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FRANZ

CERRADO POR VACACIONES

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 ...hasta septiembre.

CLÉRIGOS, BARRAGANAS Y SOLICITANTES

CLÉRIGOS, BARRAGANAS Y SOLICITANTES

Aunque los hombres de la Iglesia enseñaron que el placer sexual es pecado, un verdadero delito, de los más sucios que cometerse puedan, durante los siglos XI al XV fueron numerosos los “clérigos concubinarios”, clérigos que convivían con una barragana (concubina) de modo más o menos oficial y sin el menor problema, siempre y cuando lo llevaran con discreción y sin escándalo, practicando ese célebre consejo latino que afirma: si non caste, caute es decir: si no vives castamente, sé cauto. 

A mediados del siglo XVI, la reforma protestante le echó una severísima mirada a las pequeñas licencias que se concedían nuestros clérigos en materia sexual, iniciando una verdadera campaña de propaganda contra lo que, según los luteranos y otras especies de protestantes, era una verdadera aberración de las costumbres. Para los luteranos, esos sacerdotes católicos amancebados eran, simple y llanamente, unos corruptos y unos hipócritas. En realidad, gentes sin fe ni moral que vivían al amparo de la Iglesia como verdaderos picaros. El luterano, riguroso y puritano, era incapaz de comprender que la barragana, la concubina del cura de pueblo, constituía una verdadera tradición, una costumbre que venía de lejos y hasta una necesidad imperiosa para un hombre que, aunque entregado a Dios, tenía sus urgencias en la Tierra. Los luteranos lo tenían muy fácil, porque ellos, propugnaban el sacerdocio universal, contrario a la Iglesia Católica. Según los protestantes, cualquier persona podía predicar el mensaje de Cristo, cualquier persona podía ser sacerdote de sí misma y, por tanto, los pastores reformistas, atrevida variante de nuestro cura de toda la vida, podían casarse y tener hijos. Así, los pastores del protestantismo europeo, casados y con la carne satisfecha, reconvenían al clero católico por predicar primero la castidad y entregarse luego a la lujuria.

 

Bajo el pontificado del papa Pablo III, se convocó en la ciudad de Trento un concilio cuyo primer objetivo, nunca alcanzado, fue lograr la unión de todos los cristianos, recientemente divididos por las ideas protestantes. Y en este Concilio de Trento, que se reunió por primera vez en 1545, fue donde se valoraron y discutieron, entre otras muchas cuestiones, las críticas que la reforma protestante vertía sobre el clero católico, impulsándose desde entonces una estricta y represiva moral sexual que dio al traste con la figura de la barragana y del arcipreste cachondo, para crear un nuevo espécimen, aún desconocido, que recibiría el nombre de solicitante, un clérigo hereje que sufrirá desde entonces la persecución del Santo Oficio.

 

Es el espíritu del que se va a valer la Contrarreforma hasta ampliar las competencias de la Inquisición para reprimir algunos delitos sexuales. Así, el clérigo concubinario que había hecho caso omiso a las innumerables condenas de su situación desde el siglo XIII en adelante por concilios, sínodos, asambleas, cortes y otros documentos (la repetición de la condena era claro signo de su no cumplimiento), ve cambiar radicalmente sus situación,  y desde entonces, el clérigo, tendrá que hacer uso de su ingenio para procurar un adecuado alivio a su testosterona.

 

Surge la figura de la solicitada. El párroco se empieza a fijar en sus feligresas, y éstas, mujeres de carne y hueso que acuden a la Iglesia para practicar el sacramento de la confesión, serán cortejadas por el varón reprimido que ha de oírlas en privado, al abrigo de la intimidad que a los dos les procura el sacramento penitencial. Y allí se consuma el delito, la falta grave, la herejía en una palabra, pues actitud herética es el pervertir un sacramento para hacerlo útil a fines particulares, muy alejados de aquellos otros para los que fue instituido.

 

Las principales seducidas fueron las monjas y las viudas trotaiglesias, aunque también hubo casos de mujeres solteras y casadas, lo que nos da una idea aproximada de la astucia con la que debían actuar los solicitadores. Actitud ésta que no debería sorprendernos lo más mínimo, si tenemos en cuenta que en aquella época el convento era un lugar de reclusión habitual donde eran encerradas muchas jovencitas de modo obligado; muchachas que, en tantos casos, carecerían por completo de vocación religiosa y que sólo iban a tener ocasión de conocer al guapo predicador que ante ellas exhibía su virilidad altanera, tan sugerente. La efervescencia hormonal de las novicias debía de ser considerable, llegando en ellas la obsesión erótica hasta el paroxismo, disponiéndolas para el galanteo y la seducción, tentando con afiladas armas a ese reprimido fraile o a ese virtuoso sacerdote con poder para absolverlas del ímpetu juvenil, y hasta del impulso que las arrebataba a diario y las conducía hacia el pecado. Demasiada tentación para cualquiera. Se entiende, claro está; no es fácil disponer de un serrallo y renunciar a solazarse en él de vez en cuando.

Para colmo de tentaciones, en aquella época la confesión se oía en cualquier sitio, con el confesor sentado o de pie, y la penitente allí mismo, arrodillada ante él, sin pared que mediara entre ellos, con lo delicados que son siempre estos asuntos. Era durísimo, por supuesto, y los elementos parecían conspirar contra el confesor, que trataría por todos los medios de alejarse de ellos. Pero cómo: esa carne femenina a la vista, ese olor que siempre embriaga, esa soledad de los dos allí juntos, esa tiniebla del templo que invita a la intimidad, esa confidencia de ella, esas amables palabras de él, la comprensión mutua, las miradas que se cruzan y hablan, que piden, que suplican, que exigen.

Y por eso se inventó el confesionario, ese aposento destinado a lavar las conciencias, pero también a evitar el pecado. Finalmente, las autoridades eclesiásticas comprendieron que un confesor es un hombre sometido a una prueba muy difícil de superar. Había que ayudarlo. La solución llegó en 1614. Desde entonces, tal y como establece la regla, entre el confesor y la confesada debía de haber una pared,"cuya parte destinada a oírse mutuamente se halle cerrada con hoja de lata cuyos agujeros de comunicación sean tan pequeños que no permitan la entrada de un dedo". De ahí la frase “Entre santa y santo, pared de cal y canto”

Lo que se dice ni un dedo. Que no hubiera lugar para las insinuaciones. Que el confesor estuviese protegido contra la tentación que supone siempre una mujer a la vista. Por este motivo, aún en el siglo XVIII, en 1781 para ser exacto, un edicto de la Inquisición recomienda que:"las mujeres sean sólo oídas a través de las rejas de confesonarios cerrados o sitiales abiertos pero situados en la nave central o en capillas abiertas y bien iluminadas".

Aún así, y a pesar de tales prescripciones, desde mediados del siglo XVI abundaron los casos de solicitaciones. Y los solicitadores o solicitantes fueron juzgados como herejes. El primero de ellos se dio en 1533, y su caso fue instruido por el Tribunal de Toledo. El penitenciado era Pedro Pareja, vicario de Ciempozuelos, quien había dejado embarazada a una de sus feligresas. Se le impuso una multa, se le desterró de la parroquia y fue privado del derecho de confesar mujeres.

Aunque la Inquisición persiguió estos delitos, evitó siempre la publicidad de los mismos, no fuera a interpretarse como un proceso a todo el clero. Eran asuntos internos, ropa sucia que se lavaba en casa: una reprimenda, una multa para que no se volviera a repetir, una reconciliación privada, un destierro y mucho ayuno en el monasterio.

 

Referencia: Herejes y malditos en la historia – Agustín Celis Sánchez – Alba Libros, S.L.

MAQUILLAJE DE OTROS TIEMPOS

MAQUILLAJE DE OTROS TIEMPOS

 

La costumbre de pintar los labios, la cara y el cuerpo estuvo conectada, en la Antigüedad, con un significado religioso, heredero tal vez de usos anteriores practicados por el hombre del Neolítico, que vinculó estas prácticas con la magia. Este rito religiosos/guerrero no tardó en evolucionar hacia la estética, en un intento de mejorar el aspecto exterior.

 

Cuando Cleopatra, reina  de Egipto, en el siglo I a.C. escribe su famoso manual de cosmética, no hizo otra cosa que recoger los cientos de recetas donde se concentraba el saber del antiguo Egipto en lo que atañía coloretes, cremas, pastas y perfumes. Cleopatra se sombreaba los ojos en tonos verdes; se pintaba los labios de negro con reflejos azulados; se daba color de tonos rojizos en manos y pies; las venillas de los pechos, siempre al descubierto, se señalaban con azul mientras se daba a los pezones una capita de oro.

 

Las cosmetólogas egipcias de la Antigüedad tenían remedio para todo lo relacionado con los problemas de la piel. Por ejemplo, las manchas en la cara se trataban con una mascarilla preparada a base de cera, aceite, estiércol de gacela o de cocodrilo y hojas de enebro molidas, todo ello mezclado con leche fresca, y aromatizado con incienso.

 

Entre las recetas extravagantes a lo largo de la historia de la cosmética, en Oriente, a fin de revitalizar la piel ajada y devolverle su tersura, se recomendaba: “ Falo de buey y vulva de ternera, a partes iguales, debidamente secados y molidos”. Resulta curioso el parecido de aquella milenaria receta con la actual, para el mismo fin, de ” inyecciones de células de feto de ternera”.

 

Las primeras noticias históricas relacionadas con el pintalabios proceden del Egipto pre-faraónico y tiene más de cinco mil años. En aquella exquisita civilización, en la que tan importante fue la cosmética, nadie era enterrado sin sus útiles y substancias de adorno corporal. Así, cuando en 1920 el arqueólogo inglés H. Carter abrió la tumba de Tutankamon, que reinó hacia el año 1350 a.C., encontró gran variedad de jarritas con cremas para la piel, distintos lápices de labios y colorete para las mejillas. Todavía conservaban su fragancia los perfumes y ungüentos, a pesar de los más de tres mil años transcurridos.

 

Desde entonces, hasta la época de Cleopatra, hombres y mujeres de la casta sacerdotal, la nobleza y el entorno del faraón se pintaban los labios en un color rojo pálido.

 

También entre los antiguos pobladores de España, los íberos, existía esa costumbre, reservada tal vez a la casta sacerdotal. Tanto la Dama de Elche como la de Baza  estuvieron pintadas en su tiempo y sus labios fueron rojos como el carmín. También los reyes de la antigua Media, en la antigua Persia, Irán actual, eran muy aficionados a pintarse los labios. Al rey Astiajes, cuentan los historiadores griegos, le gustaba pintárselos y gustaba de acicalarse con rayas de lápiz de color debajo de los ojos, y daba carmín a su cara, e incluso se colocaba una llamativa peluca. Y no es que el rey en cuestión fuera un individuo equívoco: la moda y su status regio así se lo exigía.

 

De Egipto pasaron estos usos cosméticos a Grecia y Roma, aunque por lo general el uso del pintalabios cedió. Al parecer era una de las cosas que los diferenciaba de los pueblos medio-orientales. Pero aunque la cultura griega fue más parca, en los medios cortesanos no se entendía un banquete sin el uso profuso de perfumes y bálsamos. Los comensales se sentaban a la mesa con el cuerpo perfumado y el pelo teñido. Se rociaba la estancia dejando que cuatro palomas impregnadas de perfume esparcieran en su vuelo el aroma sobre la cabeza de los comensales. Cada parte del cuerpo, tenía su propio tratamiento: para los brazos, la menta; aceite de palmera, para el pecho; codos y rodillas se untaban con esencia de hiedra; las cejas se frotaban con pomada de almoraduj o sándalo y mejorana. Y tras las comidas copiosas y especiadas se mantenía en la boca ciertos líquidos balsámicos con los que se hacían unas ligeras gárgaras para evitar el mal aliento posterior.

 

La cosmética de los ojos eran populares no solo en Egipto, sino también en el mundo griego,, donde a imitación de la civilización del Nilo se trituraban en un mortero los caparazones de ciertos escarabajos del desierto para conseguir el polvillo que luego se mezclaba con el sombreado de malaquita que se aplicaba en los párpados; el oscurecimiento de cejas y pestañas se obtenía con una pasta hecha a partir de almendras quemadas, polvo de antimonio, arcilla ocre y óxido de cobre: el khol. Para realzar la mirada la mujer egipcia afeitaba sus cejas, pintando otras en su lugar o se colocaban cejas postizas, que en la moda antigua llagaban hasta la nariz, uniéndose ambas.

 

Los romanos, por su parte, sucumbieron al embrujo oriental, al gusto exacerbado por los cosméticos. Los soldados de las legiones regresaban a Roma cargados de productos: cosmético egipcio; tintura para el pelo hecha a base de polvo de oro, polen amarillo y harina dorada; carmín para las mejillas,  y pasta hecha a base de mandrágora para disimular las arrugas. De España traían en minio y el bermellón, para elaborar cosméticos colorantes.

 

Pero la práctica de la cosmética no estaba exenta de peligro. Desde la Antigüedad resaltar la belleza llevaba consigo el riesgo de envenenamiento. Ello fue así debido a los productos utilizados. Cuando la mujer griega se empolvaba la cara para dotarla de palidez, o la mujer romana se daba colorete en las mejillas, podían verse afectadas de parálisis, ya que esos productos estaban compuestos a base de plomo blanco y plomo rojo. Pero todo ello se sufría co tal de mostrarse en público con la imagen deseada. Incluso e el Renacimiento, pasada la Edad Media, las mujeres italianas aplicaban a sus ojos, a fin de darles inusitado brillo, gotas de belladona, costumbre cosmética que acarreaba la ceguera. Y entre los componentes del colorete, se empleó en el Siglo de Oro, un veneno activísimo: el cloruro de mercurio.

 

En la España de tiempos de Cervantes, entre los siglos XVI y XVII, las mujeres se pintaban los labios con una pomada perfumada, algo dura, que se coloreaba con jugo de uva negra y zumo de orcaneta, planta de cuya raíz se obtenía una sustancia roja que también usaban los confiteros para dar color a los dulces. Esta pasta se adhería a los labios como pintura y no dejaba huella al besar.

 

No fue hasta principios del siglo XX, con la ayuda de la ciencia química, cuando surgiría un lápiz de labios eficaz y definitivo. Nacieron las barritas de carmín que se amoldaban con facilidad y no entrañaban peligro alguno para la mucosa bucal. Y en 1926 apareció el llamado “beso rojo”, o “rouge baiser” como lo denominó su inventor, el francés Paul Baudecroux, carmín indeleble que él creó a requerimiento de una amiga.

 

Referencia: El gran libro de la historia de las cosas- Pancracio Celdrán Gomáriz- La Esfera de los Libros, S.L. / http://www.promaquillaje.com

LA PIEDRA DE LA LOCURA

LA PIEDRA DE LA LOCURA

 

La locura es definida en cada cultura de forma particularizada de acuerdo a las circunstancias y las ideas hegemónicas de cada época histórica, y ese funcionamiento “anómalo” de la mente ha estado durante siglos envuelto en el misterio y tratado de forma distinta.

 

La primera concepción de la locura es demoníaca, respondiendo a las creencias de que su causa era debida a posesiones de demonios o por el control de los dioses y/o divinidades sobre el cuerpo/mente de los mortales. La locura era un castigo, una manipulación, una venganza de las entidades no-humanas sobre los humanos. Aquí, las personas eran víctimas inocentes de fuerzas y motivaciones ajenas sobre las que no se tenía control alguno. La epilepsia, sin embargo, fue considerada como la “enfermedad divina o sagrada” pues se presumía que era producto de un encantamiento posesivo positivo de algunos/as dioses/as.

 

Se han encontrado cráneos humanos con trepanaciones realizadas de épocas neolíticas con al menos diez mil años, efectuadas para  facilitar la expulsión de supuestos espíritus malignos que se habían adueñado del enfermo y eran causa de su comportamiento anormal. En algunos de estos cráneos las perforaciones se encuentras cerradas y calcificadas, lo que demuestra que había algunos pacientes que lograban sobrevivir a la operación.

 

La primera gran aportación sobre las enfermedades mentales se debe a Hipócrates (460-370 a.C.), y más tarde Galeno (120-199 d.C) que las relacionaron con el cuerpo y no con el alma, describiendo enfermedades con acierto, como la paranoia, la epilepsia, la manía, las fobias, la histeria, y el delirio.                                 .  
 
Mientras la medicina árabe experimentaba un florecimiento espectacular a lo largo de la época medieval, y ya en el año 792 se fundaba en Bagdad el primer hospital psiquiátrico de la historia y se trataba a los enfermos mentales con el máximo cuidado y respeto, sometiéndoles a tratamientos con música, ejercicio, y relajación, en el mundo cristiano, la locura fue conceptualizada como sinónimo de pecado, defecto moral, o como asunto que el ser humano se provocaba a sí mismo cuando caía en alguna forma de degeneración religiosa (fuera por ateísmo, blasfemia, o exceso de religiosidad mal comprendida) o por falta de virtudes (definidas de acuerdo a cada sociedad y época).

 

Una variación histórica aguda de esta visión del pecado hizo su clímax cuando ya en  la Edad Media, se consideró la locura como producto de los pactos con el diablo y como efecto de la confirmación de la brujería, la cual ubicaba a la persona loca como alguien controlado por las fuerzas del mal. En esa época, en Europa, la Iglesia excluyó la psiquiatría de la medicina, y pasó a denominarse demonología, tratando a los enfermos mentales como seres endemoniados a los que había que castigar para purificar sus almas.

 

De la experiencia del médico griego Claudio Galeno que muestra que la apertura del cerebro no siempre conlleva a la muerte, se deriva también la idea, de que "la piedra maligna de la epilepsia" podía ser operada. Ya hacia el año 900, el médico persa Rhazes denuncia lo siguiente: "Algunos de los curanderos milagrosos afirman sanar la epilepsia y hacen una abertura en forma de cruz en la parte posterior de la cabeza y simulan extraer algo ¡que ya tenían anteriormente en la mano...!"

 

De esa creencia sin fundamento, de que en el cerebro  se creaban depósitos minerales que convertidos en piedras causaban tumores que producían la demencia y otras enfermedades, surgió el mito de la piedra de la locura, y con ello los "sanadores de hernias y sacadores de piedras" del gremio de los sangradores y barberos , así como, curanderos, charlatanes, ilusionistas y falsos cirujanos de toda Europa , que recorrieron los mercados y plazas públicas de pueblos y ciudades, en donde por unas monedas extraían la piedra de la locura a aquellos afectados  creyentes en esa superstición y que consideraban la operación como un mal menor frente al duro castigo al que se enfrentaban a causa de su estado mental.

 

Mediante cirugía y cortes con  bisturí se intervenía para “extraer” esa piedra, que en realidad no era más que una triquiñuela, en la que mediante parafernalia y discursos falsos atraía a las gentes que observaban como se sacaba la piedra que supuestamente estaba en el cerebro  del intervenido y que solo era la que el presunto cirujano llevaba oculta en su mano, mezclada con la sangre de la incisión, y que era exhibida para asombro y admiración general.

 

Como la herida se podía infectar, provocando la muerte del paciente, o podía sobrevivir, con su locura intacta, porque el remedio era ineficaz, el “extractor” para evitar represalias no perdía tiempo en huir lejos, con el dinero en el bolsillo y en rumbo desconocido.

 

Sobre esa práctica, el pintor holandés El Bosco pintó, entre 1475 y 1480, el cuadro La extracción de la piedra de la locura , en la imagen,  incluido en un conjunto de grabados satíricos y burlescos que por entonces se realizaban en los Países Bajos y que actualmente se encuentra expuesto en el Museo del Prado, Madrid.

 

En la obra aparece un falso médico que lleva un  embudo en la cabeza (símbolo de comportamiento extraño), el caballero mayor y grueso está extrayendo un tulipán, su bolsa esta prendida con un puñal que simboliza robo con engaño,  la monja lleva sobre la cabeza un libro cerrado, como símbolo del saber encerrado en las bibliotecas de monasterios cerradas a los seglares, o quizás signifique un libro mágico de formulas cabalísticas para hacer conjuros, el fraile sostiene una jarra de vino, una posible acusación a aquellos  religiosos que producían vino y cerveza que probaban con largueza los productos que elaboraban. La leyenda que aparece escrita en el cuadro traducida dice: “Maestro, extráigame la piedra, mi nombre es Lubber Das. (Lubber Das era un personaje holandés que representaba la estupidez).

 

Referencia:Breve historia de la locura –Roy Turner- Fondo de Cultura Económica / http: lananeva.wordpress.com

RELOJES Y DESPERTADORES

RELOJES Y DESPERTADORES

 

En el alborear de todas las civilizaciones y culturas que han existido en el mundo, aparece en primer lugar el interés por conocer la hora del día y distribuir el tiempo de acuerdo con unas medidas determinadas. Para poder establecer la hora del día aproximadamente, los hombres se regían por el Sol, calculando la hora según su posición relativa. Sabían que, al hallarse el Sol en su cenit, era mediodía, y asociaban los conceptos de «mañana» o de «tarde», respectivamente a la salida y la puesta del Sol. Por la longitud de las sombras aprendieron a calcular con cierta aproximación las horas intermedias.

 

Para determinar con exactitud mayores fracciones de tiempo y abarcar en su cómputo varios días, necesitaban, sin embargo, otros medios auxiliares. No tardaron en relacionar las diferentes y periódicas fases de la Luna con la variable luminosidad de este satélite, que va desde el perfilado cuarto menguante hasta el resplandeciente plenilunio, con una división cronológica de bastante precisión.

 

Nuestros antepasados indogermánicos llamaban a la Luna «la que cuenta». Probablemente observaron también que, coincidiendo con cada doce ciclos completos de las fases lunares, se producía la sucesión de las estaciones del año. El cómputo del tiempo se inició marcando en un árbol o en una estaca cada cambio de la Luna, guiándose por estas señales para establecer una cronología rudimentaria. Así surgió el primer calendario lunar con sus doce «lunas» o meses.

 

El reloj de Vitrubio, con cuadrante horario, era un calendario que dividía el mes en 30 días y proporcionaba un año de 360 días, debió de ser suficiente en un principio, cuando los hombres sólo eran cazadores o pastores, pero dejó de serles útil tan pronto se convirtieron en agricultores, y necesitaron mediciones más precisas para conocer los tiempos de siembra. Con este calendario llegaron a sentirse inseguros, a causa de la diferencia de cinco días acumulada anualmente por el año lunar, consecuencia de seguir considerándolo como formado solamente por 360 días.

 

Tuvieron que buscar, pues, otro sistema cronológico, volviéndose hacia las posibilidades que les ofrecía el Sol con sus periódicas variaciones, semejantes a las de la Luna, pero mucho más completas. Seguramente debe datar de muy antiguo la observación del momento en que se producían los distintos solsticios y equinoccios en el año solar, sirviendo ya de vaga referencia para la confección de un calendario.

 

Los inicios de las observaciones solares los encontramos entre los egipcios y los chinos mucho antes del tercer milenio antes de Cristo. Para fijar exactamente los solsticios y determinar el cambio de las estaciones, se levantaron los llamados «complementos» astronómicos. Por ejemplo, los egipcios construyeron el famoso templo de Karnak, dotado de la particularidad de que, cualquiera que en una mañana del solsticio de verano dirigiese su vista a lo largo de las columnas del pórtico principal, encontraría al Sol naciente directamente ante sí. Como es lógico, estos recursos eran bastante imprecisos y sus indicaciones habían de ser completadas por observaciones astronómicas de otros cuerpos celestes.

 

Además, también se utilizaba el «gnomon» o «indicador de sombras», con el cual determinaban la hora del día por la longitud de la sombra. Más tarde, esta posibilidad se perfeccionó mucho más mediante el uso de los relojes de sol, pero que tenían el inconveniente de no servir para nada durante las horas nocturnas. Por lo tanto, para poder tener una división aproximada del tiempo, los antiguos egipcios, desde 2.000 años a. C., usaban un reloj de agua.

 

Su funcionamiento era el siguiente: de un recipiente situado a cierta altura iba goteando lentamente el agua a través de un pequeño orificio, para ir a caer en otro recipiente colocado más abajo, en el que se había depositado un flotador con una varilla a la que iba unida una aguja indicadora, que se deslizaba sobre una escala existente en la parte externa del recipiente. Al llenarse paulatinamente el segundo recipiente con el agua procedente del primero, iba subiendo el flotador, con lo cual arrastraba consigo la aguja indicadora, señalando en la escala la hora correspondiente. Regulando exactamente la salida del agua, y estableciendo la subdivisión de la escala en función de la velocidad de ascensión del flotador, era posible determinar la hora con una aproximación de cinco minutos, según han demostrado experimentos posteriormente realizados.

 

Dividiendo la escala en 12 ó en 18 horas, y abriendo la llave de paso exactamente al mediodía, momento señalado por el «gnomon», se lograba con este sistema un ajuste a la hora local de relativa exactitud.

 

Este «reloj nocturno», como también fue llamado, no tardó en ser imitado por otros pueblos, cuya novedad llegó a través del Asia Menor hasta Grecia. Conocido por Platón (428-347 a. C.), lo empleó como una especie de despertador para convocar a sus discípulos a las lecturas y ejercicios en las tempranas horas del alba.

 

El «despertador» funcionaba por el siguiente sistema: mediante la ingeniosa disposición de dos tubos, en uno de ellos se acumulaba el aire comprimido por la paulatina elevación del agua en el reloj. Al sobrepasar el agua una determinada altura, se abría una válvula, y entonces penetraba con notable presión en los tubos, comprimiendo más el aire acumulado y obligándole a salir por otro tubo estrecho, en cuyo extremo había colocado Platón una flauta. De esta forma, el aire, al ser violentamente expulsado, producía, un agudo silbido. Dado que el momento en que había de sonar el silbido podía establecerse previamente con relativa aproximación, este «despertador» funcionaba con bastante seguridad.

 

Por esta época, los mecanismos de los relojes de agua se perfeccionaban constantemente. Ctesibio (300—260 a. C.), a quien, con toda justicia, se llama «rey de los ingenieros de la Antigüedad», y que, pese a su corta vida, realizó numerosos inventos —desde el cañón de aire comprimido hasta la bomba de doble efecto—, modificó también el sistema de los relojes de agua.

 

Mediante una especie de «válvula flotante» se consiguió, en primer lugar, que la salida del agua se produjese de un modo uniforme, cualquiera que fuese el nivel del líquido alcanzado en el recipiente, de forma que ninguna gota pudiera caer más deprisa que otra. El agua recogida hacía elevarse un flotador, a cuyo extremo se había colocado una figura que señalaba con una varita las 24 horas del día. A medianoche, al alcanzar el nivel máximo, el mismo flotador abría una compuerta, dando paso al agua que caía sobre una turbina, a la que obligaba a moverse y, mediante un sistema de transmisión de ruedas dentadas, hacía girar la columna de la fecha para señalar la correspondiente al siguiente día.

 

Años más tarde, Ctesibio mejoró todavía más este reloj de agua, incorporándole un sistema elevador automático en sustitución de la compuerta de salida de agua. Esto tenía la ventaja de que el agua salía bruscamente, moviendo con mayor rapidez la turbina y eliminando el retraso ocasionado anteriormente por el engranaje de transmisión. En otras palabras: el reloj funcionaba con mayor precisión gracias a la rapidez con que se producía el cambio de fecha al llegar la medianoche.

 

Trescientos años después de Ctesibio, el ya tantas veces citado Vitrubio introdujo una nueva mejora. Unió el flotador con una cremallera, engranada en una rueda de doce dientes, de forma que a cada hora que pasaba avanzaba un diente. En las ruedas se había colocado una saeta que giraba en función del avance de la rueda dentada, deslizándose sobre un cuadrante en el que se habían marcado las doce horas. El conjunto tenía una gran semejanza con las esferas de nuestros relojes actuales, si bien ofrecían el inconveniente de que la saeta horaria avanzaba a saltos al pasar de una hora a otra. Mediante una reducción de 48 dientes, correspondiendo en grupos de cuatro al tramo recorrido por la cremallera en cada hora, Vitrubio perfeccionó su reloj de forma que también pudiera marcar los cuartos de hora.

 

Al tratar de relojes, no deja de ser interesante recordar que ya los asirios, en el año 640 a. C., instalaron relojes de agua públicos. El censor P. Cornelio Escipión Nasica hizo colocar en varias plazas de Roma, en el año 159 a. C., algunos de los relojes horarios y fechadores inventados por Ctesibio; tampoco es, pues, un invento de la Edad Moderna el «reloj público», con la particularidad de que los de la Antigüedad señalaban, además, la fecha exacta del día.

 

Vitrubio no se conformó con inventar el reloj de saeta horaria, sino que también construyó diferentes relojes artísticos adornados con figuras dotadas de movimiento, aplicando en ellos uno de los descubrimientos iniciados por Arquímedes trescientos años antes. Arquímedes había introducido un sistema de ruedas dentadas accionado por el flotador para conseguir que, por el pico de un cuervo colocado junto al reloj, cayese una bola en un recipiente metálico sonoro, produciendo así una señal acústica indicadora del paso de las horas en los relojes de agua. Vitrubio completó este carillón, añadiéndole numerosas figuras simbólicas. Uno de sus relojes se componía de la columna destinada a señalar las horas y los días, cuyas puertas, al abrirse, dejaban salir jinetes armados, que daban saltos con sus caballos; pájaros que trinaban como los de un reloj de cuco; una figura de la Muerte, simbolizando, al parecer, la irreversibilidad de las horas pasadas, y otros muchos detalles de este tipo.

 

Referencia: Los descubridores – Daniel J. Boorstin- Editorial Crítica

EL PARTENÓN

EL PARTENÓN

 

Cuando se observan los restos del Parthenón de Atenas, puede pensarse que su lamentable estado se debe al paso del tiempo, pero la realidad, una vez más,  es  que el único responsable ha sido el hombre.

 

El templo del Parthenon, construido en el siglo V antes de Cristo ,  para albergar la una colosal imagen de 12 m. de altura de la diosa Atenea Partenos, de oro y marfil, y esculpida por Fidias, es la cumbre de la arquitectura y escultura clásicas griegas, el mayor monumento de la era de Pericles.

 

Permaneció XXI siglos sin grandes alteraciones, excepto cuando se transformó en iglesia bizantina, se levantó un ábside en el pronaos, cambiando  las columnas interiores y se abrieron accesos. En la Edad Media, hasta 1458 fue utilizada para este fin eclesiástico; con el dominio turco se usó como mezquita construyendo un minarete en el templo.

 

Durante las guerras entre los turcos y venecianos en el s. XVII, el Partenón se transformó en un polvorín, lo cual fue causa de su mayor destrucción, ya que en el año 1687, una granada lanzada sobre él originó una explosión que  derribó los elementos estructurales básicos, destrozando 14 de las 46 columnas del pórtico , así como la  totalidad del interior y el techo, manteniéndose de pie solo las dos fachadas de los frontones.

 

Pero nadie trató al Partenón con la brutalidad de Thomas Bruce, conde de Elgin y sus subordinados.

 

Era un hombre frío, duro y básicamente imbécil. Eso pensaba Byron del conde Elgin. Tan frío y de corazón tan duro como los acantilados escoceses donde nació. Y tan listo como para llevarse la mitad del Partenón a Gran Bretaña con la idea de decorar una magnífica mansión y regalársela a una mujer que después le abandonó. Ni siquiera a Byron le pareció romántico. Sólo un ególatra estúpido que pasó a la Historia por robar -salvar, dicen algunos ingleses- el mayor tesoro arquitectónico de la Grecia clásica.

 

Byron se declaró enemigo de aquel hombre, nacido en 1766 y conde de Elgin a los cinco años. Su título nobiliario sigue dando nombre a la colección de «mármoles» que se exhibe desde hace casi 200 años en el Museo Británico de Londres.

 

Elgin, en 1795, era diplomático de carrera. Tenía 29 años, mucho dinero y aún más ambición. También tenía una novia de 21 y un amigo arquitecto, Thomas Harrison. Y fue él, se supone, quien le convenció de que el estilo clásico era el único adecuado para la residencia de un caballero de su posición. Cuatro años después, el precoz conde fue nombrado embajador de Reino Unido ante el Imperio Otomano. Y el arquitecto vio su oportunidad: «Hay que llevarse Grecia a Escocia».

 

En teoría, era una metáfora. Los historiadores más benévolos con Elgin y su arquitecto creen que lo que el uno dijo y el otro entendió fue simplemente que tenían delante la oportunidad de acceder a los mayores tesoros del arte clásico: dibujarlos, copiarlos, modelarlos y reproducirlos. Cuándo, cómo, y sobre todo quién fue el primero en cambiar de idea y decidió arramblar con todo es un asunto más complicado. Los cómplices: toda una banda incluida la mujer de Elgin, un pintor italiano y un clérigo anglicano.

 

En cualquier caso, si no fue Elgin quien tuvo la idea, estuvo más que de acuerdo. Cuando él y su mujer viajaron a Constantinopla para presentar sus credenciales hicieron escala en Nápoles y reclutaron a Giovanni Lusieri, pintor de paisajes. El italiano y un asistente personal de Elgin se quedaron en Atenas, con el único encargo, supuestamente, de formar un equipo que midiera minuciosamente cada monumento, hiciera moldes y dibujara, explica el historiador Rusell Chamberlin.

 

La Acrópolis era entonces una fortaleza militar turca. El Disdar, su gobernador, negó la entrada al equipo de Elgin. La codicia se vence con el soborno: cinco libras diarias y asunto resuelto.Sin embargo, no les dejaron instalar ni un andamio. Un año después, los agentes de Elgin sólo habían copiado las esculturas que estaban a nivel del suelo.

 

Y ahí es donde entra la Iglesia. Philip Hunt, el capellán anglicano de la embajada británica en Constantinopla, viajó a Grecia y no podía creer que el equipo estuviera progresando tan poco. Hunt era, según Chamberlin, el auténtico loco de las antigüedades que no se conformaba con dibujos y moldes. Quería las cosas.Así que escribió a Elgin para que consiguiese una autorización más amplia. El conde vivía entonces el mejor momento de su carrera. Los turcos no les negaban nada a los ingleses, aliados suyos en la guerra contra Francia, porque dependían de su flota. Y el embajador británico era sistemáticamente cubierto de honores en Constantinopla. Su vanidad era halagada sin descanso, y su ego y su ambición crecían al mismo ritmo. Sin más obstáculos, pidió la autorización y se la dieron. Levantar unos andamios y llevarse unas piedras era el capricho sin importancia, pensaron, de un inglés algo excéntrico, con el que había que llevarse bien.

 

A ese supuesto permiso se agarran los responsables de Museo Británico para asegurar que los «mármoles» no fueron robados. Pero la auténtica autorización, de 1801, no existe. Sólo se conserva una traducción italiana posterior que les permitía llevarse «qualche» pedazo de piedra, incluso con inscripciones y figuras. Y «qualche» puede ser traducido al inglés como «algún» o como «cualquier». Así que, por exceso, más de 300 trabajadores comenzaron a desmantelar el friso sin ningún tipo de traba. Sólo en eso tardaron más de un año.

 

Lord Elgin escribió a su pintor napolitano en 1801: «Los planes para mi casa en Escocia deberían resultarle familiares [...].El hall estará adornado con columnas. [...] Mucho mejor si hubiera dos columnas de cada clase. En cualquier caso, desearía recoger la mayor cantidad de mármol posible... Tengo otros lugares en mi casa donde lo necesitaré...»

 

Para la magnífica villa escocesa nada era suficiente. Carta de Lord Elgin a Lusieri en 1802: «Lo primero en la lista son las metopas, los bajorrelieves y los restos de las estatuas que puedan ser encontrados todavía, en particular las figuras del frontón del Partenón -al menos la figura del hombre- y tantas metopas como pueda conseguir. Le ruego, por tanto, que embarque algunas».

 

Los trabajos empezaron a agilizarse. «Tengo, señor, el placer de anunciarle la posesión de la octava metopa, esa donde hay un centauro llevándose a una mujer. Esta pieza ha causado muchos problemas y me he visto obligado a ser un poco bárbaro», informó el pintor.

 

Él mismo dejó descrita su barbarie: «La pieza central del friso este no fue bien aserrada, y siendo un poco débil en el medio, se partió en el transporte [...]. Felizmente se rompió por el medio y en línea recta, así que el accidente nos ha ayudado a transportarla y ponerla a bordo». Y sigue. «También tomaré un capitel del Partenón, pero es necesario aserrarlo en dos [...].Tres capiteles, uno dórico del estilo más temprano y dos corintios, están en el almacén». Lusieri, además, le pide material: «Envíe una docena de sierras de mármol a Atenas, tan rápidamente como sea posible. Necesitaría tres o cuatro de 20 pies de longitud para aserrar un gran bajorrelieve (la pieza central del friso este) que no podremos transportar a menos que reduzcamos su peso».

 

El mármol embarcó, pero nunca llegó al cuarto de baño de Elgin. Para transportarlo todo hicieron falta 33 viajes en barcos de guerra ingleses. Diecisiete, sólo para las esculturas.

 

Mientras trabajaban a sus órdenes, Elgin no se dignó -o no se atrevió- a visitar Atenas. No vio ni una sola de las piezas que habían sido desmanteladas y embaladas para él. Sólo apareció por allí en la primavera de 1802. Urgió a los trabajadores para que fueran más deprisa, dejó a su equipo dinero suficiente para los sobornos y se fue con su mujer a visitar otros lugares de Grecia susceptibles de ser saqueados.

 

Elgin y los suyos se llevaron 15 metopas, 56 relieves del friso principal, 19 esculturas importantes y varias columnas. En total, la mitad de la decoración del Partenón, decenas de piezas de la estructura y cientos de vasos y otros objetos de la Acrópolis ateniense.

 

El año siguiente los franceses le hicieron prisionero, y le mantuvieron retenido tres años. Mientras, los primeros 65 arcones con las piezas del Partenón llegaron a Inglaterra y se pasaron todo ese tiempo criando polvo en la aduana. Cuando el conde fue liberado y llegó a casa en 1806, su botín estaba desperdigado entre un montón de puertos británicos y los trasteros de sus amigos, que le urgían a que se llevase aquellos mamotretos. Y más tópico imposible. Durante su cautiverio, su mujer le dejó por su mejor amigo. El divorcio fue un escándalo colosal que arruinó su carrera. La gesta con la que él creía que ganaría honor y fama le creaba enemigos en su propia casa. La Sociedad de Diletantes londinense, colmo del esnobismo, le condenó, no por ladrón sino por su «mal gusto». Byron empezó a humillarle por escrito y 12 de las cajas del tesoro se hundieron con el barco que las transportaba junto a la isla de Cerigo, cerca de Corfú. Recuperarlas le costó dos años y miles de libras.

 

Para entonces, hacía tiempo que había dejado atrás la idea de montar su particular Partenón escocés. En su lugar, construyó un cobertizo en su casa de Park Lane, junto a Picadilly, para guardarlas y tratar de ganarse el favor de los artistas a los que invitaba. Arruinado, tuvo que mudarse y los dioses griegos acabaron en una carbonera, hasta que el Gobierno compró el tesoro, en 1816, por 35.000 libras.

 

Referencia: Wikipedia / http://www.dearqueologia.com / El Mundo- El expoliador de Atenas-Josefa Paredes.

EL CLIMA Y LA HISTORIA

EL CLIMA Y LA HISTORIA

 

No necesitamos las predicciones del cambio climático para saber cómo el colapso ecológico puede acabar con una civilización; el pasado nos ofrece abundantes ejemplos: templos mayas abandonados, el fecundo Sahara invadido por las dunas, imperios socavados por la salinización, culturas precolombinas arrasadas por El Niño, la isla de Pascua arruinada por la deforestación, los vikingos expulsados de Groenlandia por el frío... Las fechorías del clima cambiante componen un largo rosario de calamidades.

 

Del trasfondo ecológico de esas catástrofes hemos tardado bastante en darnos cuenta. Aunque hoy el cambio climático y sus consecuencias pesan enormemente sobre nuestro presente y futuro, durante mucho tiempo se consideró el medio ambiente un actor secundario en la historia. Preferíamos atribuir los derrumbamientos sociales a las invasiones, rebeliones o crisis económicas, minimizando el impacto de las sequías, las inundaciones o la desertización. Pero al factor ambiental ya no se le puede seguir ignorando.

 

Lo saben bien los arqueólogos, climatólogos y paleoantropólogos que han salido a revisitar el pasado. Han hurgado en los sedimentos del suelo y en el polen prehistórico, leído en los anillos de los árboles, interpretado muestras del lecho marino y escudriñado las fotos de los satélites. Con la información obtenida han reconstruido por ordenador algunas de las fluctuaciones climáticas que sacudieron la vida de nuestros ancestros.

 

Sus pesquisas arrojan nueva luz sobre los mitos de sequías legendarias e inundaciones de dimensiones bíblicas. Después de todo, no eran pura fantasía. Tomemos la épica sumeria de Atrahasis, del siglo XVIII antes de Cristo. Las tablillas conservadas en el Museo Británico dan cuenta de las sequías, las hambrunas y la desecación que se ensañaron con la cuna de la civilización. Los habitantes de la fértil Mesopotamia se toparon con un problema peliagudo: la salinización de sus tierras por el abuso del riego. Optaron entonces por sustituir el cultivo de trigo por el de la cebada, mucho más resistente a la sal. Pero con los altos niveles de evaporación, la sal siguió acumulándose y los suelos se tornaron blancos, dicen las tablillas. Así se acabó el momento de gloria de Sumer.

 

Las dunas del Sáhara encierran una historia parecida. Por el hielo de la cumbre del monte Kilimanjaro (Tanzania) sabemos que hace cuatro milenios una sequía azotó África durante ¡300 años! En el norte africano, la inmensa sabana tapizada de vegetación se transformó en el desierto que conocemos. Sus moradores emigraron al valle del Nilo, y donde pastaban elefantes y cebúes sólo transitaron camellos. Los científicos atribuyen el fin de las precipitaciones abundantes y estables a la alteración del régimen de vientos y lluvias, causada por las oscilaciones periódicas de la órbita terrestre, que hacen variar la radiación solar recibida en cada hemisferio.

 

Otra sequía monstruosa intervino en uno de los mayores enigmas arqueológicos: la desaparición de los mayas. Los sedimentos de los lagos del Yucatán conservan la memoria de una sucesión de sequías a partir del siglo IX, una de las cuales duró 150 años. De nada valieron los sacrificios a los dioses, las plegarias de los sacerdotes emplumados: urbes y centros ceremoniales fueron abandonados. Investigadores de la Universidad de Florida (EE UU) responsabilizan del hecho al Astro Rey, a un ciclo de 208 años de mayor actividad solar que se desarrolló en aquellas fechas.

 

Tampoco salieron mejor librados los habitantes de la isla de Pascua. Entre los siglos XIII y XVII de nuestra era floreció allí una sociedad relativamente sofisticada; pero cuando desembarcaron los europeos en 1722 encontraron a los isleños hundidos en el hambre y el atraso; de su esplendor sólo subsistían las colosales estatuas de piedra. ¿Qué fuerza irresistible los devolvió a la barbarie? Ahora sabemos por el análisis botánico que una razón fue la deforestación. Sea por la tala desmedida, sea por la llegada de ratas que acabaron con sus palmeras, los nativos se quedaron sin materia prima para sus chozas, herramientas y canoas, y sin combustible para hacer fuego.

 

La destrucción de los bosques también tuvo parte de culpa en el súbito declive de la cultura de El Argar (Almería), una de las primeras sociedades urbanas de Europa Occidental. El polen y los rastros de carbón recogidos en la Sierra de Baza relatan el pasaje de un ecosistema de pinares y robledales a otro de matorrales y arbustos, con muchos incendios de por medio. La demanda de madera para la minería y de terreno para el pastoreo, sumada al exceso de población, empujaron a la cultura argárica al precipicio.

 

A veces el cataclismo lo produjo una combinación desafortunada. Hacia el año 1.600 antes de Cristo, un cóctel de terremotos, lluvias torrenciales y desertización barrió del mapa la cultura supe, creadora de las primeras pirámides en tierras americanas. Se han encontrado las huellas del seísmo que erosionó los valles de la costa central peruana. A continuación, las lluvias de El Niño arrastraron el material erosionado al mar, formando una barrera de arena que luego los vientos enviaron tierra adentro. La franja costera devino en un erial, y el polvo se tragó a Caral, la urbe más antigua de América.

 

Señalar la capacidad humana para trastocar el medio ambiente no debe hacernos olvidar que, en ocasiones, los cambios abruptos estimularon la adaptación humana, en especial a lo largo de los últimos 15.000 años de tiempo cálido.

 

El descenso del nivel del mar en la última glaciación, que creó un puente natural en el estrecho de Bering, a través del cual los asiáticos colonizaron el continente americano. O las fluctuaciones orbitales que hace 6.000 años debilitaron el sistema monzónico, abriendo una fase árida que movió las poblaciones dispersas a refugiarse en enclaves con agua, pastos y tierras productivas: los primeros núcleos urbanos.

 

Cada movimiento del termómetro produjo ganadores y perdedores. Los refugiados del clima que se concentraron en las riberas del Nilo, huyendo de las arenas saharianas, formaron la masa crítica del florecimiento faraónico. En el siglo VII antes de Cristo, la entrada de una masa de aire cálido en el Mediterráneo favoreció el cultivo del trigo y propició el auge de Grecia y Cartago primero, y del imperio romano después; pero una variación climática posterior arruinó las cosechas de ese cereal, aumentando la vulnerabilidad de Roma a la presión de los bárbaros. La tendencia cálida entre el año 900 y el 1.300 -el llamado Óptimo Climático Medieval- apuntaló la prosperidad de Europa del Norte (¡los ingleses exportaban vino a Francia!), pero llevó a los Andes la sequía que arruinó la portentosa cultura de Tiahuanaco.

 

Por eso los especialistas advierten de que un "determinismo ecológico" sería tan miope como reducir el medio ambiente a mero telón de fondo. Los altibajos de las civilizaciones son más complejos; no reconocen una única causa. El ecocidio decidió la debacle en pocas ocasiones; la mayoría de las veces fue sólo la gota que colmó el vaso.

 

Por otra parte, no todas las culturas sucumben al desafío de un entorno adverso. Las travesuras de El Niño descalabraron la sociedad supe, pero en el Perú preincaico, el pueblo chimú salió adelante con una sabia gestión del suelo y sus recursos hídricos.

 

El auge y posterior fracaso de las colonias vikingas en Groenlandia están relacionadas con el sucesivo calentamiento y enfriamiento del planeta en el curso de unos pocos siglos. Al contrario, los esquimales sobrevivieron porque supieron adaptarse mejor al mismo medio hostil. La última palabra, en definitiva, la tiene la organización social, su flexibilidad.

 

El catastrofismo retrospectivo presenta un peligro: llevarnos a ver desastres ecológicos donde no los hubo. Se ha llegado a imputar la extinción del hombre de Neandertal, hace 32.000-29.000 años, al enfriamiento registrado cuando el Atlántico se colmó de icebergs y las aguas polares irrumpieron en el Mediterráneo. Sin embargo, aunque las condiciones empeoraron en el norte europeo, el registro polínico de Gibraltar da fe de un clima más benévolo.  También Las poblaciones grandes y complejas que viven al límite de sus recursos se vuelven más frágiles a la variación del entorno. Así, no hace falta un gran cambio climático para el derrumbe; puede bastar con la sobreexplotación de los recursos hídricos".

 

La arqueología nos enseña que el planeta viene calentándose y enfriándose cíclicamente (aunque eso nunca ocurrió de la noche a la mañana). La novedad es que ahora se están alterando los ciclos; de ahí la utilidad de sacar enseñanzas de los desastres del pasado.

 

Referencia: Wikipedia/ Colapso-Jared Diamond -Editorial Debate / La pequeña edad de hielo- Brian Fagan- Editorial Debate / El País 10/05/09- El clima acabó con los mayas y vikingos-Pablo Francescutti.

SUEÑOS DE GATO

SUEÑOS DE GATO

 

 

Gatos y personas tienen una pauta diferente de sueño. Salvo en situaciones excepcionales, mientras el ser humano limita su tiempo de dormir a un solo y prolongado período de, aproximadamente, ocho horas cada noche, los gatos duermen muchísimo más y de forma diferente y, así en un plazo de veinticuatro horas, se pasan durmiendo unas dieciséis, es decir, el doble del período humano. Esto significa que un gato de nueve años, que se aproxima ya al final de su vida, habrá estado sólo despierto durante un total de tres años.

 

Éste no es el caso de la mayoría de los otros mamíferos, que coloca al gato en una categoría especial: la de un cazador refinado. El gato es tan eficiente en conseguir sus alimentos altamente nutritivos, que le sobra el tiempo para dedicarse al ocio empleando este tiempo en dormir y, aparentemente, en soñar. Otros carnívoros, como los perros y las mangostas, gastan mucho más tiempo dando vueltas de acá para allá, buscando y persiguiendo. El gato se sienta y espera, anda un poco, mata y/o come, y luego se adormece como un gourmet bien saciado. Cabe decir que nadie se queda dormido tan de prisa como un gato.

 

Existen tres tipos de sueño felino: la siesta corta, el sueño ligero, algo más largo y el sueño profundo. El sueño ligero y el sueño profundo se alternan en turnos característicos. Cuando el animal se echa para dormir una siestecita, flota en una fase de sueño ligero que dura media hora. Luego coge un sueño más pesado y, de seis a siete minutos, experimenta un sueño profundo. Luego vuelve a otra fase de treinta minutos de sueño ligero, y sigue así hasta que, llegado el caso, se despierta.

 

Durante los períodos de sueño profundo el cuerpo del gato se relaja tanto que se tumba de lado, y éste es el momento en que parece estar soñando, con frecuentes retorcimientos y vibraciones de las orejas, garras y cola. La boca puede efectuar movimientos de succión e incluso se presentan ocasionales vocalizaciones, junto a ronroneos y murmullos en general. También se producen explosiones de movimientos rápidos de los ojos, pero, mientras tanto, el resto del cuerpo del gato permanece inmóvil y totalmente relajado.

 

Al principio de su vida, cuando es un gatito muy joven, en su primer mes, experimenta sólo este tipo de sueño profundo, que dura un total de unas doce horas de cada veinticuatro. Tras el primer mes, los gatitos cambian con rapidez a la pauta de los adultos.

 

Referencia: Observe a su gato-Desmond Morris-Editorial Plaza & Janés.