INTELECTUALES
Referencia: "Irrelevandos"
Referencia: "Irrelevandos"
Cuando fueron descubiertas, sustancias como la morfina (1803), cocaína (1860) y heroína (1898) , se presentaron como auténticos remedios milagrosos para diversas dolencias, hasta tal punto, que muchos fabricantes anunciaban orgullosos que sus productos contenían componentes tales como opio, coca o heroína.
Es especialmente curioso el caso de la hoy droga maldita por excelencia.: la heroína. En 1898 Heinrich Dreser, de la casa Bayer, presentó en un congreso de médicos y naturalistas un nuevo narcótico y analgésico, derivado de la morfina: la diacetilmorfina, comercializado con el nombre de “Heroin”, del término heroisch, que en alemán significa heroico, un poder grande con una pequeña cantidad, y que en España es conocida como heroína. La nueva droga probada en una serie de cuadros respiratorios de difícil cura fueron sensacionales, y el equipo de investigación , se sintió reconfortado al ver que a aquellos a quienes se les administraba heroína parecían no sufrir los típicos efectos secundarios de la morfina, como náuseas o congestiones. Considerada no adictiva, fue también aplicada como tratamiento muy eficaz contra la adicción a su antecesora, la morfina.
No obstante, pronto aparecieron discrepancias. Así el Dr. Strube, de la Clínica Médica de Berlín, fue el primero en hacer notar que la heroína podía originar hábito, y en 1902 Jean Jarrige defendió en la Universidad de París su tesis doctoral, titulada precisamente Heroinomanía, en la que analizaba la adicción creada por la diacetilmorfina, observada en algunos pacientes, y a la cual consideraba más esclavizadora que la morfinomanía Después, otros médicos, como el estadounidense Pettey, el italiano Montagnini y los franceses Morel-Lavallée y Sollier, advirtieron sobre los efectos indeseados de la nueva droga. Desoyendo las voces de advertencia, en 1898, Bayer con gran alarde publicitario, inunda de heroína, pura o en compuestos, las farmacias de todos los continentes donde persistirá en régimen de venta libre después de que el opio o la morfina empiecen a ser controlados. Los médicos la prefieren por las mismas razones que un siglo antes prefirieron la morfina al opio: produce el mismo efecto antiálgico en dosis mucho menores, posee una euforia más intensa y durante varias horas funciona como un suave pero marcado estimulante. Además, la heroína comercializada como remedio contra la tos y en generalmente en forma de pastillas o jarabe, no presenta efectos adictivos, si era tomada de dicha forma y en dosis no abusivas.
A principios del siglo XX, la “Heroína” se anunciaba en revistas médicas junto a otras especialidades bien conocidas de la Bayer, como el ácido acetilsalicílico o “Aspirina”. En 1910, sus representantes en España recomendaban el empleo del opiáceo para un cuadro muy amplio de síntomas y enfermedades: por su “excelente acción calmante”, contra la tos, en el tratamiento de la bronquitis, faringitis, asma bronquial y catarro pulmonar; por su efecto analgésico, contra el carcinoma gástrico, orquitis, ciática, esclerosis múltiple, crisis gástricas de los tabéticos, aneurismas de la aorta, afecciones blenorrágicas; en ginecología y práctica psiquiátrica, “preferentemente como un buen medicamento sintomático”, para combatir los efectos de confusión aguda, depresión y neurastenia, debido a sus propiedades sedantes; y, finalmente, “como sucedáneo de la morfina”, en las curas de desintoxicación de esta última. La heroína no sólo se vendía en estado puro, sino que varios específicos contenían también porcentajes nada despreciables del opiáceo, como, por ejemplo, el Jarabe benzo-cinámico heroinado del Dr. Madariaga (recomendado como “especial para la tos y afecciones catarrales y auxiliar eficaz contra la tuberculosis”), que se despachaba en farmacias al precio de 3 pesetas el frasco, o las Pastillas Bonald cinamo-benzoicas con heroína (para “toses, gargantas y preventivas de la gripe”), cuya caja costaba 2 pesetas.
Durante la temporada de invierno y primavera del año 1912, la casa Bayer costeó una sugerente campaña de prensa en España haciendo publicidad de su “Jarabe de heroína”, en el que se desatacaba su uso cotidiano, con escenas domésticas para ilustrar la campaña, con recomendaciones del producto para síntomas (tos, irritación) y enfermedades (catarro, bronquitis) , y hasta como método preventivo para “la estación lluviosa”.
A partir de 1918 su venta en boticas fue objeto de restricción, al igual que sucediera con otras drogas como opio, morfina, cocaína, éter y cloral. Ese control se ejercía a través de una receta médica. En 1925 un gramo de heroína en cualquier farmacia española costaba 5 pesetas, esto es, 90 céntimos menos que un kilo de carne, 15 pesetas menos que un litro de coñac y 25 pesetas menos que una botella de champagne. Ese mismo año, la prestigiosa enciclopedia Espasa–Calpe la consideraba como “un buen sucedáneo de la codeína y la morfina, teniendo la ventaja de no provocar estreñimiento ni crear hábito”.
Sin embargo, el psiquiatra madrileño César Juarros ya había advertido que la heroína “es mucho más tóxica y peor soportada que la morfina”, no dudando en afirmar que la heroína es más peligrosa que la morfina, por sus efectos secundarios y resultar cinco veces más adictiva que esta última. En la sesión del 13 de junio de 1931, el Comité de Higiene de la Sociedad de Naciones aconsejó la erradicación de esta droga. En España el Dr. Teófilo Hernando, catedrático de terapéutica de la Facultad de Medicina de Madrid, director del Instituto de Farmacología y vocal del Consejo Técnico Nacional de Restricción de Estupefacientes, aconsejó también su ilegalización. Finalmente, en el verano de 1932 el Presidente de la República, Niceto Alcalá-Zamora, a propuesta del ministro de la Gobernación, Santiago Casares Quiroga, decretó la prohibición de fabricarla e importarla —incluso con fines terapéuticos— en todo el territorio español.
Referencias : “El Viejo Topo” - Juan Carlos Usó / Historia general de las drogas –Antonio Escohotado
Pío XII, en su alocución de 1946, reclamó “ una juventud femenina que presente intacto e inviolado al creador,sobre el altar de las nupcias o en el lecho de muerte, el tesoro de su pureza” , y también el sabio refranero ponía en guardia a las avisadas jovencitas: Mujer vencida, mujer podrida”. No había término medio en la España de la posguerra. La mujer, o es honesta y virgen o es una perdida con la que se pasa el rato, pero nada de boda.
Eran tiempos de aquel famoso bolero “Quizá, quizá, quizá”, que decía:
Estás perdiendo el tiempo,
pensando, pensando.
Por lo que tú más quieras,
¿hasta cuando, hasta cuando?
Y así pasan los días,
y yo desesperando,
y tú, tú contestando:
quizá, quizá, quizá.
Y en tanto se resolvía el quizá, pues el novio, y más de un esposo, acudían a las muchas “profesionales” que a jornada completa o a ratos, por voluntad propia o por necesidad extrema, y previo pago, les daban aquello que sistemáticamente les era negado por la novia o la esposa . Pero era tal la indigencia que afligía a un sector mayoritario, que no podía pagar ni tan siquiera a aquellas que a falta de habitación y catre a resguardo se ocupaban de la clientela a base manta, en descampados y derribos, que las putas de más humilde categoría tuvieron que arbitrar nuevas prestaciones que les permitieran abaratar el producto para ajustar sus tarifas a la economías más endebles.
Así surgieron las pajilleras, personal femenino dedicado a aliviar manualmente al personal que no disponía del mínimo estipendio requerido para el acto carnal. Las pajilleras, hábiles y ambidextras masturbadoras, solían actuar en parques, en zonas deficientemente iluminadas y en la última fila de los cines de barrio, popularmente llamada “la fila de los mancos”, que un informe oficial describía como “ …verdaderos antros de lascivia, en los cuales se compra y se vende el deleite fugaz de unos minutos al amparo de la oscuridad”.
Algunas pajilleras ofrecían dos tipos de prestaciones: con música o sin ella. Si el cliente estaba dispuesto a pagar un suplemento de una peseta, se colocaban unas cuantas pulseras de cobre en la muñeca de la mano que iba a realizar la faena. Parece mentira lo estimulante que al parecer resultaba el tintineo del cobre. Así, al filo de los años cincuenta, un alivio manual sin música se tasaba en dos pesetas más lo voluntad, y con música tres, voluntad aparte.
Contemplando la posibilidad de que la fila de los mancos, la ocuparan los novios para su desfogue, la autoridad, siempre previsora ante el pecado, advierte que “Pudiera procederse, al observar alguna actitud indecorosa, a proyectar en la pantalla una llamada al orden - a los ocupantes de la fila tal-, sin indicar el número de la butaca, pero con la amenaza de señalarla a continuación si no rectificaban”. Tras la advertencia en vano, la pareja pasaba la humillación de ser echadas del cine sin más contemplaciones, con la terrorífica posibilidad de ser puestos en evidencia ante gente conocida.
Referencia: “ Coitus interruptus”—Juan Eslava Galán/ “Usos amorosos en la posguerra española” – Carmen Martín Gaite
Corren malos tiempos, y nada mejor que recordar a los clásicos Aldous Huxley y George Orwell para entender, aunque sea poco, lo que está pasando.
Seguro que vosotros no habéis olvidado que antes de George Orwell y su tenebroso “1984”, existió Aldous Huxle que con su “Un mundo feliz”, puso nervioso a mas de uno.
La pregunta es: ¿ Estamos en “1984” o en “Un mundo feliz?, y la respuesta a continuación:
Orwell advierte que seremos dominados por una opresión impuesta externamente.
Huxley, no cree en la necesidad de exista un Gran Hermano para privar a la gente de su autonomía, madurez e historia y piensa que la gente llegará a desear esta opresión, para adorar las tecnologías que borrarán su capacidad de pensar.
Lo que Orwell temía era a aquellos que pudiesen prohibir los libros.
Lo que Huxley temía era que no hubiese necesidad de prohibir un libro, porque se llegase al extremo de que nadie desease leerlo.
Orwell temía a los que nos podían privar de la información.
Huxley temía a aquellos que nos pudiesen dar tanta, que nos redujeran a la pasividad y al egoísmo.
Orwell temía que la verdad se nos pudiese encubrir.
Huxley temía que la verdad pudiera ahogarse en un mar de irrelevancia.
Orwell temía que llegásemos a tener una cultura cautiva.
Huxley temía que llegásemos a tener una cultura trivial, preocupada apenas por algo parecido al sentimentalismo, a los placeres banales y al pavoneo. Como Huxley subrayaba en una nueva visión de un mundo feliz, los libertarios civiles y los racionalistas, que siempre están alerta para oponerse a la tiranía “olvidaron tener en cuenta el apetito humano, casi infinito, de distracciones”. En “Un mundo feliz”, se los controla infligiéndoles placer.
En resumen:
Orwell temía que lo que odiamos nos pudiese arruinar.
Huxley temía que lo que amamos terminase arruinándonos.
¿Es posible que Huxley (1) y no Orwell tuviese razón? Se teme Jemaba que va a ser que sí.
(1) Momentos antes de morir Huxley escribió a su segunda esposa una nota en la que le pedía que se le administrara 100 mg de LSD. Huxley, aquejado de un cáncer de lengua, murió pocas horas después, en paz y sin sentir dolor. Al final, Huxley tuvo su mundo feliz.
Referencia: “Los amos del mundo”
En medicina se denomina “Pica” al apetito por sustancias no comestibles , como por ejemplo carbón, tierra, tiza,… o a un apetito anormal por algunos productos comestibles que se consideran como ingredientes para comida, como pueden ser la harina, las patatas crudas, el almidón,….
El nombre de dicho trastorno alimentario, proviene del vocablo latín que quiere decir urraca, ave perteneciente a la familia del cuervo, cuyo nombre científico es pica pica , y que es conocida por su apetito voraz, y por comer o "tratar de comer" un amplio rango de sustancias, incluyendo también varias que no son alimentos.
Cada una las “picas” tiene un nombre concreto. Así por ejemplo se denomina Cautopirofagia a la ingesta de cenizas, Amilofagia a la de harina, Pagofagia a la del hielo, Xilofagia a la de madera, Litofagia a la de piedras, o Geofagia a la de tierra o arcilla.
Una de las más frecuentes y conocidas es la Geofagia , consistente en comer tierra , que afecta mayoritariamente a niños y mujeres embarazadas, especialmente aquellos que padecen desnutrición, y que es mucho más común en países subdesarrollados y áreas rurales que en otros lugares. En las mujeres embarazadas, la pica se manifiesta normalmente por el ansia de ingerir sustancias arenosas como tierra, arcilla o harina, que pudiera corresponder, según algunos expertos, con las enfermedades metabólicas, en las que el organismo tiende a sustituir las sustancias que le faltan por otras, especialmente cuando se trata de minerales como el hierro, calcio, fósforo o potasio. El impulso de consumir estas sustancias se convierte en una necesidad que lleva, en ocasiones, a ingerir cantidades perjudiciales para el organismo.
Hay constancia del empleo de la arcilla, aplicada de forma externa o mediante su ingesta, desde hace milenios, en todas las épocas ycontinentes, para curar todo tipo de enfermedades, heridas, afecciones de la piel y problemas inflamatorios. Los hombres probablemente imitaron a los animales, que buscan en el barro arcilloso el remedio a sus males.
Si bien dejó de utilizarse de manera habitual en el siglo XIX, con la incorporación a la vida cotidiana de los progresos de la química, ya desde la Edad Media fue perdiéndose en Occidente el prestigio terapéutico de la arcilla, condenada por la Iglesia y perseguida por los representantes de la ortodoxia médica.
Durante el Siglo de Oro español, una curiosa costumbre era, por parte de las mujeres, la bucarofogia (comer búcaros de barro), con distintos objetivos, como por ejemplo para tener la piel blanca, aunque a veces dicho color se transformaba en un enfermizo amarillento; como anticonceptivo, ya que producía la opilación, una obstrucción intestinal que provocaba la pérdida de la regla, y hasta a la infanta Margarita , que aparece en el cuadro “Las Meninas” de Velázquez, María Angustia Sarmiento le ofrece una jarrita hecha de arcilla llamada búcaro ( de ahí la “bucarofobia”) para que lo coma , ya que sufría una regla muy abundante y esto le hacía sangrar menos.
La dosis era un búcaro al día, y el mejor era el hecho con el barro de Extremos, en Portugal, que era muy vaporoso, y aún mejor el de Chihuahua (México), que era más fino y más fácil de masticar.
Pero la Geofagia no es cosa de otros tiempos. Estudios realizados en Alabama, Estados Unidos, en 1995, en mujeres embarazadas y no embarazadas que tenían el hábito de comer arcilla, maicena, harina y bicarbonato de sodio, revelaron que la mayor parte de las mujeres creían que tales sustancias "evitan el vómito, suprimen los vértigos, curan la hinchazón de las piernas y aseguran el nacimiento de niños hermosos".
Investigaciones anteriores, llevadas a cabo en Augusta, Estados Unidos, en 1967, revelan que para las mujeres embarazadas que manifestaron la práctica de geofagia, la arcilla blanca y fina era un manjar exquisito. Tanto es así, que los granjeros de Georgia vendían en los mercados urbanos arcilla en cajas de zapatos o las remitían por correo. También se comerciaban otras sustancias relacionadas con la pica: leche de magnesia en polvo y parafina, y hasta los familiares que visitaban a las mujeres gestantes les obsequiaban arcilla.
La venta de arcilla, se ha observado también en puntos tan distantes como Tanzania en África, o Guatemala, en donde la arcilla se presenta en cajas especiales con el dibujo de una catedral, especialmente destinada a mujeres embarazadas.
Referencias: “La pica durante el embarazo: un trastorno frecuentemente subestimado”-Laura Beatriz López, Carlos Rafael Ortega Soler, María Luz Pita Martín de Portela /”20 minutos”- Marta Conde.
Todo empezó, un buen día de 1881, muy malo para el borracho protagonista, cuando el dentista Albert Southwick presenció la muerte accidental de un anciano ebrio al tocar los terminales de un generador en Buffalo (Nueva York). Asombrado por la rápida y aparentemente indolora muerte del anciano, propuso al Coronel Rockwell, presidente de la Sociedad para la Prevención de la Crueldad con los Animales de Buffalo, la utilización de la electricidad para causar una muerte más humana a los animales. Y lo que empezó siendo un achicharramiento de animales, acabó convirtiéndose en una sillita achicharradora de personas.
Así pues, el 8 de mayo de 1888 se decidió que la horca debía reemplazarse por la electrocución y que: «La pena de muerte se infligirá en todos los casos provocando el paso a través del cuerpo del convicto de una corriente eléctrica de suficiente intensidad para causarle la muerte, y la aplicación de tal corriente se mantendrá hasta que el convicto haya fallecido.
Al primero que le tocó la china fue a William Kemmler, condenado a muerte por el asesinato de su esposa . El Tribunal Supremo de los EEUU, ante el alegato de que la ejecución por el nuevo sistema era un castigo cruel e inusual , sentenció que a diferencia de la hoguera, o la rueda en los que el reo era torturado y sometido a una muerte lenta, la legislación del estado de Nueva York evidenciaba una «humana y compasiva intención» sustentada en evidencias científicas que dejaban fuera de toda duda que el paso de la corriente eléctrica a través del cuerpo provocaría la muerte instantánea del condenado. Tal día como el 6 de agosto de 1890, William Kemmler tuvo el honor de comprobar “la humana y compasiva intención” de la silla eléctrica.
Hasta aquí todo “normal” tratándose de americanos de los EEUU. Lo anormal, por lo anormal del asunto y por el anormal y regio personaje, es que cuando el Emperador Menelik II (1844-1913) de Abisinia (Etiopía hoy) se enteró, encargó tres sillas eléctricas a los Estados Unidos, para aplicarlo en su país. El anormal de Menelik II, ya con las tres sillas en su poder, cayó en la cuenta de que no tenía donde enchufarlas, y aun más, que en Abisinia no había corriente eléctrica. El Emperador, tocado de la mano de Dios, pronto encontró la solución a emejante disparate: Usar las sillas como tronos imperiales. Y dicho y hecho, y el Menelik II tan contento sentado en sus imperiales sillas eléctricas.
La inteligencia de Menelik II , no cesaba de dar pruebas de su inexistencia. Un día le presentaron una maqueta de un puente para su aprobación, y apara probar la solidez del puente no se le ocurrió nada mejor que darle un puñetazo a la maqueta, que naturalmente se hizo añicos, lo que, según él, demostraba la falta de solidez del futuro puente. Fue necesaria hacer otra maqueta de madera maciza del mismo puente, que Menelik intentó aplastar de nuevo, sin más resultado que hacerse añicos, esta vez, su mano. Tras semejante prueba de solidez, Menelik II aprobó el puente.
Pero aquí no acaban las hazañas de Menelik. Encontrándose gravemente enfermo del corazón, sin que sus médicos acertases en sus cuidados, se hizo traer su Biblia particular y, movido por la fé, fue arrancando una a una todas las páginas del “Libro de los Reyes” y se las fue comiendo. Como era de esperar tras tan extraña terapia, Menelik II no sólo no mejoró sino que falleció pocos días después.
Si tenemos en cuenta que en la antigua Etiopía, el pueblo elegía como rey a un perro, que era era mimado y estaba rodeado a todas horas por guardias y funcionarios, y cuyo comportamiento y reacciones eran interpretados como mensajes reales que debían cumplirse a rajatabla (Así, si el animal se mostraba alegre, era signo de que el país estaba siendo bien gobernado y viceversa;, y si el perro ladraba o gruñía a algún sirviente o visitante, éste era condenado a muerte) .
Podríamos decir que Etiopía sufrió lo que Darwin llamaría una "involución" de la especie , al pasar de ser gobernados por perros listos a Maneliks tontos de remate.
Y quien dice Menelik II en general, puede aplicar el cuento a muchos reyes en particular. Que para algo sirve la historia.
Referencia: “El libro de los hechos insólitos”—Gregorio Doval
A finales del siglo VI a.C., dos importantes colonias griegas situadas en la actual Sicilia, Siracusa y Agrigento se declararon la guerra. Pitágoras y sus discípulos se comprometieron heroicamente con la causa de los agrigentinos; pero como suele ocurrir siempre que los filósofos se meten en camisa de once varas, los pitagóricos eligieron el bando equivocado, y al cabo de unas cuantas escaramuzas, las tropas de los siracusanos alcanzaban la victoria y perseguían a muerte a los últimos resistentes.
Ante la perspectiva de caer en manos enemigas, Pitágoras y los suyos recobraron la sensatez e hicieron aquello que la inteligencia recomienda en estos casos: correr como locos. Pero mire usted por donde, en su huída se toparon con un bancal de habas. Pitágoras detuvo su carrera y recuperó la compostura; y se negó a pisar las habas. Su discípulos , que conocían las manías de su maestro con las habas, pensaron que no era el momento de discutir el asunto, así que continuaron con su carrera y dejaron a su maestro a merced de las ansias de sangre de los vencedores, cuyo aliento notaban ya en sus cogotes. Instantes después, un soldado muy cumplidor lo agarró de los pelos y lo degolló como a un cochino, sin saber que se había llevado por delante a uno de los filósofos más importantes de todos los tiempos.
Ocurría que Pitágoras sostenía que las habas contenían mucho aire y que eso demostraba que tenían vida, y, por eso, si se comía un puñadito de habas, enseguida el vientre se llenaba de gases, porque las almas que contenían esas verduras pugnaban por salir al Cosmos en forma de ventosidades cantarinas. En consecuencia tomó la decisión de declararlas sagradas y prohibió su ingestión.
Desde luego las habas son flatulentas; así que no es extraño que Pitágoras las prohibiera, sobre todo si tenemos en cuenta que vivía con sus discípulos en comunidad y dormían todos en el mismo cuarto. En estos casos lo mejor es sincerarse y Pitágoras hubiera debido explicar a los suyos lo de las pedorretas; seguro que sus seguidores lo hubieran comprendido. Pero le dio por ponerse trascendente y eso lo perdió.
Referencia: “La leyenda dorada de la filosofía” -Francisco Jiménez Gracia
¿Quién no se ha preguntado alguna vez porqué, en determinados lugares existen animales sagrados o simplemente cuya carne está prohibido comer, como por ejemplo la vaca para los hindúes o el cerdo para judíos y musulmanes? Y ante la pregunta, las respuestas son bastante más razonables y lógicas que las que el tópico o la religión, siempre críptica e interpretable, ofrece.
Parece un contrasentido que los hindúes consideren sagradas a las vacas cebú, pasando hambre cuando tienen tan a mano una fuente directa de proteínas. La explicación está en que la principal función de la vaca cebú no es dar leche, pues esta especie de vaca da poca, sino engendrar bueyes que sirvan como animales de tiro, fundamentales para arar los campos y transportar las mercancías y por lo tanto para la supervivencia de los campesinos. Las vacas también son útiles por el estiércol que producen, que el campesino aprovecha como combustible, para abonar los campos y como aislante recubriendo el suelo y el techo de sus viviendas. Evidentemente es más útil una “vaca viva” que una “vaca comida”, y por tanto lo aparentemente “sagrado” no es más que la forma de mantener un ecosistema útil para la supervivencia de los campesinos.
Otro animal, cuya comida está prohibida en algunas culturas como la musulmana o la judía, es el cerdo. Dicha prohibición no está relacionada con medidas higiénico sanitarias para el control de la triquinosis o por la suciedad que envuelve al cerdo, sino por razones enormemente prácticas.
El cerdo, animal que no se puede ordeñar, montar, utilizar de tiro de arado o transportar una carga, por ejemplo, es en cambio un gran productor de carne en comparación con otros animales domésticos como el ganado vacuno, las ovejas, carneros, cabras o gallinas, y así en términos de calorías producidas por caloría de alimento, los cerdos son tres veces más eficaces que el ganado vacuno, y dos veces más que las gallinas. Luego si tanta carne producen, ¿porqué la prohibición de su consumo? Las razones hay que buscarlas en la necesidad de agua que el cerdo precisa para regular su temperatura, y en su tipo de alimentación.
Originariamente, el cerdo es un animal de los bosques , las orillas de los ríos y de los pantanos. Fisiológicamente está mal adaptado a las altas temperaturas y a la luz solar directa, porque tienen un importante recubrimiento de grasa, no tiene pelo que le sirva de aislante y no puede regular su temperatura corporal sin fuentes externas de humedad: no suda (olvidaros pues, de la falsa expresión “sudar como un cerdo”) .
Así pues, al no disponer del sudor como elemento regulador de temperatura, el cerdo precisa para su supervivencia tener permanentemente húmeda su piel y para ello necesita de grandes cantidades de agua, sumergiéndose en la misma o utilizando una capa protectora de barro en el que se reboza (sólo utiliza tierra mezclada con sus propios orines cuando excepcionalmente el agua escasea).
Se alimenta a base de tubérculos, raíces, frutos y nueces que han caído al suelo, y a diferencia de otros animales como vacas, carneros, cabras, asnos, caballos, y al igual que el humano, no pude metabolizar cáscaras, tallos, hojas fibrosas o pasto en general. Es decir, compite con el hombre por el mismo tipo de alimentos.
Es por ello, animal absolutamente inadecuado para países de climas calurosos, con escasez de agua y con pocos recursos alimentarios, y quizás la primera especie domesticada que se volvió demasiado “cara” e inviable como fuente de carne. Al igual que sucedía con las vacas, la prohibición del consumo de la carne de cerdo va más allá de una caprichosa prohibición sagrada, y responde una vez más al mantenimiento del ecosistema más útil para los pobladores de la zona.
Referencia: “Vacas, cerdos, guerras y brujas” – Marvin Harris