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FRANZ

El cadáver del Emperador de México

El cadáver del Emperador de México

Hacía apenas cuarenta años que Agustín Cosme Damián de Iturbide y Aramburu (1783-1824), el primer emperador mexicano había sido derrocado, desterrado y posteriormente fusilado, cuando Ferdinand Maximilian Joseph von Habsburg-Lothingen (1832.1867), archiduque de Austria y príncipe de Hungría y Bohemia, previa renuncia a sus títulos, y con el apoyo de los conservadores mexicanos, Francia y la Iglesia católica, paso a ser el emperador Maximiliano I de México, del Segundo Imperio Mexicano (1863-1867).

 

Los liberales, encabezados por Benito Juárez, firmes  defensores de la República secular, emprendieron un enfrentamiento bélico con las fuerzas imperiales. A pesar del soporte económico de los estadounidenses a la facción republicana, y sin el apoyo francés y el creciente abandono de los conservadores del país, Maximiliano decidió continuar el enfrentamiento, desoyendo los consejos que le sugerían abdicar y regresar a Austria, hasta que finalmente fue sitiado con los restos de su ejército y  capturado en Querétaro.

 

Tras un juicio en ausencia, celebrado en el teatro municipal por un coronel y seis capitanes, sin derecho a apelaciones y con base en un interrogatorio que en su mayor parte el Emperador se negó a contestar, los revolucionarios lo condenaron a muerte. Fue fusilado en el Cerro de las Campanas de la ciudad de Querétano el 19 de junio de 1867.

 

Se dice que pagó a cada uno de los verdugos con una moneda de oro para que no se le disparase a la cara, así podría ser reconocido por su madre. Pero poco le serviría tal cosa conociendo la accidentada historia de su cadáver.

 

El cadáver que presentaba cinco impactos de bala, tuvo ya su primer problema con el ataúd. Maximiliano era muy alto y no entraba, y no hubo más remedio que dejarlo con los pies fuera.

 

El segundo inconveniente llegó a la hora de embalsamarlo, porque el encargo lo recibió el médico más tonto, inútil y aprovechado que había en México, el doctor Vicente Licea. El trabajo que hizo fue pésimo, y para quien piense lo contrario he aquí un detalle: un ojo de Maximiliano quedó maltrecho y el médico lo sustituyó por uno de cristal de una imagen de Santa Úrsula. Pero Maximiliano tenía los ojos azules y el que le pusieron era negro.

 

Maximiliano aguantó insepulto en Quétaro durante tres meses, mientras Austria pedía que se devolvieran los restos. Se decidió su traslado a la iglesia de San Andrés, en México capital. Como hay emperadores que nacen con estrella y otros estrellados, el carro que trasladó los restos de Maximiliano volcó dos veces. El austríaco acabó revolcado en las aguas de una arroyo y, e la caída, perdió un trozo de nariz. Es fácil hacerse una idea del estado en que llegó el cadáver. Lo productos usados en el primer embalsamamiento se mezclaron con el agua y a Maximiliano hubo que colgarlo para que escurriera. Literalmente.

 

Por fin, cinco meses después de su ejecución, el emperador destronado pudo regresar a Austria, y allí llegó con un ojo negro, otro azul y una nariz de cera. Pero al final pudo descansar, y aún lo hace en la Cripta Imperial de Viena de  la Iglesia de los Capuchinos.

 

Referencia: Wikipedia / “Polvo eres” –La Esfera de los Libros 2008- Nieves Concostrina.

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