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FRANZ

Sacamantecas y hombres del saco

Sacamantecas y hombres del saco

El sacamantecas, el hombre del saco, el coco,… son personajes utilizadas para asustar a los niños inculcándoles en lo más hondo de su imaginario que en el momento menos pensado, un ser monstruoso aparecería para secuestrarlos si permanecían en las calles a horas poco adecuadas o incumpliendo las órdenes de los padres.

 

La leyenda del sacamantecas y hombre del saco, se popularizó a finales del siglo pasado y principios de éste, a causa de la leyenda popular de que, tanto las ruedas de los carros como la de los molinos y las máquinas a vapor debían engrasarse muy a menudo para que su mecanismo funcionase a la perfección, y que el mejor lubricante era la grasa humana tierna, ya que era más densa y daba un mejor rendimiento.

 

Entonces, se creó el mito de que para satisfacer esta demanda de grasa humana , merodeaban por la calle unos hombres siniestros, con sacos en el hombro, que secuestraban niños y los asesinaban para venderlos luego a un desollador, que se encargaba de extraer las mantecas y pagaban a los secuestradores una buena suma de dinero por cada presa que les traían.

 

La aparición de estos personajes coincide con la de los primeros trenes a mediados del s. XIX. Las gentes recelaban de aquella enorme máquina de hierro y corrían rumores de que para alcanzar esa velocidad diabólica untaban las ruedas con un finísimo aceite que sólo podía proceder de la tierna grasa de los niños. Se llegó a decir que los propietarios del ferrocarril contrataban a asesinos para secuestrar a los niños y sacarles la manteca para ser fundida

 

Pero el mito tiene orígenes reales.

 

El primer apodo de   sacamantecas, corresponde a Manuel Blanco Romasanta, conocido también como el hombre lobo de Allariz. Este personaje nació en el año 1809 en un pueblecito de la Galicia profunda. Primero fue sastre hasta que enviudó y se dedicó a la venta ambulante de untos o grasas (Durante mucho tiempo, los untos se usaban para el engrase de ruedas de carro y mecanismos diversos, como molinos y norias). En este punto es cuando fue acusado por los lugareños de que las grasas que vendía eran de origen humano y fue acusado y condenado por la muerte de un alguacil. Aquí comienza la rocambolesca historia de este hombre que se escapa de la justicia y durante su búsqueda, asesina a nueve personas más infringiéndoles terribles heridas con sus propios dientes e incluso comiéndose parte de sus cuerpos al más puro estilo del hombre lobo.

 

Al final fue detenido y condenado a muerte, pero un hipnólogo francés pidió a Isabel II, que revisara la causa y le permitieran estudiar lo que era un claro caso de Licantropía, un desorden psicológico bastante desconocido en la época. La pena de muerte se transmutó en cadena perpetua. Romasanta moriría años después cumpliendo condena en la cárcel de Allariz.

 

 

Otro personaje conocido también con el apodo de “sacamantecas” fue Juan Díaz de Garayo Ruiz de Argandoña, natural de Eguilaz,  (1821-1880) , hijo de  una madre gravemente neurótica y alcohólica y de un padre igualmente alcohólico, y que se convirtió en un célebre asesino en serie que aterrorizó Álava durante el siglo XIX. En su haber se contabilizaron 6 asesinatos de mujeres, en su mayor parte prostitutas, a las que rajaba el vientre de forma atroz y les sacaba las vísceras (y de ahí el apodo de sacamantecas), y otros 4 intentos frustrados. Su fama fue tal que se convirtió en un personaje del folclore popular, que es invocado cuando se quiere asustar a los niños. Fue condenado a muerte y ajusticiado a garrote vil en 1880.

 

 

El hombre del saco corresponde a otra historia, que se une a la de “sacamantecas”, ocurrida en julio de 1910, en Gádor, un municipio situado a 15 Km. de Almería.

 

A Fernando Ortega un lugareño de la zona de Gádor , a quien le habían diagnosticado una tuberculosis, acudió  a la curandera Agustina Rodríguez quien al ver el caso lo mandó a Francisco Leona, barbero y curandero con antecedentes criminales. Leona le pidió tres mil reales a cambio de la cura y le reveló el remedio: la sangre y la grasa de los niños que tenían muchas aplicaciones terapéuticas, siendo la sangre regenerativa contra la vejez y diversas enfermedades,  y los emplastes de grasa todo un milagro contra la tuberculosis.

 

Leona se ofreció él mismo buscar al niño y salió junto con el hijo de Agustina, Julio Hernández el tonto, por ser escaso de luces, en busca de algún niño extraviado. En la tarde del 28 de junio de 1910 secuestraron a Bernardo González Parra, de siete años y natural de Rioja, que se había despistado mientras jugaba con sus amigos y se había separado de ellos. Leona y Julio lo metieron en un saco y lo llevaron al cortijo de Araoz, aislado del pueblo, que Agustina había puesto a disposición del enfermo. Otro hijo de Agustina, José, fue a avisar a Ortega, mientras en la casa se quedaba su mujer, Elena, preparando tranquilamente la cena.

 

Una vez en el cortijo, tras matar al niño,  golpeándole la cabeza con una piedra le realizaron un corte en la axila para sacarle sangre, que recogieron en un vaso. Ortega se bebió la sangre mezclada con azúcar antes de que se enfriara. Julio mató al pequeño golpeándole la cabeza con una gran piedra. Leona, previamente y todavía en el cortijo, abrió el vientre del niño y le extrajo la grasa y el epiplón, y lo envolvió todo en un pañuelo que puso sobre el pecho de Ortega. Así, una vez terminado el ritual, ocultaron el cuerpo en un lugar conocido como “Las Pocicas”, en una grieta en la tierra, y lo taparon con hierbas y piedras, sin enterrarlo. El niño estaba boca abajo, con el cráneo completamente destrozado.

 

Al realizar el reparto de dinero, Leona intenta engañar a Julio y no le paga las cincuenta pesetas que le prometieron por el asesinato. Éste decide vengarse y le cuenta a la Guardia Civil que ha encontrado el cuerpo de un niño por casualidad mientras perseguía a unos pollos de perdiz. Detuvieron a Leona por tener antecedentes (y porque muchas voces del pueblo se alzaron inmediatamente para incriminarle), y éste culpó a Julio, que en un principio declaró haber presenciado el crimen desde unos matorrales.

 

Al final los dos hombres confesaron el crimen y la Guardia Civil detuvo a todas las personas implicadas en el asesinato del niño Bernardo. Leona fue condenado al garrote vil, pero murió en la cárcel. Ortega y Agustina fueron también condenados a la pena máxima y ejecutados. José fue condenado a 17 años de cárcel y su mujer, Elena, fue absuelta. Julio el tonto, condenado en un principio al garrote vil, fue indultado por ser considerada su demencia.

 

 

Con el paso del tiempo,  otros casos ayudaron a mantener vivas estas historias, , como la real de Enriqueta Martí, , nacida en Sant Feliu de Llobregat en 1868,  secuestradora, prostituta, alcahueta, falsificadora, corruptora de menores, pederasta, bruja y asesina , que sería conocida popularmente como la “Vampira de la calle Ponent”, y que sin ser precursora de este mito, quizás sea la que mejor lo representa la leyenda del “sacamantecas” , tras secuestrar y asesinar a muchos niños para sacar sus grasas y venderlas como remedios, en un mercado negro muy floreciente en  la Barcelona de 1912.

 

Enriqueta llevaba una doble vida. Durante el día mendigaba y pedía en casas de caridad, conventos y parroquias, vistiendo harapos y llevando en ocasiones niños de la mano que los hacía pasar por sus hijos. Posteriormente, los prostituía o los asesinaba. No tenía ninguna necesidad de mendigar ya que su doble trabajo como proxeneta y prostituta le daban suficiente dinero para vivir sin problemas. De noche se vestía con ropas lujosas, sombreros y pelucas, y se hacía ver en el Teatre del LLiceu,  el Casino de la Arrabassada y otros lugares donde acudía la clase acomodada de Barcelona. Es probable que en estos lugares ofreciera sus servicios como proxeneta especializada en criaturas

 

Por ello había sido detenida en 1909 en su domicilio de la calle de Minerva, donde descubrieron que tenía un prostíbulo de menores de ambos sexos y de edades que iban desde los cinco hasta los 16 años. Con ella había sido detenido un cliente joven que resultó ser hijo de familia distinguida. Enriqueta fue procesada, pero la causa se perdió en los archivos gracias a las influencias ejercidas por una persona muy conocida y muy poderosa de la ciudad.

 

Al mismo tiempo que hacía de proxeneta de niños, también ejercía la profesión de curandera. Los productos que utilizaba para fabricar sus remedios estaban compuestos por restos humanos de les criaturas que mataba, que llegaban incluso a ser desde niños de pecho hasta criaturas de 9 años. De esos niños lo aprovechaba casi todo, la grasa, la sangre, los cabellos, los huesos (que normalmente transformaba en polvo); por esta razón no tenía problemas para deshacerse de los cuerpos de sus víctimas. Enriqueta ofrecía sus ungüentos, pomadas, filtros, cataplasmas y pociones, especialmente para curar la tuberculosis, tan temida en aquella época, y todo tipo de enfermedades que no tenían cura en la medicina tradicional. Gente de clase alta pagaba grandes sumas de dinero por estos remedios.

 

Denunciada por su vecina Claudia Elías, fue detenida tras  los correspondientes registros policiales en varios pisos de su propiedad, en los que se descubrieron los restos de diez criaturas, huesos, cabelleras,…, medio centenar de frascos, rellenos, unos, de sangre coagulada; otros, de grasas, y el resto, con sustancias que fueron enviadas a un laboratorio para su análisis.

 

Junto a las pócimas había un libro antiquísimo con tapas de pergamino que contenía fórmulas extrañas y misteriosas. Y también un cuaderno grande lleno de recetas de curandero para toda clase de enfermedades, escritas a mano, en catalán y con letra refinada.

 

Pero la “Vampira de la calle Ponent”  , y que sembró el terror en la Barcelona de 1912, nunca llegó a juicio por sus crímenes, en donde podría haber implicado a influyentes personajes de la ciudad. Un año y tres meses después de su detención y pasada la indignación popular, llegó su muerte. Sus compañeras de prisión la mataron el 12 de mayo de 1913, se rumoreó que para que no hablara, linchándola en uno de los patios del penal. Fue enterrada con toda discreción en la fosa común del Cementerio del Sudoeste de Montjuic de Barcelona.

 

Referencia: Wikipedia/ El País 01/01/2006.-La vampira de la calle Ponent- Pedro Costa/ Los diarios de Enriqueta Martí- Editorial Morales y Torres-2007-Pierrot / Los misterios de los crímenes –Editorial de Vecchi 2009-Pedro Palao Pons/ http://tejiendoelmundo.wordpress.com 

 

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