Minicine exótico para el fin de semana (10 )
HOY: LOS EFECTOS DE LAS DROGAS EN EL CEREBRO ESPAÑOL
La calabaza se ve como un símbolo de lo falso, flojo, con poca sustancia, por tratarse de un fruto muy aparente pero poco denso y poco sabroso, y que se tradicionalmente se vaciaba para utilizarlo como recipiente, es decir, que la calabaza acababa siendo muy aparente pero vacía por dentro, como algunas personas de buena apariencia pero poco cerebro.
Además, en la Antigua Grecia, la calabaza se consideraba anafrodisíaca, por lo que darlas equivalía a apagar el fuego de la lujuria evitando así los escarceos amorosos, teoría utilizada durante la Edad Media, en la que clero recomendaba utilizar pepitas de calabaza durante el rezo para alejar los pensamientos impuros y lascivos; creyendo incluso que mascar sus pepitas contribuía a cumplir el voto de castidad.
Forma parte de la conocida expresión dar calabazas , que según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, tiene dos acepciones: "Suspender a alguien un examen" y "Rechazar a alguien que propone una relación amorosa a otra persona, que no le corresponde", que por extensión, también se emplea para ’rechazar un ofrecimiento’.
En el castellano de la época del Quijote, la expresión echar a uno calabaza es no responderle a lo que pide, “como el galán que saca a la dama en el festín a bailar, y ella se excusa, dando a entender que (el mozo) es liviano y de poco seso, por querer que salga a danzar con él, no siendo o su igual o de su gusto, o que le dejó en vacío hecho calabaza”
Antiguamente, en algunas zonas rurales de Cataluña, sobretodo en entornos rurales, cuando dos familias querían concertar una boda empezaban reuniéndose para establecer la dote que podía aportar cada uno de los futuros cónyuges y, una vez establecido , ambas familias se tomaban un cierto tiempo para hacer indagaciones y ver si la boda les convenía o no. Si alguna de las dos partes se echaba atrás, se intentaba evitar la tensión de decirlo cara a cara; si era el hombre el que rechazaba el matrimonio, había suficiente con que se inventase cualquier excusa para no comparecer el día de la segunda reunión con la familia de la mujer; y, si era esta la que no encontraba suficientemente el partido, se servía un plato de calabaza para comer, cosa que el pretendiente interpretaba como una negativa. De ahí, que en Cataluña, en el contexto amoroso, dar calabazas equivale a rechazar la proposición.
Referencia: http://www.wikilengua.org / "Tesoro de la Lengua Castellana o Española"- Sabastián de Covarrubias-Editorial Castalia-1995 / “Els perqués de Catalunya" –Familia Fernández-Editorial Empuréis-2005



Cristóbal Colón patenta por primera vez para el mundo occidental, el martes 15 de enero de 1493, la existencia de una nueva especia de Centroamérica y México, a la que denomina, por trascripción fonética de la lengua de los indios, ají, nuestro pimiento, que más tarde será en alguna de sus variedades conocido como guindilla o chile y origen del pimentón. Así pues se le debe a Colón el conocimiento en Europa del pimiento , que se propagó en cuestión de un siglo por África y Asia, hasta constituir un condimento habitual en sus comidas. Diferenciados genéricamente unos de otros por el color (verdes, amarillos o rojos), la forma (largos o acampanados), y el sabor (dulces o picantes), deben su sabor picante a una sustancia llamada capsaicina , cerca de 100 veces mas potente que la piperina (sustancia responsable del picante en la pimienta), que es la que provoca el picor. La capsicina no tiene olor ni sabor, solo estimula la liberación de neurotransmisores que estimulan los puntos receptores de dolor en la lengua y boca. El nivel de capsicina en chiles puede variar de planta a planta y aun incluso frutos cosechados en la misma época y en la misma planta pueden diferir espectacularmente en su grado de ardor. Por lo tanto la medición del ardor de las variedades de pimientos picantes es un promedio. En 1912 un farmacéutico de Estados Unidos, llamado Wilbur Scoville, que trabajaba para la compañía Parke Davis, desarrolló un método para registrar el nivel de ardor en los chiles, al que llamó “Scoville Organoleptic test”al Sr. Scoville hacer una prueba con un panel de catadores, diluyendo diferentes variedades de chile con agua y azúcar hasta el punto en que la lengua ya no se sintiera el picante. Un numero, (Unidad Scoville), era asignado a cada test dependiendo cuanta disolución había que añadir para no notar el picante. Por lo tanto las unidades Scoville son el grado de dilución en una solución en la cual el picante será percibido por el paladar humano y se utilizan para medir el picante de los chiles. Como ejemplo, la llamada Tabla de Scoville establece:
En respuesta a este estímulo, el cerebro libera endorfinas, se incrementa el metabolismo, se libera más saliva y se suda.
Tabla de Scoville | |
Unidades Scoville | Tipo de chile |
15.000.000–16.000.000 | Capsaicina pura |
8.600.000-9.100.000 | Varios capsaicinoides, como homocapsaicina, homodihydrocapsaicina y nordihydrocapsaicina |
2.000.000–5.300.000 | Nivel estándar del aerosol de pimienta en EE.UU. , munición irritante del FN 303 |
855.000–1.041.427 | |
350.000–580.000 | |
100.000–350.000 | |
100.000–350.000 | |
100.000–200.000 | |
50.000–100.000 | |
30.000–50.000 | Pimienta roja o de cayena, chile picante peruano,[10] chile tabasco, algunos chiles chipotle |
10.000–23.000 | Chile serrano, algunos chiles chipotle |
4.500–5.000 | Variedad de Nuevo México del chile anaheim, chile húngaro de cera |
2.500–8.000 | |
1.500–2.500 | |
1.000–1.500 | |
500–2.500 | |
100–500 | |
0 | No picante, pimiento verde |
Los chiles tienen excelentes propiedades nutricionales y saludables. Por ejemplo el chile jalapeño es rico en Vitaminas A y C y Potasio, también contiene hierro y magnesio. Aparte la cualidad que tienen los picantes es que estimulan el ritmo metabólico de nuestro cuerpo provocando un consumo extras de calorías, ayudan en una buena digestión, aumenta la producción de jugos gástricos, reducen el colesterol y es un anticoagulante natural que reduce la posibilidad de un ataque cardiaco. También se le atribuyen cualidades antioxidantes, retrasando en envejecimiento. Igualmente, la capsicina es un expectorante y descongestionante natural, ayudando a prevenir la bronquitis y enfisema. También dicen que tiene propiedades afrodisíacas, mejorando la capacidad amatoria, hasta tal punto que ya en 1590, Mosén José Acosta advertía que el pimiento “es peligroso porque es perjudicial para la salud, mayormente del alma, porque provoca la sensualidad y el pecado nefando”.
Y para terminar un pequeño consejo: Si queréis reducir el picante del chile debéis quitarle los nervios blancos interiores donde van las semillas, que es lo más picante de ellos. Y si aún así, el picor es demasiado para vosotros, no bebáis agua para remediarlo ya que la capsicina no es soluble en agua y perderéis el tiempo. Lo mejor para remediar y aplacar el ardor, es un vaso de leche, un yogur o un helado con componentes lácteos, ya que la leche contiene caseína, sustancia que neutraliza la capsicina.
Referencia: http://es .wikipedia.org / “Pimientos, guindillas y pimentón” –Francisco Abad Alegría- Ediciones Trea 2008/ http://historiasdelagastronomia.blogspot.com
Una de las obsesiones de Hitler tiene una curiosa relación con una nueva forma popular de la iconografía monstruosa presentada durante los primeros años de la segunda guerra mundial. Según el psicobiografo Robert G.L. Waite: "A Hitler le fascinaban los lobos. Al principio de su carrera política escogió “Herr Wolf" como seudónimo. Y cita otros numerosos ejemplos del fetiche de Hitler por las transformaciones lupinas como llamar a la fábrica de Volkswagen “Wolfsburg”, identificarse a sí mismo como “Director Wolf” cuando llamaba por teléfono a Winifred Wagner, sus perros favoritos eran los alsacianos “ Wolfshunde en alemán; bautizó su cuartel general en Francia como “Wloffsschlucht (Barranco del lobo”; y el de Ucrania “Werwolf”……. y su permanente estima por la canción de Disney “¿Quién teme al Lobo Feroz?”, que le gustaba silbar.
Frank Churchill fue el compositor de la canción ¿Quién teme al lobo feroz?, que cantaban los tres cerditos en el clásico Los tres cerditos de 1933. La película se llevó un oscar al mejor corto al año siguiente, y la canción se sigue grabando y versionando aún hoy en día. ¿Quién teme al lobo feroz? fue una de los temas pop de moda, en boca de todos, durante La Gran Depresión. El éxito popular de la canción, pegadiza y con inesperado doble sentido económico y social, fue lo que decidió a Disney para dar un papel principal a las canciones en sus siguientes películas.
Frank Churchill repitió, pues, en el primer largometraje de la casa: Blancanieves y los siete enanitos, y se sacó de la manga un nuevo clásico instantáneo: Silbando al trabajar, otra canción a la que sacar punta social, en este caso laboral y en cadena.
Silbando al trabajar
cualquier quehacer
es un placer
si se hace sin pensar.
Por su parte, Frank Churchill alegró a los niños de la retaguardia aliada con las canciones de Dumbo, una de las cuales, “Baby Mine”, reportó a Disney un Oscar a la mejor canción. La carrera del compositor continuó con éxitos como Peter Pan o su póstuma Bambi. El 14 de mayo de 1942, poco antes del estreno de un largometraje animado para niños en el que se mataba a la madre del protagonista en los primeros minutos, Frank Churchill tomó una pistola y se pegó un tiro sentado en su piano.
Referencia: “Monster Show"- David J. Skal- Editorial Waldemar-2008/ http://absencito.blogspot.com

HOY: ED WOOD
En el siglo II de nuestra era, los cristianos sólo conmemoraban la Pascua de Resurrección y su misterio, ya que consideraban irrelevante el momento del nacimiento de Jesús y, además, desconocían absolutamente cuando pudo haber acontecido.
Durante el siglo siguiente, al comenzar a aflorar el deseo de celebrar el natalicio de Jesús de una forma clara y diferenciada, algunos teólogos, basándose en los textos de los Evangelios, propusieron datarlo en fechas tan distintas como el 6 y 10 de enero, el 25 de marzo, el 15 y 20 de abril, el 20 de mayo y algunas otras. El sabio Clemente de Alejandría (150-215) no quiso quedar al margen de la polémica y postuló el día 25 de mayo. Pero el papa Fabián (236-250) decidió cortar por lo sano tanta especulación y calificó de sacrílegos a quienes intentaron determinar la fecha del nacimiento del Nazareno.
A pesar de la disparidad de fechas apuntadas, todos coincidieron en pensar que el solsticio de invierno era la fecha menos probable si se atendía a lo dicho por Lucas en su evangelio: «Había en la región unos pastores que pernoctaban al raso, y de noche se turnaban velando sobre el rebaño. Se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvía con su luz...»
Si los pastores dormían al raso cuidando de sus rebaños, para que el relato de Lucas fuese cierto y/o coherente debía referirse a una noche de primavera -de ahí las fechas posteriores al día 21 de marzo, equinoccio primaveral e inicio de esta estación-, ya que a finales de diciembre, en la zona de Belén, el excesivo frío y las todavía abundantes lluvias invernales impedían cualquier posibilidad de pernoctar al raso con el ganado.
Forzando la escena relatada por Lucas hasta el límite de la sutileza, otras Iglesias cristianas ajenas a la católica -como la Iglesia armenia- fijaron la conmemoración de la Natividad en el día 6 de enero ya que, según su deducción, aunque no es posible situar el relato de Lucas en la estación más fría y lluviosa del año en las tierras de Judea, sí puede ser creíble situando el nacimiento de Jesús un poco más tarde, en enero y en el Oriente Medio, un tiempo y un lugar donde es muy probable la existencia de cielos nocturnos claros y sin borrascas, aunque todavía haga frío, eso sí. Con el mismo argumento, en otras Iglesias orientales, egipcios, griegos y etíopes propusieron fijar el natalicio en el día 8 de enero. Eutiquio, patriarca de Alejandría, en el siglo X aún defendía esta fecha como la única verdadera.
Basándose también en Lucas, la Iglesia oriental empleó otro argumento todavía más peculiar para defender la fecha del 6 de enero. Cogiendo al vuelo la afirmación de Lucas cuando escribió que «Jesús, al empezar, tenía unos treinta años», dedujeron, de alguna manera sin duda milagrosa, que Jesús murió cuando tenía «exactamente» treinta años, contados estos desde el día de su concepción, y, dado que la fecha de la crucifixión la habían fijado el 6 de abril (¡¿?!), sólo tuvieron que añadir los nueve meses exactos de gestación para llegar hasta el tan celebrado 6 de enero.
Dejando al margen la vía para calcular tan preciado día, lo cierto es que la fecha del 6 u 8 de enero -la primera que la cristiandad celebró- tenía mucho sentido ya que, en la Alejandría egipcia (cuna de aspectos fundamentales de la doctrina cristiana), se festejaba con toda pompa el festival de Core «la Doncella» -identificada con la diosa Isis- y el nacimiento de su nuevo Aion, que era una personificación sincrética de Osiris.
San Epifanio, refiriéndose al festival de Core, escribió en Penarion 51: «la víspera de aquel día era costumbre pasar la noche cantando y atendiendo las imágenes de los dioses. Al amanecer se descendía a una cripta y se sacaba una imagen de madera, que tenía el signo de una cruz y una estrella de oro marcada en las manos, rodillas y cabeza. Se llevaba en procesión, y luego se devolvía a la cripta; se decía que esto se hacía porque la Doncella había alumbrado al Aion.»
Entrado ya el siglo IV, cuando ya se había concluido lo substancial del proceso de trasvase de mitos desde los dioses solares jóvenes precristianos hacia la figura de Jesús-Cristo, se decidió fijar una fecha concreta -y acorde a su nueva concepción mítica- para el natalicio de Jesús. Dado que al judío Jesús histórico se le había adjudicado toda la carga legendaria que caracterizaba a su máximo competidor de esos días, el dios Mitra, lo lógico fue hacerle nacer el mismo día en que se celebraba el advenimiento de ese joven dios.
A más abundamiento, cabe recordar que la figura de Jesús no fue oficialmente declarada como consubstancial con Dios hasta el año 325, cuando el emperador Constantino convocó el concilio de Nicea y ordenó a todos los obispos asistentes que acatasen el entonces muy discutido y discutible dogma de que el Padre y el Hijo compartían la misma sustancia divina.
De esta forma, entre los años 354 y 360, durante el pontificado de Liberio (352-366), se tomó por fecha inmutable la de la noche del 24 al 25 de diciembre, día en que los romanos celebraban el Natalis Solis Invicti, el nacimiento del Sol Invencible -un culto muy popular y extendido al que los cristianos no habían podido vencer o proscribir hasta entonces- y, claro está, la misma fecha en la que todos los pueblos contemporáneos festejaban la llegada del solsticio de invierno.
Según algunos autores, en la elección del 25 de diciembre -hecho que sitúan en el año 345, bajo el papa Julio I- tuvo una influencia decisiva Juan Crisóstomo (del que sabemos que defendió esta fecha, frente a la del 6 de enero, en, al menos, escritos del año 375) y Gregorio Nacianceno -uno de los tres padres capadocios que elaboraron la doctrina trinitaria clásica a finales del siglo IV-, pero lo más plausible es que ambos personajes no intervinieran en la datación del natalicio aunque sí actuasen como fervientes defensores del 25 de diciembre a posteriori.
En cualquier caso, San Agustín (354-430) sí debía tener muy claro el verdadero origen de la Navidad católica, sobrepuesta al Natalis Solis Invicti, cuando exhortó a los creyentes a que ese día no lo dedicasen «al Sol, sino al Creador del Sol».
Con la instauración de la Navidad también se recuperó en occidente la celebración de los cumpleaños, aunque las parroquias europeas no comenzaron a registrar las fechas de nacimiento de sus feligreses hasta el siglo XII.
A pesar de haberse fijado ya como inmutable la fecha del 25 de diciembre -o quizá por esa misma razón-, las especulaciones en torno al natalicio de Jesús prosiguieron durante muchos siglos después. El papa Juan I (523-526), decidido a averiguar la verdad, le encargó una investigación al monje Dionysius Exiguus (Dionisio el Pequeño) que, tras un curioso proceso de razonamiento concluyó que el año de la Encarnación había sido el 754 de la fundación de Roma, y que la Encarnación misma había tenido lugar el 25 de marzo y el nacimiento el 25 de diciembre, eso es después de una gestación matemáticamente exacta de nueve meses.
La peculiar datación de Dionisio el Pequeño también dejó en herencia otra fecha famosa, la de los 33 años de Jesús en el momento de ser crucificado, pero hoy ya está bien demostrado que los cálculos del monje romano fueron errados hasta en lo más evidente y que Jesús tenía entre 41 y 45 años cuando fue ejecutado[i][viii].
En el siglo XVI, un erudito como José Scaligero aún se ocupó del asunto y afirmó que Jesús había nacido a finales de septiembre o principios de octubre. Más prudente, el gran sabio y teólogo Bynaeus (1654-1698), después de analizar todo lo escrito al respecto, concluyó que «puesto que la Escritura calla sobre esto, callemos también nosotros». La fecha del 25 de diciembre, fijada a finales del siglo IV, ya era inamovible para el orbe católico (aunque no fuese aceptada por las Iglesias cristianas orientales que siguen celebrando el natalicio de Jesús en el 6 de enero).
En un principio, la festividad de la Navidad tuvo un carácter humilde y campesino, pero a partir del siglo VIII comenzó a celebrarse con la pompa litúrgica que ha llegado hasta hoy, creando progresivamente la iluminación y decoración de los templos, los cantos, lecturas, misterios y escenas piadosas que dieron lugar a representaciones al aire libre del nacimiento del portal de Belén.
Referencia: Mitos y ritos de a Navidad – Pepe Rodríguez- Ediciones B S.A. 1997