su reputación sombría?

 

Espontáneamente, pensamos en los aspectos negativos del negro: los temores infantiles, las tinieblas y, por lo tanto, la muerte, el duelo. Esta dimensión está presente en la Biblia, donde el negro está ligado a las adversidades, los difuntos y el pecado, y también está asociado a la tierra, es decir, al infierno, al mundo subterráneo. Pero existe un negro más respetable, el de la templanza, el de la humildad, el de la austeridad, el que llevaron los monjes e impuso la Reforma. Se transformó en el negro de la autoridad, el de los jueces, los árbitros, los automóviles de los jefes de Estado. Y conocemos aún otro negro: el del chic y la elegancia.

 

A veces se afirma que el negro contiene todos los demás colores.

 

Si mezclamos todos los colores, se llega en realidad a una especie de pardo o de gris. Químicamente es muy difícil conseguir el verdadero negro. Por eso en la Edad Media el negro está poco presente en las pinturas. Fue la moral el acicate de la técnica: la Reforma declaró la guerra a los tonos vivos y profesaba una ética de la austeridad y lo oscuro, y a los tintoreros italianos les pedían colores “prudentes”. Los grandes reformistas se hicieron retratar de negro. Es un color de moda en el siglo XVI no sólo entre los eclesiásticos sino también entre los príncipes. Lutero se vestía de negro; y Carlos V, también. El negro elegante de los trajes de gala es una herencia directa del negro principesco del Renacimiento.

 

El negro es, además, el color del duelo. ¿Es así en todas partes?

 

No. En Asia, aunque el negro también se asocia a la muerte, el duelo se lleva vestido de blanco, porque el difunto se transforma en un cuerpo de luz, se eleva hacia la inocencia y lo inmaculado. En Occidente, el difunto regresa a la tierra. Ya entre los romanos, las ropas del duelo eran grises, el color de la ceniza. Hasta el siglo XVI, sólo los aristócratas podían pagarse un traje de duelo, porque el negro era muy caro.

 

En política tampoco era un buen augurio.

 

En tiempos pasados, la bandera negra era la de los piratas y significaba la muerte. Fue recuperada por los anarquistas en el siglo XIX y llegó a pisarle el terreno a la bandera roja de la ultraizquierda. Y luego el negro de la ultraizquierda alcanzó al negro de la ultraderecha que representaba, según los países, al partido conservador, al partido monárquico o al de la Iglesia.

 

Igual que el blanco, al negro se le ha discutido su status de color...

 

En primer lugar, por la teoría del color luz de la Edad Media. Mientras se creía que el color era materia, no había problemas: había materias negras y el negro era un color como los demás. Pero si el color era luz... ¿no era acaso el negro la ausencia de luz, y por lo tanto de color? El segundo cambio: la aparición de la imagen grabada y de la imprenta impuso poco a poco la pareja negro-blanco. El tercer cambio: la ciencia mete cuchara en el asunto. Desde Aristóteles se clasificaban los colores según ejes, círculos o espirales. Siempre había lugar para el negro y el blanco, a menudo en uno de los extremos. Al descubrir la composición del espectro del arco iris, Isaac Newton estableció un continuo de colores que por primera vez excluye el negro y el blanco. A partir del siglo XVII, estos dos colores fueron relegados a un mundo aparte. A partir del siglo XIX, el blanco y negro es el mundo sin colores. La democratización de la fotografía y luego el desarrollo del cine y la televisión, que en principio fueron bicromos, acabó por familiarizarnos con la oposición: colores por un lado, blanco y negro por otro. Pero el contraste entre el negro y el blanco no es más fuerte ni más pertinente que los demás. Es una simple convención.

 

Referencia: Breve historia de los colores -Michel Pastoureau- Dominique Simonnet Ediciones Paidós Ibérica S.A.

LOS COLORES ( II ) : VERDE Y AMARILLO

LOS COLORES ( II ) : VERDE Y AMARILLO

Verde

Entre Mahoma y el dólar

 

 

El verde parece un color apagado, sin brillo ni historia...

 

Era un color químicamente inestable. No es muy complicado obtenerlo, porque muchos productos vegetales pueden servir como colorantes verdes. Lo difícil es estabilizarlo. En tinte, esos colorantes aguantan poco en las fibras y los tejidos enseguida adquieren un aspecto descolorido. Lo mismo ocurre con la pintura: las materias vegetales se consumen con la luz. Y las artificiales, aunque dan bonitos tonos intensos y luminosos, son corrosivos. Hasta hace poco, las fotografías en color estaban afectadas por este carácter volátil del verde. En las de la década del ‘60, cuando los colores se pasan, el verde siempre es el primero que desaparece. Sea cual sea la técnica utilizada, el verde es inestable y a veces peligroso. Su simbolismo se ha organizado por entero en torno de esta idea: representa todo lo que se mueve, cambia. Es el color del azar, del juego, del destino, de la suerte, de la fortuna. En los casinos de Venecia, a partir del siglo XVI se echaron las cartas sobre un tapete verde. En todos lados se coloca el dinero, las cartas o las fichas encima del color verde.

 

Que el dólar sea verde, ¿es casual?

 

Nunca es casualidad la elección de un color. Tiempo atrás, el símbolo del dinero era el dorado y el plateado, que la imaginación popular relacionaba con el metal precioso de las monedas. Cuando se fabricaron los primeros billetes de dólar, entre 1792 y 1863, el verde ya estaba asociado a los juegos con dinero y, por extensión, a la banca y a las finanzas. Los impresores no hicieron otra cosa que prolongar el antiguo simbolismo.

 

¿Y ha cobrado nuevos simbolismos?

 

Hoy, nuestra sociedad urbana ávida de clorofila lo ha convertido en símbolo de libertad, de juventud, de salud, algo que habría resultado incomprensible para un europeo de la Antigüedad, de la Edad Media e incluso del Renacimiento. Para ellos, el verde no tenía nada que ver con la naturaleza, que hasta el siglo XVIII se definía sobre todo por cuatro elementos: fuego, aire, agua y tierra. Probablemente fuera el Islam primitivo el primero en asociar verde y naturaleza: en la época de Mahoma, cualquier lugar donde hubiera algo de verdor era sinónimo de oasis, de paraíso. Se dice que al Profeta le gustaba llevar un turbante y un estandarte verdes. Este color se convirtió en emblemático en el mundo musulmán, lo que quizá contribuyó a desvalorizarlo a ojos cristianos en períodos de hostilidad. Hoy, el verde de la vegetación se ha convertido en el de la ecología y la limpieza, en el símbolo de la lucha contra la inmundicia, el más higiénico de los colores contemporáneos junto con el blanco.

 

 

Amarillo

No nos une el amor sino el espanto

 

 

El amarillo parece el color menos apreciado, el que nadie se atreve a lucir demasiado. ¿Ha hecho algo espantoso para merecer tan mala fama?

 

En las culturas no europeas, el amarillo siempre ha tenido una connotación positiva: en China, durante mucho tiempo, estuvo reservado al emperador y sigue ocupando un lugar importante en la vida cotidiana, asociado al poder, la riqueza y la sabiduría. Pero, en Occidente, el amarillo no se aprecia tanto: en el orden de preferencias, suele citarse en último lugar.

 

¿Se sabe de dónde proviene este escaso aprecio?

 

La principal razón de este desamor se debe a la competencia desleal del dorado: con el tiempo, el color dorado absorbió los símbolos positivos del amarillo, todo lo que evoca el sol, el calor, la luz y, por extensión, la vida, la energía, la alegría, la potencia. El amarillo, al quedar sin su parte positiva, se ha convertido en un color apagado, mate, triste, que recuerda al otoño, la decadencia, la enfermedad. Pero, peor aún, se transformó en símbolo de la traición, el engaño, la mentira. Judas se representa con prendas amarillas, y en el siglo XIX a los maridos engañados se los caricaturizaba representándolos con corbata o trajes amarillos. No sabemos por qué, no tenemos explicación ni en los elementos que evoca de modo espontáneo (el sol), ni en la fabricación del color mismo. Es posible que la mala reputación que tiene el azufre, que a veces provoca desórdenes mentales y al que se considera diabólico, haya tenido algo que ver, aunque como explicación es insuficiente.

 

La estrella amarilla se inventó ya a fines de la Edad Media, ¿no?

 

Sí. Hacia mediados del período medieval, se convierte también en el color del ostracismo, que se impone a las personas que se quiere condenar o excluir, como ocurrió con los judíos. Es Judas quien transmite su color simbólico al conjunto de las comunidades judías, primero en las imágenes y luego en la sociedad real. A partir del siglo XIII, los concilios se pronuncian contra el matrimonio entre cristianos y judíos, y piden que estos últimos luzcan una señal distintiva. Al principio es una rueda, o bien una figura como las Tablas de la Ley, o incluso una estrella que evoca a Oriente. Todos esos signos se inscriben en la gama de los amarillos y rojos. Más tarde, al instituir que los judíos lleven la estrella amarilla, los nazis no hicieron sino acudir al abanico de símbolos medievales.

 

¿Y en algún momento en particular se da un cambio de status?

 

La depreciación del amarillo perdurará hasta los impresionistas. Y en los cuadros fauvistas, y luego en los amarillos excesivos del arte abstracto. En las décadas de 1860-80, la paleta de los pintores cambia: pasan de la pintura en estudio a la pintura en el exterior, y hay otro cambio cuando se pasa del arte figurativo al semifigurativo, luego a la pintura abstracta, que utiliza menos matices. Este cambio de status del amarillo se produce a finales del siglo XIX, cuando se producen los grandes cambios en la vida privada y las costumbres. Pero el amarillo hoy no abunda en nuestra vida cotidiana. Lo admitimos en las cocinas y el cuarto de baño, donde está permitido cierto exceso cromático. Pero los coches amarillos, por ejemplo, siguen siendo una rareza.

 

¿Qué particularidad tiene el amarillo hoy?

 

A veces tiene la función de un semirrojo: es la tarjeta amarilla del fútbol. Quizá sea una herencia del odio de los moralistas protestantes hacia los fastos y las joyas. Desde el siglo XX, el color dorado se ha vuelto vulgar. El verdadero rival del amarillo es hoy el anaranjado, que simboliza la alegría, la vitalidad, la vitamina C. Sólo los niños lo apoyan: en sus dibujos suelen representar un sol muy amarillo y las ventanas iluminadas las pintan de amarillo. Pero se apartan de este simbolismo al crecer.

 

continuará…

 

Referencia: Breve historia de los colores-Michel Pastoureau/ Dominique Simonnet - Ediciones Paidós Ibérica S.A.

 

 

 

LOS COLORES ( I ) : AZUL Y ROJO

LOS COLORES ( I ) : AZUL Y ROJO

Los colores tienen una historia tan antigua como el hombre: de ellos provienen simbolismos que usamos sin saber por qué, y moldean nuestra vida, nuestro modo de pensar y nuestras elecciones. La religión, la política, la ciencia y hasta los acontecimientos históricos los han sometido y han sido sometidos por ellos. Esconden historias asombrosas y mitos infundados. Conocer el modo en que se lo trató a cada uno es conocer el espíritu de cada época.

 

 

Azul

La Virgen, los griegos,y el Partido Conservador

 

Empecemos por la estrella, el azul: es el color favorito de los europeos, y hasta de los occidentales.

 

Toda la civilización occidental da preeminencia al azul. Sin embargo, no siempre ha sido así. Durante mucho tiempo el azul fue un color poco apreciado. No se encuentra ni en las grutas paleolíticas ni en el Neolítico, cuando aparecen las primeras técnicas de tinte. En la Antigüedad no se consideraba realmente un color, status que sólo tenían el blanco, el rojo y el negro. Con excepción del Egipto faraónico, el azul era incluso objeto de desdén.

 

Sin embargo, es omnipresente en la naturaleza, y especialmente en el Mediterráneo.

 

Sí, pero el color azul es difícil de fabricar y de dominar, y ésa es sin duda la razón por la que no tuvo ningún papel en la vida social, religiosa o simbólica de la época. En Roma era el color de los bárbaros, del extranjero (a los pueblos del norte, como los germanos, les gustaba el azul). Tener los ojos azules era en una mujer señal de mala vida. Para los hombres, una marca de ridículo. Entre los griegos encontramos confusiones de vocabulario entre el azul, el gris y el verde. La ausencia del azul en los textos antiguos intrigó tanto a algunos filólogos del siglo XIX que... ¡llegaron a creer seriamente que los ojos de los griegos no eran capaces de percibirlo! Esta situación perdura hasta la Alta Edad Media: así, por ejemplo, los colores litúrgicos, que se forman en la época carolingia, lo ignoran (se constituyen en torno del blanco, el rojo, el negro y el verde). Todavía quedan huellas de ese pasado medieval, ya que el azul sigue ausente del culto católico... Y luego, de pronto, todo cambió.

 

¿Acaso aprendieron a fabricarlo mejor?

 

No. Lo que se da es un cambio profundo en las ideas religiosas. El Dios de los cristianos se convierte precisamente en un dios de luz. Y la luz se vuelve... ¡azul! Por primera vez en Occidente se pintan los cielos de azul –antes eran negros, rojos, blancos o dorados–. Más aún, se estaba entonces en plena expansión del culto mariano. Ahora bien, la Virgen vive en el cielo... A partir del siglo XII, la Virgen aparece en las imágenes cubierta con un manto o vestido azul. La Virgen se convierte en la principal promotora del azul. De repente el azul se vio divinizado y se difundió no sólo en los vitrales y en las obras de arte sino también en toda la sociedad: puesto que la Virgen va vestida de azul, el rey de Francia también lo hará. Al cabo de tres generaciones, el azul se convirtió en una moda aristocrática. Animados y solicitados, los tintoreros rivalizaban por encontrar nuevos métodos, y así consiguieron fabricar unos azules magníficos.

 

Entonces el azul divino estimuló la economía...

 

Las consecuencias económicas fueron enormes. De pronto, la demanda de glasto (o hierba pastel) se disparó. En Estrasburgo, los comerciantes de granza, la planta que da el color rojo, estaban furiosos. Incluso llegaron a sobornar a un maestro vidriero encargado de representar al diablo en los vitrales para que lo pintara de azul, para degradar así a su rival.

 

¡Empezó una guerra abierta entre el azul y el rojo!

 

A finales de la Edad Media, la oleada moralista que provocaría la Reforma afectó también a los colores: empezó a decidirse qué colores eran dignos y cuáles no. La paleta protestante se articuló alrededor del blanco, el negro, el gris, el pardo... y el azul. Este discurso moral también promueve el negro, el gris y el azul en el vestuario masculino. Y sigue aplicándose en nuestros días. En ese aspecto, seguimos viviendo bajo el régimen de la Reforma.

 

Entonces el azul, que tuvo tan mal comienzo, triunfa.

 

En el siglo XVIII se convierte en el color favorito de los europeos. Se pone de moda en todos los ámbitos. El romanticismo acentuará esa tendencia: al igual que su héroe, el Werther de Goethe, los jóvenes europeos se visten de azul y la poesía romántica alemana celebra el culto de este color tan melancólico; algún eco de esta melancolía ha quedado en el vocabulario, como la palabra blues... En 1850, una prenda de ropa le da otro empujoncito: los jeans, inventados en San Francisco por un sastre judío, Lévi-Strauss, son el pantalón ideal, y con su gruesa tela teñida al índigo introducen el azul en el mundo del trabajo.

 

También habría podido teñirlos de rojo...

 

¡Ni pensarlo! Los valores protestantes dictan que la ropa debe ser sobria, digna y discreta.

 

El azul ha adquirido un significado político también.

 

En Francia fue el color de los republicanos, que se oponía al blanco de los monárquicos y al negro del partido clerical. Pero poco a poco se desplazó hacia el centro, dejándose desbordar a su izquierda por el rojo socialista y luego comunista. Digamos que fue expulsado hacia la derecha. Después de la Primera Guerra Mundial pasó a ser un color conservador: tras la guerra, la Cámara de Diputados francesa recibió el nombre de Chambre Bleu Horizon, en razón del color del uniforme de ex combatientes que llevaba el elevado número de diputados conservadores.

 

¿Y hoy?

 

Hoy, el azul es un color consensual para las personas tanto físicas como morales: los organismos internacionales, la ONU, la Unesco, el Consejo de Europa, la Unión Europea, todos han elegido un emblema azul. Se elige por exclusión, después de eliminar los demás. Es un color que no impacta, no disgusta y suscita unanimidad. Por eso mismo ha perdido su fuerza simbólica.

 

Rojo

Papas, putas y caperucitas

 

La supremacía del rojo se da en todo Occidente. ¿Es simplemente porque atrae la mirada, puesto que en la naturaleza apenas está presente?

 

Evidentemente se destacó porque rompía con el entorno. Pero existe otra razón: es que muy pronto se consiguieron dominar los pigmentos rojos y se utilizaron en pintura y tintes. Treinta y cinco mil años antes del nacimiento de Cristo, el arte paleolítico utilizaba el rojo, obtenido sobre todo a partir de la tierra ocre-rojo.

 

Tuvo, entonces, un pasado más glorioso que el azul.

 

Sí, era un color admirado, y se le confiaban los atributos del poder, es decir, los de la religión y la guerra. El dios Marte, los centuriones romanos, algunos sacerdotes... todos vestían de rojo. Se impuso porque remitía a dos elementos omnipresentes en toda su historia: el fuego y la sangre. Podemos considerarlos tanto positiva como negativamente, lo cual nos da cuatro polos en torno de los cuales el cristianismo primitivo formalizó una simbología tan fuerte que todavía perdura en nuestros días. El rojo fuego es la vida, el Espíritu Santo de Pentecostés, las lenguas de fuego regeneradoras que descienden sobre los apóstoles; pero es también la muerte, el infierno, las llamas de Satanás que consumen y aniquilan. El rojo sangre es la sangre que Cristo derramó, la fuerza del Salvador que purifica y santifica; pero es también la carne mancillada, los crímenes, el pecado y las impurezas de los tabúes bíblicos.

 

El rojo se identificará con los signos del poder...

 

A tal punto que a partir de los siglos XIII y XIV, el Papa, hasta entonces consagrado al blanco, se viste de rojo. Y los cardenales harán otro tanto. Eso significa que tan magníficos personajes están dispuestos a derramar su sangre por Cristo. En ese mismo momento, en los cuadros, el diablo aparece pintado de rojo, y esta ambivalencia se acepta muy bien.

 

¿Y Caperucita Roja, que se aventura en los bosques de la Edad Media? ¿Entra en este juego de símbolos?

 

Desde luego. En todas las versiones del cuento –la más antigua se remonta al año 1000–, la niña va de rojo. ¿Es porque se vestía a los niños de rojo para no perderlos de vista, como aseguran algunos historiadores? ¿O porque, como afirman algunos textos antiguos, la historia transcurre el día de Pentecostés y en la fiesta del Espíritu Santo, cuyo color litúrgico es el rojo? ¿O porque la niña iba a encontrarse en la cama con el lobo e iba a correr la sangre, tesis que plantean los psicoanalistas? Prefiero la explicación semiológica: una niña de rojo lleva un tarrito de manteca blanca a una abuela vestida de negro... Ahí tenemos los tres colores básicos del sistema antiguo. Los encontramos en otros cuentos: Blancanieves recibe una manzana roja de una bruja negra. Es el mismo código simbólico.

 

Apuesto que el rojo, insolente, no gustó a los encopetados líderes de la Reforma.

 

¡Y aún menos porque es el color de los “papistas”! A los protestantes, el rojo les parecía inmoral. Se refieren a un pasaje del Apocalipsis en el que San Juan cuenta cómo la gran prostituta de Babilonia cabalgaba, vestida de rojo, encima de una bestia llegada del mar. Para Lutero, Babilonia es Roma. Por lo tanto, hay que expulsar el rojo del templo, y de las ropas de todo buen cristiano. A partir del siglo XVI, los hombres ya no se vestían de rojo (salvo los cardenales y los miembros de determinadas órdenes de caballería). En los medios católicos, las mujeres sí podían hacerlo. Hay un curioso cambio de posiciones: en la Edad Media, el azul era más bien femenino (por la Virgen) y el rojo, masculino (signo de poder y de la guerra). Ahora, en cambio, el azul se convierte en masculino, por ser más discreto, y el rojo, en femenino. Conservamos algún rastro de ellos: azul si el bebé es niño, y rosa para las niñas. El rojo seguirá siendo el color de la novia hasta el siglo XIX.

 

¡La novia vestía de rojo!

¡Claro! Sobre todo entre los campesinos, la gran mayoría de la población de entonces; porque el día de la boda uno se pone sus mejores ropas, y una prenda bonita y rica es necesariamente roja, porque éste es el color que mejor les sale a los tintoreros. En este punto encontramos nuestra ambivalencia: durante mucho tiempo las prostitutas tenían la obligación de llevar una prenda de ropa roja para que en la calle las cosas estuviesen muy claras; por la misma razón, se colgaba una lámpara roja a la puerta de los burdeles. El rojo describe las dos vertientes del amor: lo divino y el pecado de la carne. Al cabo de los siglos, el rojo de la prohibición también se impuso. A partir del siglo XVIII, un trapo rojo significará peligro.

 

¿Tiene alguna relación con la bandera roja de los comunistas?

 

En octubre de 1789, la Asamblea Constituyente decretó que se colocaría una bandera roja en los cruces para señalar la prohibición de formar grupos y advertir que la fuerza pública podía intervenir. El 17 de julio de 1791, muchos parisinos se reunieron en el Campo de Marte para exigir la destitución de Luis XVI, que acababa de ser detenido en Varennes. Como existía amenaza de motín, Bailly, el alcalde de París, ordenó izar una gran bandera roja. Pero los guardias nacionales dispararon sin aviso: hubo unos cincuenta muertos, que se convirtieron en “mártires de la revolución”. Por una sorprendente inversión, esa bandera roja, “teñida con la sangre de esos mártires”, se convierte en emblema del pueblo oprimido y de la revolución en marcha. La Rusia soviética la adoptó en 1918 y la China comunista en 1949.

 

¿Y actualmente?

 

Entre nosotros, además, el rojo es siempre señal de fiesta, Navidad, lujo, espectáculo: los teatros y las óperas suelen decorarse con rojo. Y el rojo suele asociarse al erotismo y a la pasión. Pero el viejo simbolismo ha perdurado y así las señales de prohibición, los semáforos rojos, el teléfono rojo, el alerta roja, la tarjeta roja, la Cruz roja, todo esto deriva de la misma historia, la del fuego y la sangre.

 

continuará….

 

Referencia: Breve historia de los colores- Michel Pastoureau/Dominique Simonnet - Ediciones Paidós Ibérica S.A.

SI VAS A CALATAYUD

SI VAS A CALATAYUD

Un viejo edificio del siglo XV, situado en Calatayud,  conocido como El Mesón de La Dolores, constituye el escenario de una leyenda que cuenta la historia de un ciego que cantaba coplas junto al mesón para que le echaran unas monedas. Una moza salió del mesón y le dio una limosna generosa. El ciego, agradecido, supo que la maña se llamaba Dolores e improvisó una jota:

 

Si vas a Calatayud

pregunta por la Dolores

que es una chica muy guapa

y amiga de hacer favores.

 

El tiempo, y por razones desconocidas, transformó los favores caritativos en carnales, y de ahí la versión actual conocida.

 

Gestada en plena guerra carlista, esta copla se extendió como una saeta,  en alas de los artistas que inspirados en ella, compusieron obras musicales, dramáticas y literarias. Para el Ayuntamiento de  Calatayud su universalización se debe al  morbo de una copla equívoca que campea a los cuatro vientos como emblema de Calatayud. A los bilbilitanos no les hace ni pizca de gracia la difusión de esta copla , ni de otras peores , cantadas con el suficiente nivel etílico, como

 

Si vas a Calatayud

pregunta por la Manuela

que es nieta de la Dolores

y más puta que su abuela.

 

porque consideran, que se pone en entredicho el honor de sus conciudadanas.

 

Cuando un periodista catalán, José Feliú Codina, escuchó esta copla y con la única base de la famosa estrofa de los favores, escribió la obra de teatro “La Dolores” que protagonizó la dama de las tablas, María Guerrero.

 

Después llegó la ópera en tres actos “La Dolores” de Tomás BretónEl 16 de marzo de 1895 la alta alcurnia madrileña acudía al estreno de la ópera en el Teatro de la Zarzuela, a unas pocas manzanas de donde había vivido la Dolores, pero el teatro había diseñado una vida que nada tenía que ver con la desgraciada joven que había salido de Calatayud.

 

Sobre La Dolores nos hablan zarzuelas, dramas, óperas, novelas, películas,  música, en una larga serie que aún hoy continúa. La legendaria protagonista “Es un símbolo de independencia. (…) una mujer que, por llevar una vida sexual libre, ya es considerada como una prostituta. La pérdida de su honor la convierten en una víctima de una sociedad terrible y represora. La Dolores es un ser diferente en un pueblo mediocre dominado por las tres grandes fuerzas vivas: el dinero, el Ejército y la Iglesia”.

 

La ópera y la novela ubican a la Dolores en Daroca, donde Melchor, tras seducirla, la abandona. Dolores lo persigue en afán de una boda que repararía su honra, pero solo obtiene la famosa copla para su humillación y vergüenza.

 

Dolores por haber amado, por haber sido engañada, obtiene una copla, una copla que la denigra y da origen a otras muchas, que en su nombre denigran a las mujeres, llamándolas “puta”.

 

Todas las mujeres son putas, menos la madre, la hermana, la novia, y podríamos decir, que tras la increíble difusión de la leyenda, los bilbilitanos especifican “menos la mujer bilbilitana”.

 

Tal vez por esto los bilbilitanos, intentaron proclamar a los cuatro vientos: “puta es la mujer del otro, no la mía”, y considerando que la copla era altamente ofensiva para Calatayud, el Ayuntamiento organizó una Fiesta-Homenaje a la mujer bilbilitana, el 12 de septiembre de 1924, donde se instituyó un Certamen Literario, con un importante premio, para el mejor cantar de cuatro versos que desvirtuase la copla infamante. Se presentaron 11.300 coplas una de las cuales dice:

 

Si vas a Calatayud

verás chicas superiores,

pero no por el estilo

de la famosa Dolores.

 

En todas se establece, que la aceptación social de la mujer esta condicionada a las normas de conducta, que se asignan a la  “que no presta favores”, la mujer “decente”, en una marcada diferenciación con la mujer indecente, en un mandato, que la mujer incorpora desde la más temprana edad.

 

Los diferentes significados otorgados a la “falta de castidad”, forman parte de los mecanismos  discriminatorios sobre las mujeres. La mujer que “presta favores”, no es otra que la puta, pero el favor se presta a cambio de algo. Con el matrimonio, las mujeres logran  legitimidad social, pero cuando transgreden las normas patriarcales rápidamente son ubicadas en la categoría de ilegítimas: putas.

 

A pesar del elevado número de coplas, el Jurado no encontró la adecuada para otorgarle el premio; no obstante se recomendó la siguiente:

 

Si vas a Calatayud

no pidas ciertos favores;

las mujeres son honradas

y los hombres son muy hombres.

 

Cuando se abrió el sobre para conocer el nombre de su autor, sorpresivamente solo encontraron otra copla que decía:

 

El que escribió este cantar

en el pueblo se inspiró

y el pueblo se lo devuelve

porque el pueblo es el autor.

 

Al no haber autor identificado, no pudo otorgarse el galardón, instituyéndose un nuevo concurso. La copla ganadora fue  presentada bajo el lema: “No hay mancha donde no hay delito”

 

La copla de la Dolores

todo el mundo la cantó

y entre tantos cantadores

ni uno solo la creyó

 

Muy a pesar de los bilbilitanos, este intento de reivindicación no solo no logró hacer sombra al famoso cantar, sino que colaboró en la difusión de la leyenda. 

 

La Dolores del cantar, tuvo existencia real, su nombre fue María Dolores Peinador Narvión. En 1815, su padre don Blas Peinador - teniente de los reales ejércitos- se casó con  Delfina Narvión Quintilla , perteneciente de una distinguida y acaudalada familia. Para ello, según lo requerían las autoridades militares, Delfina tuvo que certificar su buen nombre:  “por la muerte de mis padres quedé en la edad de la niñez (…) en la casa de mi abuelo (…) respetando y obedeciéndolo como corresponde, de forma que he vivido y vivo con el mayor recato, honor y buena conducta”. El documento fue sometido a la consideración de media docena de testigos quienes dijeron que “repiten, confirman y dicen que es público y notorio lo anteriormente expuesto”.

 

El matrimonio tuvo 3 hijos ,siendo la primera María de los Dolores, Juana, Benita, Iñiga Peinador Narvión. A sus 8 años falleció su madre, dejando una cuantiosa herencia a los hijos. El padre poco tiempo después contrajo nuevas nupcias y se desentendió de los niños y conforme pasaban los años no les entregaba el legado.

 

Muy joven Dolores se casa en una boda secreta con Esteban Tovar, un cadete del Regimiento de Mallorca que pronto abandona el ejército, probablemente porque el matrimonio con la heredera, resolvería de por vida su problema económico.

 

Dolores le otorga amplios poderes a su esposo para promover los pleitos contra su padre, por la herencia materna. Tras 13 años de litigio obtienen el legado pero en poco tiempo la vida irregular y licenciosa de Esteban, los dejó la miseria. Hasta la primera mitad del siglo vivieron en Calatayud, donde tuvieron 4 hijos y que luego se trasladaron a Madrid, en donde tuvo otros dos hijos.

 

Dolores, murió sola y en la miseria a los setenta y tres años, y reposa en una fosa de caridad del cementerio de la Almudena de Madrid, ajena a una farsa en la que ella puso la vida, y otros, el mito.

 

 

 

Referencia :Fundación Psicoanalítica Sigmund Freud -La Dolores de Calatayud Marta Sialle de Gauna / Menudas historias de la historia- Nieves Coscostrina- Edit. La Esfera de los Libros.