Blogia

FRANZ

Arthur Conan Doyle y las hadas

Arthur Conan Doyle y las hadas

Elsie Wright y Frances Griffiths tenían 16 y 10 años, respectivamente, cuando dijeron haberse encontrado con las hadas en el bosque de Cottingley, cerca de casa de los padres de la primera. Frances acababa de llegar a Reino Unido desde Sudáfrica, donde se había criado, y le estaba costando adaptarse a la vida en las islas. Por fortuna, tenía a su prima Elsie, con quien en julio de 1917 pasaba horas jugando en el arroyo próximo a la residencia familiar. Un día, después de decir a sus madres que les gustaba ir al bosque porque allí se encontraban con las hadas, ante la incredulidad de las mujeres, Elsie cogió prestada la cámara de fotos de su padre, Arthur Wright, para demostrar que era verdad. Cuando las niñas regresaron, en el cuarto oscuro apareció la imagen de Frances con cuatro pequeñas hadas aladas bailando en primer plano sobre la maleza.

 

Arthur Wright, ingeniero eléctrico y fotógrafo aficionado, no se dejó llevar por el entusiasmo de las pequeñas y achacó la presencia de las hadas a la habilidad artística de su hija. Creía que todo era una broma, que las hadas las había dibujado ella y luego habían puesto las siluetas recortadas delante de su prima. No le faltaban razones para sospechar. Elsie llevaba años dibujando hadas -le apasionaban-, iba desde los 13 años  a la Escuela de Bellas Artes de Bradford y trabajaba en un laboratorio fotográfico haciendo montajes para las familias de los soldados caídos en las trincheras europeas. Las madres de las niñas no lo tenían tan claro. Y lo tuvieron mucho menos cuando en septiembre las niñas consiguieron la segunda imagen de un ser del bosque.

 

Los protagonistas, en esta ocasión, eran la mayor de las primas, sentada en la hierba, y un duende. "Elsie jugaba con el gnomo y lo invitaba a que subiese sobre sus rodillas. El gnomo saltaba en el preciso momento en que Frances, que tenía la cámara fotográfica, apretó el disparador. Se describe al gnomo con leotardos, jersey marrón tirando a rojo y gorro rojo puntiagudo. Las alas, suaves y cubiertas de plumón, de color neutro, se parecen más a las de los coleópteros que a las de las hadas. A partir de ese momento, Wright no volvió a dejar la cámara a las chicas.

 

La historia de las hadas de Cottingley habría acabado ahí de no ser porque Polly Wright, la madre de Elsie, era aficionada al ocultismo. En 1919, en una conferencia de la Sociedad Teosófica, organización esotérica fundada por Helena Blavastsky, Polly Wright comentó al conferenciante que había visto fotos de hadas reales. La noticia llegó al líder teósofo Edward Gardner y de éste a Doyle en mayo de 1920. El escritor estaba preparando entonces un artículo sobre las hadas para el número de Navidad de The Strand Magazine. Cuando la revista salió a la venta, las hadas del bosque de Cottingley se convirtieron en una atracción periodística.

 

Las imágenes cautivaron a Arthur Conan Doyle, el padre literario de Sherlock Holmes, quien dedicó al fenómeno su obra El misterio de las hadas (1921), creyendo que  las instantáneas correspondían a un fenómeno real, ya que, "antes incluso del descubrimiento de las fotografías de hadas, se habían recogido gran número de testimonios irrefutables sobre la vida de estas pequeñas criaturas". Espiritista confeso, investigó el caso junto al teósofo Edward Gardner.

 

Tras consultar a varios especialistas en fotografía y sus trucajes, clarividentes y figuras mundiales en el campo del espiritismo y teosofismo, Doyle y Gardner concluyeron que las fotos y la historia eran auténticas. Querían ver confirmadas sus creencias en seres extraordinarios. Por eso, restaron importancia a los testimonios de quienes sospechaban que las imágenes eran trucajes.

 

Doyle prefería creer que dos adolescentes habían fotografiado hadas a seguir las pistas que apuntaban a una de las niñas como autora del engaño, que tuvo una segunda parte con tres fotos más obtenidas en 1920. Porque fue Elsie quien dio vida a los seres del bosque de Cottingely. La composición formada por las cuatro hadas que bailan frente a Frances es una copia de una ilustración de un libro infantil de 1915: dibujó las hadas, les puso unas alas, recortó las siluetas y las sujetó delante de su prima con alfileres de sombrero. En 1982, a los 80 años, Elsie confesó a la revista The Unexplained que las cinco fotos eran montajes; Frances puntualizó que sólo lo eran las cuatro primeras.

 

En este asunto hay, además, unos cuantos datos curiosos. Las ilustraciones que copiaron las niñas para hacer las fotos son las que realizó Claude Arthur Shepperson para el Princess Mary´s Gift Book que contaba con textos, entre otros, de J.M. Barrie, Rudyard Kipling y H. Rider Haggard además de un tal Arthur Ignatius Conan Doyle. Es decir, que Conan Doyle fue engañado por unas niñas que emplearon para ello las ilustraciones sacadas de un libro en el que colaboró el propio Doyle.

 

Además, Shepperson fue ilustrador de The Strand Magazine, la misma revista en la que escribía Conan Doyle, y  el padre de Arthur, Charles Altamont Doyle, fue un popular ilustrador de cuentos de hadas.

 

Es decir, si había alguien en el Reino Unido que tenía todos los motivos para no dejarse engañar por este montaje infantil era, precisamente, Conan Doyle. El que se lo creyera , Sherlock Holmes jamás lo hubiera hecho, es, realmente, el gran misterio de las hadas de Cottingley.

 

Referencia:El misterio de las hadas-José L. de Olaeñeta Editor 2003-Arthur Conan Doyle/ http://blogs.elcorreodigital.com-"Las hadas de Arthur Conan Doyle"-Luis Alfonso Gómez.

Piratas, corsarios, bucaneros y filibusteros

Piratas, corsarios, bucaneros y filibusteros

Los piratas , del griego pirates, “bandido”, eran enemigos públicos, ladrones del mar, que no tenían ninguna influencia política y solo buscaban su propio beneficio ,obtenido del botín resultante del saqueo. Sus principales blancos eran buques o barcos, solo respetaban a los que portaban bandera pirata,  o pequeños asentamientos o colonias de bandera española o portuguesa, que  eran los países que monopolizaban el comercio entre Europa y el Nuevo Mundo, y cuyos barcos cargados de oro y plata suponían un gran botín.

 

Algunos de estos piratas navegaban a las órdenes del gobierno de su país,  atacaban a los barcos de sus enemigos para debilitar los poderes comerciales y económicos de los mismos. Tenían en su poder documentos , entregados habitualmente por un rey, que autorizaban aquello que ellos hacían, y que recibían el nombre de “Patente del Corso”, origen de la palabra corsario, aplicado a esos piratas. Lo cierto, no obstante, es que los corsarios no acostumbraban a cumplir los preceptos establecidos en estos documentos y las actuaciones las decidían los capitanes corsarios y sus tripulaciones. Así, cuando los corsarios no tenían misiones que realizar para su corona, no dudaban en atacar cualquier  buque que no llevara su bandera para quedarse íntegramente con el botín conseguido.

 

Hacia principios del siglo XVII, en las islas del Caribe, algunas pequeñas comunidades de colonos europeos, mayoritariamente franceses, se instalaron inicialmente en La Española, isla hoy conocida por Santo Domingo, compartida por Haití y la República Dominicana, en donde emprendieron el floreciente negocio de aprovisionar a los barcos de largo recorrido con carne fresca recién curada.

 

Las carnes de vacuno y de porcino se curaban siguiendo una antigua receta de los indios de la zona. Se construía un enrejado de palos, que los caribes llamaban barbacoa, debajo del cual encendían una hoguera de leña. Encima se colocaban lonchas de carne recién cortadas, alimentándose el fuego con ramas verdes, para que produjesen mucho humo, con una llama pequeña. La carne se secaba, se ahumaba, y se asaba al mismo tiempo, convirtiéndose en carne conservable, de color rojo-rosa, que desprendía una raoma tentador, y que se podía comer cruda, masticándola como si fuese un embutido, o guisarla al estilo tradicional, tras ablandarla con agua. Los caribes la llamaban boucan, y de ahí el nombre de bucaneros, dado a los que realizaban esa actividad comercial.

 

Tras ser expulsados en 1620 por los españoles , muchos bucaneros se refugiaron en la isla de la Tortuga, pequeña isla situada en la costa noroccidental de La Española, donde se unieron a otros aventureros de procedencia inglesa u holandesa , pasando a llamarse filibusteros, del holandés wrijbuiter, wrij “libre” y buiten “ saquear” y del inglés  freebooter “merodeador”,  designando a muchos de los piratas del mar de las Antillas en el siglo XVII, en especial a los ingleses y holandeses, que solían atacar poblaciones costeras y muy raramente a barcos.

 

Se organizaron en la llamada Cofradía de los Hermanos de la Costa, con sus propias  leyes no escritas, en realidad un acuerdo general al que todos se sometían precisamente para proteger su libertad individual. Estaban ligados únicamente por la conciencia de su Hermandad. No había ni jueces ni tribunales, únicamente una asamblea formada por los más viejos filibusteros.

 

Cuatro eran sus principales reglas:

 

1. Se prohibía todo prejuicio de patria o de religión

 

2. Quedaba prohibida la propiedad individual. Esto se refería a la propiedad de tierra en la isla.

 

3. La Cofradía no podía inmiscuirse en la libertad personal de cada uno. Las cuestiones individuales se resolvían personalmente. No se obligaba a nadie a partir en una expedición pirata. Se podía abandonar la Hermandad en cualquier momento.

 

4. No se admitían mujeres blancas libres en la isla. La prohibición se refería exclusivamente a éstas y se adoptó para evitar riñas, discusiones y odios. Sólo podían vivir en la isla las mujeres negras y las esclavas.

 

Todos los "hermanos" eran iguales entre sí e incluso disponían de una "Tabla de Indemnizaciones" para compensar a quienes resultaban lisiados. Era tal la fraternidad existente entre los hermanos de la costa que, antes de entrar en combate, cada se conjuraba con un compañero y en el caso de que uno resultase muerto en la lucha, el otro se convertía en su "heredero".

 

Referencia: Wikipedia / Palabras con historia Ediciones Del Prado-2002- Gregorio Doval / Caribe: filibusteros, bucaneros y piratas- Isaac Palomo de la Fuente

 

San Jorge y el dragón

San Jorge y el dragón

Cuenta  el dominico genovés fray Francisco de la Vorágine  o de Varazze, en el libro “La leyenda dorada” escrito hacia 1264 , que san Jorge fue un tribuno oriundo de Capadocia que en cierta ocasión llegó a una ciudad llamada Silca, en la provincia de Libia. Cerca de la población había un lago tan grande que parecía un mar donde se ocultaba un dragón de tal fiereza y tan descomunal tamaño, que tenía atemorizadas a las gentes de la comarca, pues cuantas veces intentaron capturarlo tuvieron que huir despavoridas a pesar de que iban fuertemente armadas. Además, el monstruo era tan sumamente pestífero, que el hedor que despedía llegaba hasta los muros de la ciudad y con él infestaba a cuantos trataban de acercarse a la orilla de aquellas aguas. Los habitantes de Silca arrojaban al lago cada día dos ovejas para que el dragón comiese y los dejase tranquilos, porque si le faltaba el alimento iba en busca de él hasta la misma muralla, los asustaba y, con la podredumbre de su hediondez, contaminaba el ambiente y causaba la muerte a muchas personas. 

 

Al cabo de cierto tiempo los moradores de la región se quedaron sin ovejas o con un número muy escaso de ellas, y como no les resultaba fácil recebar sus cabañas, celebraron una reunión y en ella acordaron arrojar cada día al agua, para comida de la bestia, una sola oveja y a una persona, y que la designación de ésta se hiciera diariamente, mediante sorteo, sin excluir de él a nadie. Así se hizo; pero llegó un momento en que casi todos los habitantes habían sido devorados por el dragón. Cuando ya quedaban muy pocos, un día, al hacer el sorteo de la víctima, la suerte recayó en la hija única del rey. Entonces éste, profundamente afligido, propuso a sus súbditos:

 

Os doy todo mi oro y toda mi plata y hasta la mitad de mi reino si hacéis una excepción con mi hija. Yo no puedo soportar que muera con semejante género de muerte.

 

El pueblo, indignado, replicó:

 

No aceptamos. Tú fuiste quien propusiste que las cosas se hicieran de esta manera. A causa de tu proposición nosotros hemos perdido a nuestros hijos, y ahora, porque le ha llegado el turno a la tuya, pretendes modificar tu anterior propuesta. No pasamos por ello. Si tu hija no es arrojada al lago para que coma el dragón como lo han sido hasta hoy tantísimas otras personas, te quemaremos vivo y prenderemos fuego a tu casa.

 

En vista de tal actitud el rey comenzó a dar alaridos de dolor y a decir:

 

¡Ay, infeliz de mí! ¡Oh, dulcísima hija mía! ¿Qué puedo hacer? ¿Qué puedo alegar? ¡Ya no te veré casada, como era mi deseo!

 

Después, dirigiéndose a sus ciudadanos les suplicó:

 

Aplazad por ocho días el sacrificio de mi hija, para que pueda durante ellos llorar esta desgracia.

 

El pueblo accedió a esta petición; pero, pasados los ocho días del plazo, la gente de la ciudad trató de exigir al rey que les entregara a su hija para arrojarla al lago, y clamando, enfurecidos, ante su palacio decían a gritos:

 

Es que estás dispuesto a que todos perezcamos con tal de salvar a tu hija? ¿No ves que vamos a morir infestados por el hedor del dragón que está detrás de la muralla reclamando su comida?

 

Convencido el rey de que no podría salvar a su hija, la vistió con ricas y suntuosas galas y abrazándola y bañándola con sus lágrimas, decía:

 

¡Ay, hija mía queridísima! Creía que ibas a darme larga descendencia, y he aquí que en lugar de eso vas a ser engullida por esa bestia. ¡Ay, dulcísima hija! Pensaba invitar a tu boda a todos los príncipes de la región y adornar el palacio con margaritas y hacer que resonaran en él músicas de órganos y timbales. Y ¿qué es lo que me espera? Verte devorada por ese dragón. ¡Ojalá, hija mía, -le repetía mientras la besaba- pudiera yo morir antes que perderte de esta manera!

 

La doncella se postró ante su padre y le rogó que la bendijera antes de emprender aquel funesto viaje. Vertiendo torrentes de lágrimas, el rey la bendijo; tras esto, la joven salió de la ciudad y se dirigió hacia el lago. Cuando llorando caminaba a cumplir su destino, san Jorge se encontró casualmente con ella y, al verla tan afligida, le preguntó la causa de que derramara tan copiosas lágrimas.

 

La doncella le contestó:

 

¡Oh buen joven! ¡No te detengas! Sube a tu caballo y huye a toda prisa, porque si no también a ti te alcanzará la muerte que a mí me aguarda.

 

No temas, hija –repuso san Jorge-; cuéntame lo que te pasa y dime qué hace allí aquel grupo de gente que parece estar asistiendo a algún espectáculo.

 

Paréceme, piadoso joven –le dijo la doncella- que tienes un corazón magnánimo. Pero, ¿es que deseas morir conmigo? ¡Hazme caso y huye cuanto antes!

 

El santo insistió:

 

No me moveré de aquí hasta que no me hayas contado lo que te sucede.

 

La muchacha le explicó su caso, y cuando terminó su relato, Jorge le dijo:

 

¡Hija, no tengas miedo! En el nombre de Cristo yo te ayudaré.

 

¡Gracias, valeroso soldado! –replicó ella- pero te repito que te pongas inmediatamente a salvo si no quieres perecer conmigo. No podrás librarme de la muerte que me espera, porque si lo intentaras morirías tú también; ya que yo no tengo remedio, sálvate tú.

 

Durante el diálogo precedente el dragón sacó la cabeza de debajo de las aguas, nadó hasta la orilla del lago, salió a tierra y empezó a avanzar hacia ellos. Entonces la doncella, al ver que el monstruo se acercaba, aterrorizada, gritó a Jorge:

 

¡Huye! ¡huye a toda prisa, buen hombre!

 

Jorge, de un salto, se acomodó en su caballo, se santiguó, se encomendó a Dios, enristró su lanza, y, haciéndola vibrar en el aire y espoleando a su cabalgadura, se dirigió hacia la bestia a toda carrera, y cuando la tuvo a su alcance hundió en su cuerpo el arma y la hirió.

Acto seguido echó pie a tierra y dijo a la joven:

 

Quítate el cinturón y sujeta con él al monstruo por el pescuezo. No temas, hija; haz lo que te digo.

 

Una vez que la joven hubo amarrado al dragón de la manera que Jorge le dijo, tomó el extremo del ceñidor como si fuera un ramal y comenzó a caminar hacia la ciudad llevando tras de sí al dragón que la seguía como si fuese un perrillo faldero. Cuando llegó a la puerta de la muralla, el público que allí estaba congregado, al ver que la doncella traía a la bestia, comenzó a huir hacia los montes dando gritos y diciendo:

 

¡Ay de nosotros! ¡Ahora sí que pereceremos todos sin remedio!

 

San Jorge trató de detenerlos y de tranquilizarlos.

 

¡No tengáis miedo! –les decía-. Dios me ha traído hasta esta ciudad para libraros de este monstruo. ¡Creed en Cristo y bautizaos! ¡Ya veréis cómo yo mato a esta bestia en cuanto todos hayáis recibido el bautismo!

 

Rey y pueblo se convirtieron y, cuando todos los habitantes de la ciudad hubieron recibido el bautismo San Jorge, en presencia de la multitud, desenvainó su espada y con ella dio muerte al dragón, cuyo cuerpo, arrastrado por cuatro parejas de bueyes, fue sacado de la población amurallada y llevado hasta un campo muy extenso que había a considerable distancia.

 

Veinte mil hombres se bautizaron en aquella ocasión, sin contar mujeres ni niños. El rey, agradecido, hizo construir una iglesia enorme, dedicada a Santa María y a San Jorge. Por cierto que al pie del altar de la citada iglesia comenzó a manar una fuente muy abundante de agua tan milagrosa que cuantos enfermos bebían de ella quedaban curados de cualquier dolencia que les aquejase.

 

Igualmente, el rey ofreció a Jorge una inmensa cantidad de dinero que el santo no aceptó, aunque sí rogó al monarca que distribuyese la fabulosa suma entre los pobres.

 

Por aquel tiempo, siendo emperadores Diocleciano y Maximiano en el año 827 de nuestra era, el presidente Daciano desencadenó una horrorosa persecución contra la Iglesia, con tal saña que en cosa de un mes fuero martirizados diecisiete mil cristianos; y no fueron más víctimas porque muchos de los perseguidos, vencidos por las torturas, renegaron de Cristo y consintieron en ofrecer sacrificios a los ídolos. Enfrentado san Jorge a Daciano, y tras realizar hechos portentosos, finalmente fue sometido a tormento y decapitado en el año 303.

 

La gesta de san Jorge y el dragón se hizo popular en toda Europa , y esa misma leyenda con ligeras variaciones, se repite en las tradiciones populares de varios paises.

 

La versión de la leyenda más popular en Cataluña explica que en Montblanc (Conca de Barberà) vivía un dragón terrible que causaba estragos entre la población y el ganado. Para apaciguarlo, se sacrificaba al monstruo una persona escogida por sorteo. Un día la suerte señaló a la hija del rey, que habría muerto de no ser por la aparición de un bello caballero con armadura que se enfrentó al dragón y lo mató. La tradición añade que de la sangre derramada nació un rosal de flores rojas.

 

En 1961 la Sagrada Congregación de Ritos, ante lo poco cierto que se sabe de su vida, llena de elementos legendarios, lo suprimió del santoral, autorizando una conmemoración, como mártir, el día de su fiesta, el 23 de abril.

 

Tradicionalmente en Cataluña el día 23 de abril se celebra la Diada de Sant Jordi, y en ese día las personas intercambian y regalan rosas y libros con a su pareja y personas queridas. Se cree que la tradición de regalar en esta fecha una rosa a la mujer amada se remonta probablemente hasta el siglo XV. Algunas versiones hacen coincidir esta práctica con la Feria de las rosas o de los enamorados que tenía lugar en Barcelona durante el verano. Es un hecho constatado que en aquella época ya se repartían rosas a las mujeres que asistían a la misa oficiada en la capilla de San Jorge del Palacio de la Generalitat de Cataluña. La rosa va acompañada de una bandera de Cataluña ( la senyera) y una espiga de trigo. El color rojo de la rosa simboliza la pasión,  la senyera Cataluña y la espiga de trigo representa la fertilidad.

 

Cabe decir que la coincidencia del Día del Libro con la festividad de San Jorge no tiene nada que ver con el santo.

 

El Día del Libro comenzó a celebrarse el 7 de octubre de 1926 en conmemoración del día de que entonces se creía había nacido Cervantes. La idea fue del escritor y editor valenciano, afincado en Barcelona, Vicent Clavel Andrés que la propuso a la Cámara Oficial del Libro de Barcelona. El 6 de febrero de 1926, el gobierno español presidido por Miguel Primo de Rivera lo aceptó y el rey Alfonso XIII firmó el Real decreto que instituía la “Fiesta del Libro Español”. En 1930 se acordó cambiar la fecha trasladándola al 23 de abril, día de la muerte de Cervantes (que realmente  murió el 22 de abril de 1616 pero fue enterrado el 23 de abril, conociéndose popularmente esta fecha como la de su muerte). En 1995, la UNESCO instituyó el 23 de abril como el Día Mundial del Libro y del derecho de autor.

 

Referencia: Wikipedia / La leyenda dorada-Alianza Editorial, S.A. 1995-Santiago de la Voràgine/ http://www.gencat.cat.

El cadáver del Emperador de México

El cadáver del Emperador de México

Hacía apenas cuarenta años que Agustín Cosme Damián de Iturbide y Aramburu (1783-1824), el primer emperador mexicano había sido derrocado, desterrado y posteriormente fusilado, cuando Ferdinand Maximilian Joseph von Habsburg-Lothingen (1832.1867), archiduque de Austria y príncipe de Hungría y Bohemia, previa renuncia a sus títulos, y con el apoyo de los conservadores mexicanos, Francia y la Iglesia católica, paso a ser el emperador Maximiliano I de México, del Segundo Imperio Mexicano (1863-1867).

 

Los liberales, encabezados por Benito Juárez, firmes  defensores de la República secular, emprendieron un enfrentamiento bélico con las fuerzas imperiales. A pesar del soporte económico de los estadounidenses a la facción republicana, y sin el apoyo francés y el creciente abandono de los conservadores del país, Maximiliano decidió continuar el enfrentamiento, desoyendo los consejos que le sugerían abdicar y regresar a Austria, hasta que finalmente fue sitiado con los restos de su ejército y  capturado en Querétaro.

 

Tras un juicio en ausencia, celebrado en el teatro municipal por un coronel y seis capitanes, sin derecho a apelaciones y con base en un interrogatorio que en su mayor parte el Emperador se negó a contestar, los revolucionarios lo condenaron a muerte. Fue fusilado en el Cerro de las Campanas de la ciudad de Querétano el 19 de junio de 1867.

 

Se dice que pagó a cada uno de los verdugos con una moneda de oro para que no se le disparase a la cara, así podría ser reconocido por su madre. Pero poco le serviría tal cosa conociendo la accidentada historia de su cadáver.

 

El cadáver que presentaba cinco impactos de bala, tuvo ya su primer problema con el ataúd. Maximiliano era muy alto y no entraba, y no hubo más remedio que dejarlo con los pies fuera.

 

El segundo inconveniente llegó a la hora de embalsamarlo, porque el encargo lo recibió el médico más tonto, inútil y aprovechado que había en México, el doctor Vicente Licea. El trabajo que hizo fue pésimo, y para quien piense lo contrario he aquí un detalle: un ojo de Maximiliano quedó maltrecho y el médico lo sustituyó por uno de cristal de una imagen de Santa Úrsula. Pero Maximiliano tenía los ojos azules y el que le pusieron era negro.

 

Maximiliano aguantó insepulto en Quétaro durante tres meses, mientras Austria pedía que se devolvieran los restos. Se decidió su traslado a la iglesia de San Andrés, en México capital. Como hay emperadores que nacen con estrella y otros estrellados, el carro que trasladó los restos de Maximiliano volcó dos veces. El austríaco acabó revolcado en las aguas de una arroyo y, e la caída, perdió un trozo de nariz. Es fácil hacerse una idea del estado en que llegó el cadáver. Lo productos usados en el primer embalsamamiento se mezclaron con el agua y a Maximiliano hubo que colgarlo para que escurriera. Literalmente.

 

Por fin, cinco meses después de su ejecución, el emperador destronado pudo regresar a Austria, y allí llegó con un ojo negro, otro azul y una nariz de cera. Pero al final pudo descansar, y aún lo hace en la Cripta Imperial de Viena de  la Iglesia de los Capuchinos.

 

Referencia: Wikipedia / “Polvo eres” –La Esfera de los Libros 2008- Nieves Concostrina.

Los Juicios de Dios

Los Juicios de Dios

Se llaman ordalías o Juicios de Dios a aquellas pruebas que debía sortear el acusado para demostrar su inocencia. Estas pruebas suponían la intervención divina, como estamento superior al hombre, que determinaba el resultado. En el Antiguo Testamento, por ejemplo, se hablan de las “aguas amargas”. Este era una forma de juicio que comprobaba la inocencia o culpabilidad del acusado. Consistía en beber veneno que ofrecían los sacerdotes. Si el acusado sobrevivía, esto indicaba que Dios había salvado su vida, por lo tanto era inocente.

 

Fueron especialmente utilizadas durante la Edad Media y varios los sistemas utilizados. En Occidente se preferían las pruebas a base del combate y del duelo, en los que cada parte elegía un campeón que, con la fuerza, debía hacer triunfar su buen derecho. La ley germánica precisaba que esta forma de combate era consentida si la disputa se refería a campos, viñas o dinero, estaba prohibido insultarse y era necesario nombrar dos personas encargadas de decidir la causa con un duelo.

 

La ordalía por medio del veneno era poco conocida en Europa, probablemente por la falta de un buen tóxico adecuado a este tipo de justicia, pero se utilizaba a veces la curiosa prueba del pan y el queso, que ya se practicaba en el siglo II en algunos lugares del Imperio romano. El acusado, ante el altar, debía comer cierta cantidad de pan y de queso. Si el acusado era culpable no podría tragarlo, ya que Dios enviaría a uno de sus ángeles para apretarle el gaznate de modo que no pudiese tragar aquello que comía.

 

La prueba del hierro candente, en cambio, era muy practicada. El acusado debía coger con las manos un hierro al rojo por cierto tiempo. En algunas ordalías se prescribía que se debía llevar en la mano este hierro el tiempo necesario para cumplir siete pasos y luego se examinaban las manos para descubrir si en ellas había signos de quemaduras que acusaban al culpable.

 

El hierro candente era muchas veces sustituido por agua o aceite hirviendo, o incluso por plomo fundido. En el primer caso la ordalía consistía en coger con la mano un objeto pesado que se encontraba en el fondo de una olla de agua hirviendo; en el caso de que la mano quedara indemne, el acusado era considerado inocente.

En algunos lugares, se hacía pasar al acusado caminando con los pies descalzos sobre rejas de arado generalmente en número impar. Fue el suplicio impuesto a la madre del rey de Inglaterra Eduardo el Confesor, que superó la prueba.

 

La ordalia por el agua era muy practicada en Europa para absolver o condenar a los acusados. El procedimiento era muy simple: bastaba con atar al imputado de modo que no pudiese mover ni brazos ni piernas y después se le echaba al agua de un río, un estanque o el mar. Se consideraba que si flotaba era culpable, y si, por el contrario, se hundía, era inocente, porque se pensaba que el agua siempre estaba dispuesta a acoger en su seno a un inocente mientras rechazaba al culpable. Claro que existía el peligro de que el inocente se ahogase, pero esto no preocupaba a los jueces. Por ello, en el siglo IX Hincmaro de Reims, arzobispo de la ciudad, recomendó mitigar la prueba atando con una cuerda a cada uno de los que fuesen sometidos a esta ordalía para evitar, si se hundían, que «bebiesen durante demasiado tiempo». Esta prueba fue especialmente usada en  Europa con las personas acusadas de brujería.

.

Durante la segunda mitad del siglo XII el papa Alejandro III prohibió los juicios del agua hirviendo, del hierro candente e incluso los «duelos de Dios», y el cuarto concilio Luterano, bajo el pontificado de Inocencio III, prohibió toda forma de ordalía a excepción de los combates: "Nadie puede bendecir, consagrar una prueba con agua hirviente o fría o con el hierro candente.» Pero, no obstante estas prohibiciones, la ordalía continuó practicándose durante la Edad Media, por lo que doce años después, durante un concilio en Tréveris, (948) tuvo que renovarse la prohibición.

 

Referencia :http://Wikipedia / http://portalplanetasedna.com.ar/ http://sobrecuriosidades.com

El Fraile del tiempo

El Fraile del tiempo

Un higrómetro es un instrumento que se usa para medir el grado de humedad del aire, del suelo, de las plantas o un gas determinado, por medio de sensores que perciben e indican su variación.

 

Se puede construir un higrómetro muy sencillo, basado en la propiedad que tienen algunas sustancias, llamadas higroscópicas, de absorber el vapor de la atmósfera.

 

Para construirlo, necesitamos un mechón  de cabellos humanos , preferentemente rubios, de 30 cm de longitud, shampoo, soporte de madera, un carrete, cartulina, dos trozos de hojalata, pedazo de madera liviana ,y una pesa de  50 g.


Desengrasamos los cabellos con el champú y por un extremo los fijamos a la parte superior de un soporte, manteniéndolos tensos colgándoles un peso de unos 50 gramos. Después se enrollan dándoles dos o tres vueltas en un carrete de un solo eje para que pueda girar libremente en una montura hecha con dos trozos de hojalata fijada al soporte, a un tercio de su altura. Se fija al eje una flecha indicadora de madera liviana, que indicará una escala realizada en la cartulina.

Las variaciones en la humedad atmosférica modifican la longitud del cabello y, por consiguiente, la posición de la flecha indicadora. El cabello se estira cuando absorbe humedad y se encoge cuando se seca.

 

Este es el principio del popular Fraile del tiempo , que no es más que un higrómetro de cabello, y que se calibra colócandolo sobre un balde con agua caliente y recubriéndolo con un paño de tela húmedo. Cuando la flecha indicadora alcance el extremo de su marcha, se mueve la varita del fraile hasta que quede apuntando la palabra “lluvia", que se supone es el 100% de humedad en la escala. La varita del fraile indica las distintas escalas del higrómetro, que en este caso corresponden a términos como tiempo seco, revuelto, viente, bueno inseguro, ventoso , húmedo y lluvia. El seco correspodería al 0% y el 100% a lluvia.

 

El Fraile ha de colocarse en lugar seco y ventilado, para que libre de la influencia de aires viciados y pueda funcionar en perfecta armonía con las variaciones atmosféricas del exterior. Cuando marca exceso de viento, sequedad o lluvia, no están muy lejanas las regiones amenazadas por próximas tempestades. En los casos de humedad acentuada, la figura del fraile, baja la mano y cubre su cabeza con la capucha. Por el contrario, en los períodos de sequedad aguda, pone la mano en lo alto y se descubre por completo

 

Referencia: “El Periódico de Cataluña- El típico fraile que pronostica el tiempo. –Alfred Rodríguez Picó

El Anís del Mono

El Anís del Mono

Los hermanos Josep y Vicenç Bosch i Grau, notario y abogado, respectivamente, fueron los fundadores de una industria de licores el año 1865 en Badalona, que en 1877 ya ganó el Gran Premio de la Exposición de Madrid, y más adelante en París y Chicago, conviviéndose en una bebida de renombre internacional.

 

Hay muchas versiones sobre el origen de la singular botella y el mono de la etiqueta del famoso Anís del Mono. Dicen que la familia Bosch, entre otras actividades, tenía barcos mercantes para comerciar con ultramar. DE uno de estos viajes a America se trajeron un simio como obsequio, y este vivió en la destilería y se hizo muy popular, hasta llegar a conocerse como la fábrica “del mono”.

 

Hay quien dice que el señor Bosch era un hombre progresista, partidario de las teorías darwinistas sobre la evolución de las especies, en aquellos tiempos casi prohibidas, y que su forma de contribuir a su difusión fue la incorporación de un primate con la cara humanizada en la marca de su anís. Prueba de eso sería la inscripción que lleva el animal en la mano: “Es el mejor. La ciencia lo dijo y yo no miento”. Justamente, durante aquellos años se debatía la controversia científica del libro de Darwin “El origen de las especies”. También se dice que la cara del mono tiene las facciones del amo, incluso que es un retrato de una de los empresarios de la competencia al que se pretendía ridiculizar.

 

No obstante lo anterior, según testimonio directo de la familia, Vicenç Bosch simplemente había encargado a un ilustrador toda una serie de imágenes de animales para las etiquetas, para hacer más reconocible su producto. Finalmente escogió un mono para el anís, un toro para el ron llamado Jamaica, un centauro para el coñac, y un par de pollos para la ginebra.

 

La botella también tiene una historia curiosa. En un viaje a París, Vicenç Bosch compró a un perfumista de la Plaza Vendome un frasco de perfume para su mujer. Al regresara a Badalona pensó que podría utilizarlo para su anís, pero en lugar de cuadrado, realizó un diseño cilíndrico y mantuvo el peculiar gravado romboidal del vidrio.

 

“Mi producto, dijo Bosch, será también de gran calidad, pero con una única diferencia: en vez de perfumar exteriormente, mi anís lo hará interiormente”.

 

El carácter culto y emprendedor de Vicenç Bosch le llevó a organizar un concurso de carteles que ganó Ramón Casas con cuatro propuestas, el famoso cartel “La Manola” y otros con motivos de mujer, mono y botella. También Picasso pintón en el año 1903 el cuadro “Bodegón Anís del Mono” y doce años después, dos cuadros más: “Botella de Anís del Mono”copa y naipe” y “Botella de Anís del Mono, confitera y pipa”. Su amigo y también pintor cubista Juan Gris también inmortalizó la curiosa botella. LO mismo hizo el mexicano Diego Ribera. Años más tarde, en 1956, fue el pintor surrealista Salvador Dalí quien la incluyó en “Naturaleza muerta viva”.

 

A partir de Anís del Mono, los animales se convirtieron en un motivo recurrente para las marcas de anís: Anís del Topo, Anís del Orangután, Anís Dorado del Pavo, Anís Linces, Anís del Lorito, Anís Cebras, Anís Leones,…. Pero algún competidor decidió ir más allá. En Arenys de Munt (Barcelona), el Anís del Tigre se presentó con una etiqueta sorprendente: un tigre de Bengala devorando a un mono.

 

Quizás fuera una forma gráfica de expresar las intenciones de la nueva marca.

 

En 1974 la marca fue comprada por Osborne , que sigue produciendo unos seis millones de botellas al año.

 

Referencia: “Made in Spain”-Juli Capella- Editorial Electa 2009

Kafka y el cine

Kafka y el cine

Una de las revoluciones más apasionantes dentro del universo cultural fue la aparición del cine. Dicen las enciclopedias que todo comenzó en 1896, con la primera proyección de los hermanos Lumière. Sin embargo, la verdadera explosión de este nuevo lenguaje llegaría durante las dos primeras décadas del siglo XX. Porque antes de las bombas (las de la gran guerra), toda Europa -principalmente París, Berlín, Praga y Viena- se llenará de cines y de unos espectadores embelesados y estupefactos.  


Las primeras salas de exhibición fueron ambulantes. El artesano -aún no podía llamarse empresario- llegaba con su proyector y se iba. Pero, a partir de 1907, se establecerán las salas fijas, controladas por las empresas que dominarán la industria durante estos primeros años: las francesas Pathé y Gaumont, la alemana Mutoskop y la estadounidense, pero afincada en Europa, Edison Company. Ellas se encargaban de todo: producían, distribuían y, por supuesto, exhibían. 
 

A las salas comenzó a acudir el público en tropel. Y, tal y como relata Hanns Zischler en su libro Kafka va al cine (Minúscula), uno de estos espectadores fue el joven checo Franz Kafka, quien, en 1910 cuando tenía 27 años se enamoró del cine. Desde 1910 a 1914, recorrió, junto a su amigo Max Brod, los cines de París, Berlín y Praga con ojos desorbitados. 
 

A tal llegó su pasión que, según afirmó en sus ‘Diarios’, podía dejar la escritura –su vida, su respiración– para dejarse caer por el Landestheater de Praga a ver qué programa emitían (en aquel entonces había muchas sesiones continuas, ya que las películas no tenían mucho metraje). 
 

Le gustaban las comedias y las tragedias. Y es que a pesar de esa percepción universal de un carácter apocado, a Kafka no le gustaba estar un segundo quieto. Quería conocer todo lo que se movía en la ciudad. Hasta 1914 se encuentran numerosas entradas en los diarios sobre películas, cines y actores. 
 

Después, curiosamente, tendría lugar su explosión literaria (La Metamorfosis, El Castillo, El Proceso). Nos queda la duda: ¿habría sido otro escritor sin su pasión cinéfila?  
 

La metáfora es evidente: si a Warhol, la televisión junto a la publicidad y el technicolor, le convirtieron en el artista más moderno de la posmodernidad, el cine para Kafka fue una especie de llegada a la Luna que influirá sobremanera en sus formas artísticas. 
 

Por otra parte, los cines cambiaron el rostro a las ciudades. Muchos de ellos habían sido antes teatros, pero otros fueron construidos a partir de las premisas conceptuales del art-decó. Dentro de esa corriente se encontraba el Omnia Pathé, abierto en 1905 en París. "Fuente de nuestros placeres", escribió Kafka sobre él. En Berlín destacaba la zona de la Postdamer Platz, que poseía unos cines, dirigidos por los hermanos Herrnfeld, donde se proyectaron algunos de los éxitos de la época como Por fin solo, de Max Mack, en 1914. En la ciudad natal de Kafka, Praga, la profusión de cines era enorme: el Landestheater, el Lucio Azul, el Orient, el Bio-Lido o el Bio-Lucerna, una sala que también tenía un café y un cabaret. 
 

Esto último dice mucho sobre cómo eran esos primeros cines y ese primer público que se acercaba expectante. En relación con las películas, algunas de las que, por ejemplo refiere Kafka en sus Diarios es la danesa La esclava blanca (1910), llena de tópicos eróticos y sexuales, y convertida en un éxito. Los títulos son muy característicos de estos primeros años de cine en blanco y negro y mudo. Ahí está la alemana Para yerno sólo quiero a un funcionario (1913). Todo un reflejo de que lo que empieza es espontáneo, sin maldad y con una deliciosa ingenuidad.  
 

Ahora bien, tampoco hay que olvidar otras temáticas que gustaban mucho al público como los dramas realistas cercanos al suceso. Este tipo de filmes los explotaba mucho Pathé. Uno de sus éxitos fue El robo de la Mona Lisa, basado en el caso acaecido en 1911. 
 

En cuanto al público, según escribió el crítico cinematográfico Ulrich Rauscher en 1912, fue desde el inicio popular: "Había en Alexanderplatz (Berlín) un cine de barrio abarrotado de obreros, putas y macarras, y por encima de ellos se alzaba el comentario sensiblero del narrador". Exacto, estos narradores, dobladores especiales de aquellas películas mudas, eran también pieza clave en cualquier sala, junto a los carteles que anunciaban las películas, los cuales se convertirían en auténticos lienzos artísticos. 
 

Por supuesto, el cinematógrafo, como se llamaba a los cines, provocó una caída de espectadores en los teatros. Es más, también entre los actores, ya que algunos de los más famosos de entonces, como Albert Basserman, tras brillantes Hamlet, o Delia Gill, no dudaron en ponerse ante la cámara. El cine era la meca y no al revés. Lo había cambiado todo. 

 

Y también fue un termómetro para la sociedad. Un ejemplo que vivió el propio Kafka es evidente: año 1921, pase de la película Regreso a Sión, financiada por el Fondo Nacional Judío, en el Lido-Bio de Praga. Multitud de judíos acuden a la proyección. Kafka se acerca y observa cómo una extraña muchedumbre se agolpa a las puertas del cine. "¡Ahora los judíos hacen cine, qué desfachatez!", grita una mujer. Qué ironía: en la actualidad la mayoría de las salas está copada por cine judío. 

 

 

Referencias : “Público”– Kafka vivió el origen del cine- Paula Carroto / “ Kafka va al cine “– Hanns Zischler