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FRANZ

EL PARTENÓN

EL PARTENÓN

 

Cuando se observan los restos del Parthenón de Atenas, puede pensarse que su lamentable estado se debe al paso del tiempo, pero la realidad, una vez más,  es  que el único responsable ha sido el hombre.

 

El templo del Parthenon, construido en el siglo V antes de Cristo ,  para albergar la una colosal imagen de 12 m. de altura de la diosa Atenea Partenos, de oro y marfil, y esculpida por Fidias, es la cumbre de la arquitectura y escultura clásicas griegas, el mayor monumento de la era de Pericles.

 

Permaneció XXI siglos sin grandes alteraciones, excepto cuando se transformó en iglesia bizantina, se levantó un ábside en el pronaos, cambiando  las columnas interiores y se abrieron accesos. En la Edad Media, hasta 1458 fue utilizada para este fin eclesiástico; con el dominio turco se usó como mezquita construyendo un minarete en el templo.

 

Durante las guerras entre los turcos y venecianos en el s. XVII, el Partenón se transformó en un polvorín, lo cual fue causa de su mayor destrucción, ya que en el año 1687, una granada lanzada sobre él originó una explosión que  derribó los elementos estructurales básicos, destrozando 14 de las 46 columnas del pórtico , así como la  totalidad del interior y el techo, manteniéndose de pie solo las dos fachadas de los frontones.

 

Pero nadie trató al Partenón con la brutalidad de Thomas Bruce, conde de Elgin y sus subordinados.

 

Era un hombre frío, duro y básicamente imbécil. Eso pensaba Byron del conde Elgin. Tan frío y de corazón tan duro como los acantilados escoceses donde nació. Y tan listo como para llevarse la mitad del Partenón a Gran Bretaña con la idea de decorar una magnífica mansión y regalársela a una mujer que después le abandonó. Ni siquiera a Byron le pareció romántico. Sólo un ególatra estúpido que pasó a la Historia por robar -salvar, dicen algunos ingleses- el mayor tesoro arquitectónico de la Grecia clásica.

 

Byron se declaró enemigo de aquel hombre, nacido en 1766 y conde de Elgin a los cinco años. Su título nobiliario sigue dando nombre a la colección de «mármoles» que se exhibe desde hace casi 200 años en el Museo Británico de Londres.

 

Elgin, en 1795, era diplomático de carrera. Tenía 29 años, mucho dinero y aún más ambición. También tenía una novia de 21 y un amigo arquitecto, Thomas Harrison. Y fue él, se supone, quien le convenció de que el estilo clásico era el único adecuado para la residencia de un caballero de su posición. Cuatro años después, el precoz conde fue nombrado embajador de Reino Unido ante el Imperio Otomano. Y el arquitecto vio su oportunidad: «Hay que llevarse Grecia a Escocia».

 

En teoría, era una metáfora. Los historiadores más benévolos con Elgin y su arquitecto creen que lo que el uno dijo y el otro entendió fue simplemente que tenían delante la oportunidad de acceder a los mayores tesoros del arte clásico: dibujarlos, copiarlos, modelarlos y reproducirlos. Cuándo, cómo, y sobre todo quién fue el primero en cambiar de idea y decidió arramblar con todo es un asunto más complicado. Los cómplices: toda una banda incluida la mujer de Elgin, un pintor italiano y un clérigo anglicano.

 

En cualquier caso, si no fue Elgin quien tuvo la idea, estuvo más que de acuerdo. Cuando él y su mujer viajaron a Constantinopla para presentar sus credenciales hicieron escala en Nápoles y reclutaron a Giovanni Lusieri, pintor de paisajes. El italiano y un asistente personal de Elgin se quedaron en Atenas, con el único encargo, supuestamente, de formar un equipo que midiera minuciosamente cada monumento, hiciera moldes y dibujara, explica el historiador Rusell Chamberlin.

 

La Acrópolis era entonces una fortaleza militar turca. El Disdar, su gobernador, negó la entrada al equipo de Elgin. La codicia se vence con el soborno: cinco libras diarias y asunto resuelto.Sin embargo, no les dejaron instalar ni un andamio. Un año después, los agentes de Elgin sólo habían copiado las esculturas que estaban a nivel del suelo.

 

Y ahí es donde entra la Iglesia. Philip Hunt, el capellán anglicano de la embajada británica en Constantinopla, viajó a Grecia y no podía creer que el equipo estuviera progresando tan poco. Hunt era, según Chamberlin, el auténtico loco de las antigüedades que no se conformaba con dibujos y moldes. Quería las cosas.Así que escribió a Elgin para que consiguiese una autorización más amplia. El conde vivía entonces el mejor momento de su carrera. Los turcos no les negaban nada a los ingleses, aliados suyos en la guerra contra Francia, porque dependían de su flota. Y el embajador británico era sistemáticamente cubierto de honores en Constantinopla. Su vanidad era halagada sin descanso, y su ego y su ambición crecían al mismo ritmo. Sin más obstáculos, pidió la autorización y se la dieron. Levantar unos andamios y llevarse unas piedras era el capricho sin importancia, pensaron, de un inglés algo excéntrico, con el que había que llevarse bien.

 

A ese supuesto permiso se agarran los responsables de Museo Británico para asegurar que los «mármoles» no fueron robados. Pero la auténtica autorización, de 1801, no existe. Sólo se conserva una traducción italiana posterior que les permitía llevarse «qualche» pedazo de piedra, incluso con inscripciones y figuras. Y «qualche» puede ser traducido al inglés como «algún» o como «cualquier». Así que, por exceso, más de 300 trabajadores comenzaron a desmantelar el friso sin ningún tipo de traba. Sólo en eso tardaron más de un año.

 

Lord Elgin escribió a su pintor napolitano en 1801: «Los planes para mi casa en Escocia deberían resultarle familiares [...].El hall estará adornado con columnas. [...] Mucho mejor si hubiera dos columnas de cada clase. En cualquier caso, desearía recoger la mayor cantidad de mármol posible... Tengo otros lugares en mi casa donde lo necesitaré...»

 

Para la magnífica villa escocesa nada era suficiente. Carta de Lord Elgin a Lusieri en 1802: «Lo primero en la lista son las metopas, los bajorrelieves y los restos de las estatuas que puedan ser encontrados todavía, en particular las figuras del frontón del Partenón -al menos la figura del hombre- y tantas metopas como pueda conseguir. Le ruego, por tanto, que embarque algunas».

 

Los trabajos empezaron a agilizarse. «Tengo, señor, el placer de anunciarle la posesión de la octava metopa, esa donde hay un centauro llevándose a una mujer. Esta pieza ha causado muchos problemas y me he visto obligado a ser un poco bárbaro», informó el pintor.

 

Él mismo dejó descrita su barbarie: «La pieza central del friso este no fue bien aserrada, y siendo un poco débil en el medio, se partió en el transporte [...]. Felizmente se rompió por el medio y en línea recta, así que el accidente nos ha ayudado a transportarla y ponerla a bordo». Y sigue. «También tomaré un capitel del Partenón, pero es necesario aserrarlo en dos [...].Tres capiteles, uno dórico del estilo más temprano y dos corintios, están en el almacén». Lusieri, además, le pide material: «Envíe una docena de sierras de mármol a Atenas, tan rápidamente como sea posible. Necesitaría tres o cuatro de 20 pies de longitud para aserrar un gran bajorrelieve (la pieza central del friso este) que no podremos transportar a menos que reduzcamos su peso».

 

El mármol embarcó, pero nunca llegó al cuarto de baño de Elgin. Para transportarlo todo hicieron falta 33 viajes en barcos de guerra ingleses. Diecisiete, sólo para las esculturas.

 

Mientras trabajaban a sus órdenes, Elgin no se dignó -o no se atrevió- a visitar Atenas. No vio ni una sola de las piezas que habían sido desmanteladas y embaladas para él. Sólo apareció por allí en la primavera de 1802. Urgió a los trabajadores para que fueran más deprisa, dejó a su equipo dinero suficiente para los sobornos y se fue con su mujer a visitar otros lugares de Grecia susceptibles de ser saqueados.

 

Elgin y los suyos se llevaron 15 metopas, 56 relieves del friso principal, 19 esculturas importantes y varias columnas. En total, la mitad de la decoración del Partenón, decenas de piezas de la estructura y cientos de vasos y otros objetos de la Acrópolis ateniense.

 

El año siguiente los franceses le hicieron prisionero, y le mantuvieron retenido tres años. Mientras, los primeros 65 arcones con las piezas del Partenón llegaron a Inglaterra y se pasaron todo ese tiempo criando polvo en la aduana. Cuando el conde fue liberado y llegó a casa en 1806, su botín estaba desperdigado entre un montón de puertos británicos y los trasteros de sus amigos, que le urgían a que se llevase aquellos mamotretos. Y más tópico imposible. Durante su cautiverio, su mujer le dejó por su mejor amigo. El divorcio fue un escándalo colosal que arruinó su carrera. La gesta con la que él creía que ganaría honor y fama le creaba enemigos en su propia casa. La Sociedad de Diletantes londinense, colmo del esnobismo, le condenó, no por ladrón sino por su «mal gusto». Byron empezó a humillarle por escrito y 12 de las cajas del tesoro se hundieron con el barco que las transportaba junto a la isla de Cerigo, cerca de Corfú. Recuperarlas le costó dos años y miles de libras.

 

Para entonces, hacía tiempo que había dejado atrás la idea de montar su particular Partenón escocés. En su lugar, construyó un cobertizo en su casa de Park Lane, junto a Picadilly, para guardarlas y tratar de ganarse el favor de los artistas a los que invitaba. Arruinado, tuvo que mudarse y los dioses griegos acabaron en una carbonera, hasta que el Gobierno compró el tesoro, en 1816, por 35.000 libras.

 

Referencia: Wikipedia / http://www.dearqueologia.com / El Mundo- El expoliador de Atenas-Josefa Paredes.

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