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FRANZ

PLACERES MUSICALES

PLACERES MUSICALES

Pío XII, en su alocución de 1946, reclamó “ una juventud femenina que presente intacto e inviolado al creador,sobre el altar de las nupcias o en el lecho de muerte, el tesoro de su pureza” , y también el sabio refranero ponía en guardia a las avisadas jovencitas: Mujer vencida, mujer podrida”. No había término medio en la España de la posguerra. La mujer, o es honesta y virgen o es una perdida con la que se pasa el rato, pero nada de boda. 

Eran tiempos de aquel  famoso bolero “Quizá, quizá, quizá”, que decía: 

Estás perdiendo el tiempo,

pensando, pensando.

Por lo que tú más quieras,

¿hasta cuando, hasta cuando?

Y así pasan los días,

y yo desesperando,

y tú, tú contestando:

quizá, quizá, quizá. 

Y en tanto se resolvía el quizá, pues el novio, y más de un esposo, acudían a las muchas “profesionales” que  a jornada completa o a ratos, por voluntad propia o por necesidad extrema, y previo pago, les daban aquello que sistemáticamente les era negado por la novia o la esposa . Pero era tal la indigencia que afligía a un sector mayoritario, que no podía pagar ni tan siquiera a aquellas que a falta  de habitación y catre a resguardo se ocupaban de la clientela a base manta, en descampados y derribos, que las putas de más humilde categoría tuvieron que arbitrar nuevas prestaciones que les permitieran abaratar el producto para ajustar sus tarifas a la economías más endebles.

Así surgieron las pajilleras, personal femenino dedicado a aliviar manualmente al personal  que no disponía del mínimo estipendio requerido para el acto carnal.  Las pajilleras, hábiles y ambidextras masturbadoras, solían actuar en parques, en zonas deficientemente iluminadas y en la última fila de los cines de barrio, popularmente llamada “la fila de los mancos”, que un informe oficial describía como “ …verdaderos antros de lascivia, en los cuales se compra y se vende el deleite fugaz de unos minutos al amparo de la oscuridad”.  

Algunas pajilleras ofrecían dos tipos de prestaciones: con música o sin ella. Si el cliente estaba dispuesto a pagar un suplemento de una peseta, se colocaban unas cuantas pulseras de cobre en la muñeca de la mano que iba a realizar la faena. Parece mentira lo estimulante que al parecer resultaba el tintineo del cobre. Así, al filo de los años cincuenta, un alivio manual sin música se tasaba en dos pesetas más lo voluntad, y con música tres, voluntad aparte.  

Contemplando la posibilidad de que la fila de los mancos, la ocuparan los novios para su desfogue, la autoridad, siempre previsora ante el pecado, advierte que “Pudiera procederse, al observar alguna actitud indecorosa, a proyectar en la pantalla una llamada al orden - a los ocupantes de la fila tal-, sin indicar el número de la butaca, pero con la amenaza de señalarla a continuación si no rectificaban”. Tras la advertencia en vano, la pareja pasaba la humillación de ser echadas del cine sin más contemplaciones, con la terrorífica posibilidad de ser puestos en evidencia ante gente conocida.   

Referencia: “ Coitus interruptus”—Juan Eslava Galán/ “Usos amorosos en la posguerra española” – Carmen Martín Gaite

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